20 de agosto 2012 - 00:00

La voz de Girondo en un desparejo musical

Aunque se nota el rigor con el que trabajaron los directores Andrés Gerszenzon y Bea Odoriz, «De tropos, noes y perros» no siempre llega a buen puerto, pero tiene la virtud de recuperar a un escritor como Girondo.
Aunque se nota el rigor con el que trabajaron los directores Andrés Gerszenzon y Bea Odoriz, «De tropos, noes y perros» no siempre llega a buen puerto, pero tiene la virtud de recuperar a un escritor como Girondo.
«De tropos, noes y perros». De A. Gerszenzon y O. Girondo. Dir. esc.: B. Odoriz. Dir. mus.: A. Gerszenzon. Int: N. Nocetti, B. Perrotta, E. Redondo Eslava (canto, actuación), L. Torales (piano, actuación), N. Vogel (bandoneón) y S. Sciaratta (baile). (Hasta Trilce, Maza 177, todos los jueves).

Hay que empezar destacando la inauguración de una nueva sala en el barrio de Boedo. Se trata de un espacio combinado, de bar-restaurante-café concert y de un teatro de estilo isabelino para unas 200 personas que cuenta con un foso para orquesta y con una boca de escenario de dimensiones muy importantes igualmente aptas para el teatro de texto o la ópera de cámara. Todavía es una incógnita saber cómo se comportará el público con un lugar ubicado en una zona de la ciudad menos favorecida por este tipo de propuestas.

Hasta Trilce se abrió y tuvo su pieza bautismo con el musical de Andrés Gerszenzon «De Tropos, Noes y Perros», sobre poesías de Oliverio Girondo, que tiene sus luces y sus sombras. Hombre de la élite cultural porteña, en los comienzoz del siglo XX, Girondo fue parte de un movimiento de vanguardia que se bautizó como «ultraísta». En verdad, lo que hizo el escritor fue jugar con la ironía, con el sarcasmo, burlándose de las palabras, «reescribiéndolas», resignificándolas, alterando su «orden natural», poniendo una pizca generosa de erotismo y sugiriendo una buena cantidad de neologismos de sentido no siempre tan claro. Y ese toque surrealista en su obra quedó aún más evidente cuando, en su madurez, eligió ese lenguaje para manifestarse también como pintor.

Es precisamente ese espíritu rupturista y audaz el que quiso rescatar Gerszenzon, un compositor muy formado y reconocido en el mundillo de la «música contemporánea». Sin embargo, pese a sus pergaminos y la seriedad con que tomó el trabajo -algo que se nota en la meticulosidad de su escritura para tres voces, el propio Girondo en off y uno o dos instrumentos-, no siempre logra defender en plenitud la tarea previa del poeta. En los 50 minutos que dura la obra, el lenguaje elegido, entre la atonalidad y un posromanticismo en los límites, termina haciéndose monótono. El trío de voces femeninas lucha en muchos momentos con un desarrollo melódico -pese a esta modernidad, hay mucho de línea melódica acompañada- que hace poco agradable la audición. En ese aspecto, poco colabora la puesta de Bea Odoriz, que hace mover a las tres cantantes y actrices y a una bailarina con pocos elementos escénicos entre la seducción y el drama, la sensualidad y la tragedia, aunque casi siempre se nota más la búsqueda bienintencionada que el buen resultado. Las palabras grabadas de Girondo llegan tan confusas que eso se resolvió escribiéndolas sobre una pantalla. Y los niveles de audio, sin amplificación, pierden equilibrio cuando las voces pasan a ser habladas.

Sumamente difícil para todos -músicos, cantantes, bailarina-, «De Tropos, Noes y Perros» tiene una exigencia muy grande que se ha resuelto muy bien en la ejecución; y quedan en evidencia las horas de ensayo y la rigidez de los directores. Y vale también, claro, la recuperación de un escritor como Girondo.

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