2 de mayo 2012 - 00:00

“La Feria del Libro es un poco como un parque de diversiones”

Aunque el Premio de la Feria del Libro «fue un golpe de alegría», Cohen, entre otras cosas, no está «muy seguro de que lo que da la Feria como experiencia del conocimiento, de entrar en la literatura, sea comparable al bombo que se le hace con respecto a eso».
Aunque el Premio de la Feria del Libro «fue un golpe de alegría», Cohen, entre otras cosas, no está «muy seguro de que lo que da la Feria como experiencia del conocimiento, de entrar en la literatura, sea comparable al bombo que se le hace con respecto a eso».
El escritor Marcelo Cohen acaba de recibir el Premio de la Critica al Mejor Libro del 2011 de la Feria del Libro por «Balada», novela que publicó Alfaguara. En ella cuenta una historia que une lo romántico con lo político en un territorio de un futuro anacrónico, el Delta Panorámico, lugar mítico, que tiene relaciones evidentes con nuestro mundo actual, donde el reconocido narrador, ensayista y traductor argentino viene desplegando una saga atractiva, intrépida, variada, experimental, innovadora en lo formal y renovadora en lo narrativo. Dialogamos con Cohen .

Periodista: ¿Qué sintió al recibir el Premio de la Crítica de la Feria del Libro?

Marcelo Cohen: Antes de eso, siempre había pensado que la Feria del Libro era una institución opaca para mí. Entre cómo soy yo y cómo es la Feria del Libro había un serio problema personal. La Feria del Libro es una ocasión pública fuertemente impregnada por la política, en el sentido de conveniencias, asociaciones, y por la política de hoy en día que está íntimamente relacionada con la economía, entonces ahí hay mucho negocio. Pienso que podría cumplir una función educativa, que en gran parte la cumple, y que pienso que podría cumplirla mejor. Lamentablemente, como muchas cosas que pasan en el mundo de hoy, los grandes eventos culturales como la Feria del Libro están contagiados de la publicidad, y por lo tanto funcionan un poco como parque de diversiones, como la salida que hay en una época del año, esto tiene una cierta atmósfera de conocimiento. No estoy muy seguro que lo que da como experiencia del conocimiento, de entrar en la literatura, sea comparable al bombo que se le hace con respecto a eso, Quizás, si se le hiciera menos bombo y se pudiera ajustar un poco más de qué manera verdaderamente introduce en estos beneficios de la literatura que uno percibe que la literatura tiene, por caso, como dice Hanke, la plusvalía de la literatura es la paciencia. Esas cosas que no veo en la Feria, me alejaron. Al mismo tiempo, uno sabe con una mínima conciencia que está todo lo que tiene relación con lo que uno hace, no puede alejarse totalmente salvo que sea pura arrogancia. La constancia de eso es que en un segundo te devuelve algo.

P.: En su caso le otorgan un premio prestigioso.

M.C.: Para mí, que no me esperaba nada, fue un inexplicable golpe de alegría. Hace tiempo que no tengo metas. Nunca mandé a concursos literarios, hasta por fiaca de hacer tres copias de una novela. Siempre pensé que los libros tienen que hacer su camino, y que esos caminos son muy caprichosos. He trabajado en editoriales y he visto cómo apuestas a libros que iban a resultar seguros, fueron fracasos. Y cómo libros de los que nadie esperaba ningún camino perdurable crearon sus propios lectores. Minotauro publicó doce libros de Ballard, y no pasó nada, y hoy está considerado uno de los más grandes escritores europeos de los últimos 30 años. Y, de pronto, Spielberg hizo una película sobre una de las menos interesantes novelas de Ballard, y Ballard se convirtió en un personaje internacional. No se puede saber qué pasa con la literatura, y eso también era un efecto. Es como que vas caminando y te cae un premio encima.

P.: Es notable que haya sido premiado con una de sus novelas más breves y centrada en un tema.

M.C.: Uno va pasando por varias etapas. Uno muere muchas veces en la vida, y renace, y no es alguna de las personas que fue. Una cosa que está muy bien es no andar con los cadáveres de lo que uno fue a cuestas. Por una cuestión de que me tomo cada libro como un «trip», una palabra que para mi generación tiene bastantes sentidos, me gusta intentar cada vez algo nuevo. Por cierto, esto no es totalmente así, y uno inevitablemente se repite, pero trato de formalmente buscar algún camino. En mi literatura cada libro tenía demasiadas búsquedas y unas se anulaban con otras. No me arrepiento, creo que hubo libros en los que puse mucha carne en el asador, me los tomé muy en serio, me divertí mucho, y traté que el viaje fuera muy extenso. Pero a lo mejor viajaba demasiada gente, o eran demasiado ridículos o la carretera estaba muy llena, y salieron muy largos, y complejos, y siempre había buscado un lenguaje llevadero pero denso, y a veces se pone un poco mortificante. Quizá porque tengo menos fuerza, por la experiencia o por lo que sea, me dije ahora ha llegado la hora de limpiar un poco y de aligerar, porque uno aprende que la vida debe ser ligera. Un buen esfuerzo político y ético es hacer la vida más ligera. Y la literatura, también. Ya venía haciendo eso con una novela que se llama «Impureza». Después hice «Casa de ottro» pero fue resultado de un deseo muy grande de entrar desde mi mundo, que es un mundo improbable, hipotético, a la política viéndola desde adentro como comedia negra. Pero había comenzado a escribir cuentos tratando de economizar el lenguaje y aplicando formas de la poesía. Sobre todo en los poetas en que cada verso es una cláusula, que no hay demasiados encabalgamientos, donde el período gramatical y el rítmico coinciden. Eso es lo que quería hacer, y por eso la novela se llama «Balada». Y ese ritmo tenía que ver con dos personajes que se encuentran para emprender un viaje.

P.: ¿Cómo contaría la historia de «Balada»?

M.C.: Ahora que la novela está terminada, la contaría desde Lerena. Yo tenía dos ideas que había elegido cruzar. Una era la de Suano, un psicoanalísta caído. Un tipo que ya no tiene lugar en esta sociedad del Delta Panorámico que es un poco del futuro, o de un futuro en donde ya pasó todo y vuelve a pasar. Como le empieza a pasar ahora a la sociedad en donde el psicoanálisis, incluso la psicología, le resultan molestos, quieren soluciones rápidas, entonces están estos terapeutas reciclados, que en algunos cuentos míos atienden en la calle, en quioscos, solucionan rápido una inquietud, una angustia, podés ir a verlos tres o cuatro veces. Y están los que la Seguridad Social los destinó a atender a los pobres porque los pobres tienen tiempo, no tienen trabajo, entonces van al psicoanalista. Esto es como el 2001 en donde está la gente esperando que le den la comida que son las sobras del restaurante. Suano tiene su quiosco ahí, mientras la gente espera, él los atiende.

P.: Esa es una parte de la historia.

M.C.: La importante para mí, es la que se me ocurrió hace muchísimos años, es la de Lerena, una mujer arrolladora, una triunfadora, una aspirante a CEO, inescrupulosa en todos los aspectos de la vida porque lo que ella busca es el avance, la conquista de posiciones, es una encarnación de la ideología del crecimiento, por lo tanto del atropello. Y de pronto le sale todo mal. La echan del trabajo, el novio la deja, todos le dicen que es una manipuladora, y eso es lo que me gustaba, que es una manipuladora. Y cuando va a discutir la indemnización, se encuentra con una mujer que es un personaje ominoso, Dielsi, un producto de las zonas oscuras, indefinidas que hay en todos los países, que no se sabe si es cultura popular, mística, pagana, ex cantante muy popular comarcal caída en desgracia, una especie de Gilda, que ahora es la guía espiritual de la secta de Los Atinados. Esa mujer le dice a Lerena un número, que cuando sale lo juega a la lotería, y se gana un montón de dinero, y su obsesión se da vuelta. Entonces necesita ayuda y recurre a Suano, el psicoanalísta que abandonó unos cuantos años atrás, y que cayó en desgracia porque se enamoró de ella.

P.: Allí se reinicia una historia romántica de la cual quiere saberse cómo concluirá y, a la vez, hay una metáfora política sobre la deuda que hay que pagar, sobre si se puede pagar la deuda externa, que es a la vez una deuda interna.

M.C.: La imposibilidad de pagar la deuda se relaciona con este mundo. Lerena se tenía que encontrar con un mundo que es totalmente diferente del nuestro. De pronto se enfrenta a un universo donde la buena voluntad política en que fue formada mi generación cree que puede haber una hermandad, y no la hay. No hay posibilidad de diálogo porque ese grupo, como otros de nuestra sociedad, hablan otros idiomas, tienen otros puntos de vista, y desconfían. Mucho más de una chica como Lerena, que venía de estar en las grandes torres de los negocios de la ciudad. Y lo político es el intento de poder desentrañar las fuentes del engaño y de la comprensión, porque un movimiento político puede ser popular, puede tener tanta fuerza, y en otro momento disgregarse de las manera más ridículas, y la mitad de los votantes votar a los que hasta ahí eran la oposición.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.C.: Sigo con el Delta Panorámico que es un mundo infinito de islas de río. Allí el cine es algo anticuado pero tiene cultores y hay cines, que son como lugares viejos, pero hay muchas películas y poco público. A un Cohen del Delta Panorámico le gusta mucho contar películas que ve. Y cansó a los amigos, cuenta con mucho detalle. Para no cansar más a la gente se decidió a escribirlas. Así es que cuenta películas que vio y le gustaron. No son críticas, cuenta lo que vio. Por supuesto son todas inventadas, son películas del Delta Panorámico, y de todos los géneros, de espionaje, de amor, de terror, experimentales. Me gustaría que no fueran menos de 30. Y hay una serie en 12 capítulos. El libro se llama por ahora «La calle de los cines».

Entrevista de Máximo Soto

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