20 de agosto 2010 - 00:00

La conquista argentina del Everest, contada por sus protagonistas

Con su hazaña se convirtieron en la primera expedición 100% argentina en alcanzar la cumbre más alta del mundo. Los hermanos Willie y Damián Benegas recrearon la cima del Everest.

Los andinistas argentinos, en un momento de distensión, durante la expedición al Everest realizada en mayo pasado.
Los andinistas argentinos, en un momento de distensión, durante la expedición al Everest realizada en mayo pasado.
«Cuando estábamos a pocos metros de la cumbre, en medio de una noche cerrada y un frío impresionante, miré hacia atrás y pude ver al resto de los chicos caminando en fila por el hielo. Por un momento, tuve la mágica sensación de estar en la luna. Los voluptuosos trajes de plumas, las máscaras de oxígeno, nuestro vapor flotando en el aire para convertirse enseguida en finas partículas de nieve y el sonido de nuestra respiración en medio del silencio me hicieron viajar a un lugar de fantasía».

El testimonio es de Willie Benegas, el andinista profesional más reconocido de la Argentina y líder de la reciente hazaña. A los 41 años, Willie logró alcanzar por décima vez la cumbre más alta del mundo, esta vez junto a su hermano mellizo Damián.

«Durante esos días helados y ventosos el mate se convirtió en uno de nuestros mejores aliados en la montaña. Además de darnos calor, nos dio energías y nos conectó con nuestro lugar y nuestras raíces», comentó Damián. «Nuestra carpa se convirtió en un polo de atracción en la montaña, por la buena onda que había. Si no estábamos picando un salame, estábamos mateando o jugando unos trucos, siempre con un clima increíble. Y eso, durante una expedición, es clave, porque aviva el ánimo y la unión del grupo», agregó el expedicionario.

La odisea que emprendieron los dos hermanos de Puerto Madryn, junto a Leonardo McLean y otros cinco andinistas de Bariloche, duró dos meses y estuvo signada por una serie de desafíos que hicieron peligrar en más de una oportunidad la continuidad de la expedición. De hecho, McLean, uno de los integrantes del grupo, tuvo que abandonar el Everest por una infección renal. Aunque su vuelta obligada fue un golpe anímico muy fuerte para el grupo, Damián Benegas declaró que «el éxito está en volver sano a casa y eso fue lo que logró Leo».

Hielo y roca

El resto del equipo tuvo que enfrentar en la recta final el desafío constante del viento, el frío, la falta de oxígeno y las dificilísimas pendientes de hielo y roca. «Por más de que se trataba de mi décimo ascenso y me obligaba a mostrar una cara de hierro, tuve mucho miedo cuando estábamos tan cerca de hacer cumbre. Estuve con vómitos y diarrea, con el peligro de deshidratarme a cada paso. Me costó realmente mucho y llegué a dudar sobre el desenlace de la expedición. Sentía que cada paso era un riesgo grande para mí y para mi equipo. Damián y los chicos estaban hechos unas máquinas, les sobraban fuerzas y me alentaron muchísimo para no caer», comentó Willie.

Cuando faltaban apenas doscientos metros para llegar a la cima, los guantes de Willie estaban hechos una roca, el frío los había congelado y casi no podía mover los dedos. Adelante del grupo, un macizo rocoso apareció interrumpiendo su camino. Las consecuencias del calentamiento global hicieron que esos pasos de roca perdieran su cobertura de nieve y hielo y eso dificulte mucho más su escalada. El cuerpo de Willie rendía cada vez menos, pero su memoria estaba intacta. Sobreponiéndose a la fatiga física y batallando contra el viento y las bajísimas temperaturas, Willie recordó que por la derecha se abría un trazado que les serviría como vía alternativa para esquivar las rocas.

Damián se sujetó a una cuerda y abrió camino liderando al grupo en fila a través de la pendiente. «En los metros finales la comunicación entre nosotros era prácticamente nula, las radios se nos habían congelado y nos teníamos que comunicar de la manera más primitiva, a los gritos», relató Willie. «Cuando miré para atrás y vi a todos los chicos trabajando en equipo, moviéndose alertas y ágiles, fue algo único. En ese momento me cayeron algunas lágrimas que se me congelaron enseguida en la cara», agregó. Algunos minutos después, Willie volvió a llorar. Levantó la vista y a muy pocos metros pudo ver a Damián, su hermano mellizo, parado sobre el pico más alto del mundo, esperándolo con los brazos abiertos. Con lo último de sus energías, siguió sus pasos, alcanzó la cumbre del Everest y miró el mundo desde arriba. «El tiempo estaba increíble, no había viento ni nubes y teníamos 360 grados de visibilidad absoluta», comentó Willie. «¿Qué más puede pedir uno que cumplir el sueño de su vida diez veces?», concluyó, con una mezcla de risa y orgullo.

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