2 de noviembre 2009 - 00:00

La magia de Joglar en el espacio urbano

«Colgante con motor giratorio», obra de Daniel Joglar: entre objetos de consumo, el arte tiene su propia expresión.
«Colgante con motor giratorio», obra de Daniel Joglar: entre objetos de consumo, el arte tiene su propia expresión.
El lunes pasado Daniel Joglar intervino la vidriera de la boutique Hermès. Desde ese día, sus varitas mágicas, sus esferas y sus aros suspendidos en el espacio, flotan y se mecen como por arte de magia, y su atractivo rivaliza con el de los glamorosos objetos de consumo. El tema de Joglar es el poder de encantamiento que posee el arte. La magia, los aspectos ilusorios y los hechizos del arte configuran una búsqueda que el artista profundizó en estos últimos años. Búsqueda, que acaso inició de modo casual, al advertir que las cosas que tocaba y disponía con sus manos, adquirían una gracia especial.

El talento de Joglar consiste en saber cuál es el lugar que deben ocupar en el espacio los diversos elementos que utiliza, para alcanzar una armonía perfecta. Se trata de un artista que parece poseer la llave de la conciencia estética, ser dueño de un cerrojo que le permite manipular sus objetos y calcular, de modo milimétrico, el lugar exacto para lograr el encuentro con la belleza.

En la galería Dabbah Torrejón, Joglar inauguró hace unos días, «Período azul», muestra que establece una abierta referencia a Picasso y sus incomparables momentos azules. Pero, ante todo, la exhibición entraña un genuino homenaje al color, a la misteriosa energía que emana del azul y a su inmenso poder evocativo. Cuando Yves Klein utilizó el pigmento puro del azul ultramar, descubrió su fuerza lumínica y confesó que el color lo embriagaba. «¡Aquí estoy; soy yo Mismo! ¡Desde que pinto con monocromo soy feliz por primera vez!», aseguran que exclamó. Y la pasión de Klein sólo es comparable a la de Chagall, que en uno de sus escritos le rogaba a Dios: «¡Hazme azul!

Para subrayar el color como genuino motivo de la muestra, Joglar lo enmarcó en un portarretratos, como si fuera el rostro de un ser querido. Pero el mayor protagonismo está dado por una cortina que recuerda las del cubano Félix González Torres, artista con quien Joglar comparte los gestos minimalistas. El velo en cuestión, cubre la ventana y la sala de exposiciones está bañada por una dulce luminosidad azulada. Un halo envuelve mágicamente las obras, y el despliegue de virtuosismo resulta incomparable.

A.M.Q.

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