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“Kátia Kabanová”: intensa y despojada
La acción de la ópera de Janacek en el Colón se circunscribe a la plataforma circular, como símbolo del encierro físico y espiritual de los protagonistas.
Estrenada en noviembre de 1921 en Brno, «Kátia Kabanová» es la sexta de las nueve óperas firmadas por Leos Janacek, y se la considera con justicia una de las más logradas del compositor checo. Es también una manifestación de su amor por Rusia, plasmado también en partituras como «Taras Bulba» (la rapsodia basada en Gogol) y su última pieza lírica, «De la casa de los muertos» (sobre texto de Dostoievski); se sabe incluso que planeó óperas inspiradas en páginas de Tolstoi, entre ellas «Anna Karenina», cuya trama guarda puntos en común con «Kátia Kabanová».
Janacek tomó la obra de teatro «La tempestad» del ruso Alexander Ostrovski y realizó un libreto propio siguiendo fielmente el original. El resultado es una ópera de una densidad abrumadora, fiel reflejo del clima opresivo que desencadena el drama, trazado alrededor de la protagonista, una mujer infeliz en su matrimonio (en parte a causa de su terrible suegra) que vive un apasionado romance con Boris, un joven; atormentada por la culpa, Katia confiesa su «affaire» y luego se arroja a las aguas del Volga.
Pedro Pablo García Caffi, director general y artístico del Colón, decidió llevar adelante la puesta en escena de esta ópera, que si bien se había estrenado en ese Teatro en 1968 no había sido cantada en el original checo sino en alemán. Representada sin intervalos, la propuesta visual es decididamente despojada (de hecho no hay decorados) y la acción se circunscribe a la plataforma circular, como símbolo del encierro físico y espiritual que la sociedad impone a los personajes.
Apenas unos muebles y las imágenes proyectadas sobre el ciclorama indican en cambio de locación. Hay también una apelación al cine, en un breve film proyectado en simultáneo con el preludio orquestal, y un par de «primerísimos primeros planos» de los cantantes durante el desarrollo de la ópera.
El vestuario (obra de Mini Zuccheri) también opta por la sobriedad; sobresale un chal rojo, evidente metáfora de la pasión y la culpa que envuelven a Katia.
La batuta del húngaro György Rath fue un pilar fundamental de esta producción, por la seguridad que imprimió al elenco y a la Orquesta Estable, de impecable desempeño. Dentro de un elenco casi totalmente extranjero sobresalió la soprano eslovaca Andrea Dankova, ideal por su «physique-du-rôle», la calidad de su voz y su entrega dramática; se destacaron también la mezzo Elena Zhidkova (Varvara) y el tenor David Curry (Vania), ambos dotados de voces de gran caudal y de frescura para la actuación. Mark Duffin (Boris), Agnes Zwierko (Kabanicha), Philip Sheffield (Tichon) y Reinhard Dorn (Dikoi) cumplieron con sobriedad con sus papeles, secundados por los locales Leonardo Estévez, Laura Domínguez, Vanesa Tomas, Marcos Padilla y Guadalupe Barrientos. El Coro Estable preparado por Peter Burian realizó una buena labor en sus breves intervenciones fuera de escena.


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