31 de octubre 2011 - 00:00

La crisis puede esperar; el rally es más urgente

La crisis no terminó, avisa Jean-Claude Trichet, al borde del retiro, servidor público hasta la médula. El rally de las acciones, tampoco. Más bien recién empieza. Aunque para encontrar otro octubre tan provechoso en Wall Street hay que remontarse a 1974. El índice S&P500 escaló más del 13%, una cifra que por sí sola bastaría para definir un muy buen año. No es el caso. El terreno es por demás accidentado y la cosecha todavía es regular, pero promete. Importa que el siniestro principal -la doble recesión en los EE.UU.- faltó a la cita. Y nada promete más que Europa. Su plan carece todavía de una mordida decisiva, pero jura reforzar la dentadura. Aunque China, una de las coartadas que hubo que revolear al paso, también aclaró que no le aficiona mascar vidrio. Como sea, el colapso europeo se aplazó, sin fecha fija a la vista, y así el horizonte se limpió de desgracias que parecían inminentes. Si estuviéramos en mayo, el recelo persistiría igual (alcanza con levantar la alfombra y tomar cualquier otra penuria pendiente). Tampoco es el caso. A las puertas de noviembre, estamos a tiro del Día de Acción de Gracias. Y hasta el más distraído sabe que comenzó la temporada del año en la que estar metido en la Bolsa dispensa sus mejores dones.

El tercer trimestre fue terrible para los mercados, no para la economía de los EE.UU. Quien no lo crea que consulte las cuentas nacionales. La economía, después de arrastrarse al 0,4% y al 1,3% en los dos primeros trimestres, apuró el trote al 2,5%. El consumidor no se cortó las venas como lo pintaban las encuestas de confianza. Su gasto aumentó el 2,4% (y el consumo de bienes durables, el 4,1%). La inversión bruta continúa resoplando. Trepó el 4% (la inversión no residencial, más del 13%). Lo que se estancó es el gasto público. El keynesianismo de Obama, con los grilletes republicanos, deviene en déficits fiscales de primera magnitud, pero lo hace sin la compañía de un gasto consolidado en alza (lo que crece el gasto federal se compensa a la baja a nivel de estados y municipalidades) y con el añadido de recortes sistemáticos del empleo público. La incertidumbre financiera sí pudo haber afectado la variación de inventarios (un factor que le podó un punto completo a la marcha del producto). En definitiva, se percibe una economía que enfrentó una demanda de su producción más robusta que lo que sugieren los titulares del PBI: las ventas finales crecieron un muy saludable 3,6%. Esto no es recesión. Ni se parece a la antesala. Podrá argumentarse que el consumo privado crece, pero los ingresos de las familias se estancaron. Es verdad. Hubo que reducir la tasa de ahorro para conciliarlos. Del 5,3% en junio al 3,6% en septiembre. Queda claro: tampoco se acuna un boom sin frenos. Pero a esta altura, ¿quién conservaba ese sueño? Más bien las cifras confirman condiciones propicias para ensayar una política fiscal agresiva que termine de echar por tierra la amenaza de recesión, sin correr por ello el riesgo de «socializar» la economía.

Si el plan europeo debe oficiar de cortafuegos -separar tajante a las deudas de España e Italia de la tenaz hoguera de la crisis-, entonces no cabe engañarse. En esa función esencial el plan fracasó en su debut. Un día después de su anuncio, Italia sólo pudo colocar una flamante emisión de obligaciones aceptando pagar una tasa récord: un 6,06% a diez años. Mientras los mercados festejaban, la Tesorería italiana no obtuvo ni siquiera la concesión de una magra limosna. Si no se supiera que el BCE persistirá en la faena de darle soporte a través de sus compras semanales, este fallo sería imposible de ocultar. Y la crisis rodaría de nuevo a sus anchas. Como el BCE no regresará a sus cuarteles de invierno de buenas a primeras, como cabe esperar además que corrija el curso de su política monetaria (y rebaje sus tasas tal vez a partir de diciembre), el asunto puede permanecer en un conveniente segundo plano. Pero a la postre nada resultará más dañino que olvidarse de que España e Italia, pese al «éxito» del plan, están oblando tasas que suponen una corrosión constante y que, sí o sí, necesitan aliviarse.

La iniciativa de Merkel y Sarkozy corrió mejor suerte en otro terreno resbaladizo. La promesa de capitalización de la banca europea -a pesar de ser igualmente vidriosa- surtió, en cambio, efecto pleno. Para los mercados -siempre ávidos por espolear un rally estacional al alcance de la mano, aunque también curtidos por traspiés demasiado frescos- toda suba merece sospecha si no participan los bancos. Podrá ser fulminante: se temerá que sea una trampa y que no dure. Muy distinto es si los bancos se suman al raid y más cuando son capaces de hacer punta. Y si algo consiguió el plan Merkozy, fue quitar a los bancos de la defensiva, de la última trinchera, y devolverles el protagonismo del frente. Para que su avance prosiga sería oportuno que la promesa patrimonial tenga principio de cumplimiento. Y que opere a través de una ampliación del capital (y no por la vía alternativa de una reducción de los negocios en cartera). Si la banca europea abandona la reticencia a incorporar nuevo capital, también recuperará el acceso al financiamiento. De la misma manera en que los bancos de EE.UU., la semana pasada, rompieron el hielo y colocaron deuda por 5 mil millones de dólares.

Un medidor de la percepción de riesgo -el índice VIX que le toma la temperatura a la Bolsa auscultando su volatilidad implícita- atravesó por fin esta semana el umbral crítico de la zona de peligro. Certificó a su manera una nueva fase de distensión. Basta mirar la resurrección del euro -moneda que parece ignorar la ubicación geográfica precisa de los percances de la primera plana- para corroborar la misma señal. El primer adelantado, el bono del Tesoro, el más escéptico de todos los activos, también mudó de tono. Que las tasas largas suban -pese a la operación twist- es otro reconocimiento de una mejoría de las condiciones financieras. Dice bien Trichet que la crisis no terminó. Pero su ácida compañía puede esperar. El rally luce más urgente.

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