“Las acacias”, con emociones genuinas

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«Las acacias» (Arg.-Esp., 2011). Dir.: P. Giorgelli. Guión: P. Giorgelli, S. Roselli. Int.: G. de Silva, G. Duarte, N. Calle Mamani.

Tras un buen recorrido por festivales, desde Cannes hasta Kaulnas, allá en Lituania, ganándose tanto la Camera dOr de los exquisitos como el Rail dOr del personal ferroviario francés y el premio de la Asociación Peruana de Comunicadores Católicos, llega a nuestras carteleras esta sencilla película de un debutante cuarentón. Puede pasar inadvertida, lo que sería una lástima. Pero también puede crear demasiadas expectativas, lo que luego causaría en cierto público una decepción. Tan pequeña y frágil es.

¿Pero de qué trata? ¿Y por qué ha gustado tanto, en tantos lugares distintos, una película chiquita, que ni música tiene, ni gran elenco? Un camionero solitario, callado, lleva habitualmente una carga de acacias, árbol duro y espinoso, desde los suburbios de Asunción hasta las afueras de Buenos Aires. En este viaje, a pedido de su patrón, también debe llevar una señora que va a casa de sus parientes. La señora también es medio callada. Y lleva a su hijita de meses. Eso es todo, y más o menos cualquiera puede imaginarse cómo termina. Pero hay algo más.

Seguramente el lector ya ha visto muchas historias de gente que va aflojando su coraza, o perdiendo sus espinas, a lo largo de un viaje, sea en aventuras como «La reina africana» o relatos de amistad como «Espantapájaros», pero en esas y otras historias similares siempre vemos a unos artistas conocidos interpretando a tales o cuales personajes. Aquí realmente los intérpretes nos parecen gente de veras, un camionero de veras y una simple mujer del interior, y nos asombra saber que son actores. Ella, Hebe Duarte, debutante. El, Germán de Silva, hasta hoy una figura de reparto. Nayra Calle Mamani, de cinco meses al momento del rodaje, completa el elenco, sin saberlo, y llena la pantalla en más de una ocasión. Ellos, de a poquito, se nos van entrando en el alma, y logran que nos interese y nos cause cierta ternura la vida de esas tres personas.

Otros méritos corresponden, lógicamente, al realizador, Pablo Giorgelli, que hizo una historia tan verosímil, sensible, y sin exageraciones, que le creemos todo, y que además supo elegir a los intérpretes adecuados, dirigirlos, y elegir luego las tomas mejor indicadas para que se fuera marcando como naturamente la evolución de cada personaje. Aplausos también para su esposa, la montajista María Astraukas (editaron en su propia casa, de a poquito), el coguionista Salvador Roselli (que también supo participar en «El perro» junto a Carlos Sorin), el director de fotografía Diego Poleri, y, esto hay que confesarlo, la directora de arte Yamila Fontán, que hizo armar una falsa cabina de camión para algunas partes. No todo es real, ni en la película más realista.

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