12 de mayo 2011 - 00:00

La UE busca imponer un cepo generalizado

Nicolas Sarkozy
Nicolas Sarkozy
Bruselas - Los ministros del Interior de la Unión Europea (UE) tienen hoy ante sí un complejo dilema: endurecer las reglas del acuerdo de Schengen, que facilita la circulación de ciudadanos en el interior del bloque, o si, como desean Francia, Italia y Bruselas, colocan más llaves al «candado» europeo. No obstante, Dinamarca se adelantó ayer a todos y anunció el cierre de sus fronteras con Alemania (ver nota aparte).

Candado, cadenas o fortaleza para encerrarse en sí misma son, sin embargo, palabras que en principio no están contempladas en el «diccionario de valores de Europa», tradicional tierra de asilo y acogida, a pesar de haber sido -ella misma- tierra emisora, sobre todo desde la ribera sur, y hasta bien entrado el siglo XX, de sucesivas oleadas de emigrantes que buscaban mejores horizontes económicos.

No obstante, de manera sorpresiva, sin esperar a la reunión de hoy de la UE en Bruselas, Dinamarca dio ayer a la tarde un paso adelante para endurecer las normas y anunció que controlará nuevamente sus fronteras intraeuropeas, en concreto con Alemania, para luchar mejor «contra la inmigración ilegal».

«Se ha alcanzado un acuerdo para reintroducir, lo antes posible, los controles aduaneros en las fronteras de Dinamarca», aseguró el ministro danés de Finanzas, Claus Hjort Frederiksen. La iniciativa proviene de la formación xenófoba de extrema derecha Partido del Pueblo danés (PPD), que pactó esta medida de fuerza con el Gobierno.

«Europa vuelve a instalar sus fronteras». El titular, esta semana, del periódico belga flamenco De Morgen resume en pocas sílabas lo que podría comenzar a ocurrir hoy en la reunión extraordinaria de ministros de Interior y Justicia de «los 27» en Bruselas

Perspectiva

Si la propuesta del presidente francés, Nicolas Sarkozy, del primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, y respaldada por el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, sale adelante, o comienza hoy a tomar forma, Europa se acercaría un poco más, aunque de forma simbólica, a los castillos impenetrables de la edad media, rodeados de vallas, empalizadas y fosos con agua y fieras.

Aunque en el espacio actual de los 25 socios de Schengen, bautizado así por el homónimo apacible pueblito luxemburgués donde nació originalmente el tratado (en 1985, con sólo cinco socios), está garantizada la libertad de circulación, si las propuestas de Francia e Italia salen adelante (con el respaldo unánime de «los 27»), Europa podría cambiar su imagen de «patria de los desamparados».

El objetivo claro de Bruselas, que se ha plegado a los requerimientos en ese sentido de Francia e Italia, es «de manera excepcional» y puntual, poder controlar mejor los futuros flujos de inmigrantes masivos que podrían llegar en el marco de la denominada «primavera árabe», el «tsunami» de alzamientos populares contra los regímenes de facto que se ha extendido como una ola desde Túnez a Damasco, pasando por El Cairo y Trípoli.

El origen del debate es la disputa en la que se enzarzaron el mes pasado Francia e Italia por un amplio contingente de miles de inmigrantes tunecinos a los que Italia concedió visados temporales para que se marcharan de Italia y pudieran seguir viaje a, entre otros países, Francia.

«Para salvaguardar la estabilidad de la zona Schengen, podría ser necesario prever la reintroducción en circunstancias muy excepcionales» de controles fronterizos en el interior del espacio Schengen, asegura la comisaria de Interior de la UE, Cecilia Malmstrom.

Aunque de la reunión no saldrá de inmediato una resolución para endurecer el texto de Schengen, fuentes diplomáticas de Bruselas apuntan a que será «un primer test» para comprobar si entre los 27 existe la «disposición suficiente» a cambiar las reglas del juego.

En un intento por apaciguar a los más críticos, la comisaria Mallstrom aseguró que el Ejecutivo de Bruselas no dejará jamás que prospere ninguna iniciativa de endurecimiento de las normas que pueda poner en peligro el principio de libre circulación y establecimiento en la UE, consagrado en los tratados fundacionales del bloque, desde su propia fundación en 1957 (Tratado de Roma), con sólo seis países: Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo e Italia.

En ese contexto, la política europea en materia de inmigración se ha convertido en una bomba de tiempo que incluso llegó a ser utilizada por el líder libio, Muamar Gadafi, como medida de chantaje a Europa.

Todavía se recuerda en Bruselas cuando en febrero pasado, poco después de que se iniciaran las revueltas en Libia, Gadafi amenazó a Europa con permitir una «invasión» de inmigrantes ilegales desde sus costas en dirección a la isla italiana de Lampedusa en caso de intervención de la entonces «coalición internacional», ahora bajo paraguas de la OTAN, contra su país.

Los datos son, en ese sentido elocuentes: desde que se inició la «primavera árabe», según la Comisión Europea, cerca de 25.000 personas han huido de la franja norte de Africa en busca de mejores horizontes en Europa, aunque no todos ellos, como pretenden, son candidatos potenciales a convertirse en asilados políticos.

Agencia DPA

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