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La (no) industria de Macri
En los numerosos reportajes que él y sus colaboradores dieron esta semana, hablaron de todo: la salud, la educación, la (macro) economía, la ciencia y la tecnología, la pobreza. Sesgado, asumiendo equivocaciones, desdiciéndose de lo manifestado por los medios y obrado por sus legisladores, en fin... pero se manifestaron. Pero de industria nada. Ni una palabra. A lo sumo, siguiendo a Lugones, hicieron alguna referencia a "los ganados y las mieses", al parecer la única fuente de riqueza de la Argentina. Los dirigentes opositores parecen pensar que sólo viviremos, como los lirios del campo, por la gracia de Dios: plenos de riquezas aunque no trabajemos ni hilemos. Esta claridad sobre el (no) pensamiento industrialista de Macri es bienvenida, pues ha llegado la hora de las definiciones. Y ya sabemos los argentinos cómo nos fue en los 90 cuando el Estado estuvo exprofeso ausente del desarrollo industrial. Miles de fábricas y empleos sucumbieron con apertura irrestricta y tasas de interés usurarias, que alentaban la especulación financiera a expensas de la industria nacional. Desempleo y pobreza récord asolaron a los argentinos.
Así, es la hora, como dijo la Presidente, Cristina de Kirchner, de defender nuestros derechos, de defender nuestra industria y sus trabajadores. Y nada mejor, a la hora de las definiciones, que tener claras las opciones. Saber quién es quién. Si lo que queremos es, con perdón de los lirios del campo, trabajar e hilar (esto es, producir y generar trabajo) los derechos que tenemos que defender, frente a cualquier (no) pensamiento, son los de la industria nacional. Y esos derechos han sido reivindicados y defendidos, por nuestro Gobierno, cada uno de los días de estos últimos 12 años. Las pruebas están a la vista. Siguiendo con la postura bíblica, "quien quiera oír, que oiga": tenemos hoy el doble de industria que en 2003. La Argentina profunda ya no es sólo ganado y mieses, sino que comenzó un proceso de industrialización, apalancado en la federalización de la infraestructura productiva y de las políticas de ciencia, tecnología e innovación, educación y capacitación, que ha cambiado el perfil productivo de regiones enteras.
Polos textiles, de producción de materiales para la construcción, de producción de software, de bienes de capital para la industria del petróleo, gas y minería. Decenas de parques industriales. Fábricas donde antes había campo. Estas son sólo algunas postales que reflejan una política federal de industrialización que se generó por la voluntad política de un Estado presente que, al reindustrializar, incluyó a la Argentina profunda.
Este resurgir industrial se hizo sin despidos, sino generando a la vez millones de puestos de trabajo y la tasa de inversión productiva más alta de los últimos años. La competitividad se trabajó, así, no explotando a nuestros trabajadores sino de manera sistémica, promoviendo más producción en las fábricas y las pymes, en las cooperativas, aglomerados asociativos de pymes, articulando la industria con el aparato científico tecnológico.
Falta mucho, lo sabemos, que nuevas decisiones y políticas deberán ser llevadas adelante, lo sabemos, pero sabemos también que lo que falta es construir sobre lo hecho, no volver, como en el juego de la oca, a la casilla inicial.
Es integrarnos más al mundo pero con una administración de comercio que defienda nuestra industria competitiva frente a la competencia desleal. Es imprescindible la defensa justa del mercado interno (sin avivados que quieran usufructuar el resguardo para no invertir y subir precios). El mercado interno es donde abrevan la mayor parte de la producción y el trabaio de los argentinos.
Al mismo tiempo, se deben ir abriendo nuevos mercados pero a través de negociaciones internacionales no ingenuas, que respeten el tratamiento especial y diferenciado por ser industrias nacientes. No repitamos la historia donde los acuerdos internacionales fueron herramientas para primarizar y concentrar la industria nacional. Es aumentar la inversión, con financiamiento blando para los emprendimientos estratégicos, aquellos que difunden competitividad sistémica.
Es utilizar el poder de compra del Estado impulsor del desarrollo de proveedores locales; que sustituyan importaciones, hagan más denso el tejido industrial local y que exporten. Infraestructura de transporte, energética; las concesiones de petróleo, gas y minería, todas son áreas donde ya se comenzó a desarrollar proveedores locales, muchos de los cuales exportan.
Es profundizar el apoyo a las pymes, que son más vulnerables a los cambios estructurales de la economía mundial, pero que al mismo tiempo concentran el 50% del trabajo y son, con un Estado presente, fuentes de innovación y creatividad. Es tener reglas claras para que las empresas globales desarrollen proveedores locales que, a su vez, se hagan globales desde la Argentina.
Es el desarrollo de industrias de servicios intensivos en conocimiento, que exporten desde nuestro país, que es plataforma de recursos humanos calificados, porque un Estado presente invirtió con ese objetivo.
Es, en fin, una segunda generación de política industrial. No es, claramente, la tabla rasa de la política industrial de la oposición.
Y como para muestra basta un botón, es que en la Ciudad siempre me pareció una contradicción eso de que "en todo estás vos", y en "ningún lugar está la industria.
Nuestro candidato, Daniel Scioli, trabajará con compromiso a partir de los resultados, las políticas realizadas, y tiene las propuestas para lo mucho que resta por hacer y mejorar. La oposición, como mucho, alguna frase hecha de que hay que agregar valor a la producción agropecuaria. O una mirada en blanco, como el caballo de San Martín.
Lo cual, en el fondo, es de agradecer: como dije, las opciones claras facilitan las decisiones.
(*) Ministra de Industria


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