4 de noviembre 2009 - 00:00

Lévi-Strauss: el giro intelectual de lo crudo a lo cocido

En la Europa de los 60, las obras de Lévi-Strauss se sumaron al fervor estructuralista junto con las de Ferdinand De Saussure y Jacques Lacan.
En la Europa de los 60, las obras de Lévi-Strauss se sumaron al fervor estructuralista junto con las de Ferdinand De Saussure y Jacques Lacan.
El antropólogo belga Claude Lévi-Strauss, fallecido el pasado viernes en París un mes antes de cumplir 101 años (singular ocurrencia de la historia: Francisco Ayala murió ayer en Madrid a los 103 años), llegó a convertirse en fundador del movimiento estructuralista un poco por azar. A los 27 años, un tanto hastiado de la filosofía europea en particular, y de Europa en general, el entonces etnólogo Lévi-Strauss llegó a la selva amazónica de Brasil para estudiar a los indios bororó -más tarde extendió su campo a otras etnias-. Su espíritu no arrastraba lastre romántico alguno; es decir, era un progresista incapaz de enamorarse, a lo Rousseau, de los salvajes buenos.

Por el contrario, con la sospecha a cuestas de que los salvajes eran los otros, aquellos a los que había dejado del lado culto del Atlántico (algunos de los cuales ya estaban ocupados en la preparación de Auschwitz), Lévi-Strauss estudió a los aborígenes con otra mirada. La mirada del «otro» que iba hacia ellos (aun antes de haber oído hablar del glosador freudiano Jacques Lacan).

En sus primeros escritos, materializados luego en su libro liminar «Tristes trópicos» de 1955 (que rápidamente tradujo en Buenos Aires Eudeba junto con otras de sus obras capitales, como su monumental «Antropología estructural», textos que luego fueron retirados de circulación en la Argentina entre 1976 y 1983 por razones no menos salvajes), Lévi-Strauss examinó las «relaciones de parentesco» de aquellas tribus. Más específicamente aun: la gramática particular de aquellas relaciones, como quien estudia el esqueleto de una lengua desconocida. No mucho después llegó a la conclusión, como Borges, de que todas las lenguas son la misma lengua.

Sus descubrimientos, en el posterior fervor «estructuralista» de Occidente, se adosaron a pesquisas similares: las relaciones de la economía, las de la política, las del inconciente y, sobre todo, las del lenguaje. Se estaba a un paso del «estructuralismo». A partir de allí Lévi -Strauss, no sin sorpresa, se vio prontamente asimilado a Lacan, quien sostenía que el inconciente, al igual que las relaciones de parentesco estudiadas por él, también se articulaba como un lenguaje.

El antropólogo, al principio tentado por establecer algún parangón con la cibernética en ciernes en el mundo por aquellos años (la idea de que la organización social y los vínculos de poder también pudieran estar regidos por una razón binaria), pasó después a recoger las enseñanzas de otro proto-estructuralista, el suizo Ferdinand de Saussure, uno de los primeros en haber hablado del «valor» del lenguaje en términos económicos, y trasladó ese concepto a sus propias investigaciones.

Antes de que perdiera el entusiasmo por el trabajo de campo y regresara al escritorio y la cátedra, Lévi -Strauss estudió también, en una línea menos mística que las de Carl Jung o Mircea Eliade, la significación del mito en aquellas sociedades que, antes que primitivas, prefirió denominar ahistóricas. Tanto el estudio de las relaciones de parentesco como el de los factores constantes en las génesis de los mitos asentaron el corpus de su teoría, que terminó de perfeccionar en otras de sus obras de referencia: «Lo crudo y lo cocido» y «El pensamiento salvaje». También en ellos desarrollaría algunos tópicos menos profundos, aunque llamativos, como el del origen de las costumbres a la mesa.

Designado profesor de la Universidad de San Pablo en 1935, tuvo la mala idea de regresar a Francia cuatro años más tarde, uno antes de la ocupación de París por el más siniestro de los «otros». En su condición de judío, el ejército francés lo expulsó de sus filas, y decidió refugiarse entonces en los Estados Unidos, donde dictó cursos en diferentes universidades.

La cronología recuerda que, una vez terminada la guerra, en 1949 fue nombrado vicedirector del Museo del Hombre de París, en 1950 ocupó la cátedra de religiones comparadas en la Escuela de Altos Estudios (virtual sede internacional del futuro movimiento estructuralista), y en 1959 la de antropología social en el College de France, donde fundó en 1960 el Laboratorio de Antropología Social. Era difícil que pudiera prever entonces, ni aún aplicando el estudio de las mitologías, que en el París del 68 sus libros se convirtieran en objetos de adoración tan populares como las remeras del Che Guevara, la voz de Juliette Greco y la mirada estrábica de Sartre.

«Las sociedades que analizamos tienen el mismo tamaño y son a la vez objetos muy distantes de nosotros. Por eso podemos distinguir sólo sus características principales. Cuanto más analizamos las sociedades de esta forma a la distancia, tanto mejor podremos descifrar características fundamentales de la sociedad humana», escribió en una oportunidad.

Claude Lévi-Strauss había nacido en Bruselas el 24 de noviembre de 1908, hijo de un pintor. Su muerte, como se dijo, ocurrió silenciosamente el pasado viernes y ya fue sepultado. Sus exequias se celebraron el lunes en Lignerolles, donde tenía una residencia. Lévi Strauss fue el primer antropólogo que ingresó en la Academia Francesa, en mayo de 1973. «Las estructuras elementales del parentesco» (1949), los cuatro tomos de «Mitologías» (de 1964 hasta 1971) y «Saudades do Brasil» (1994), son algunos de sus otros títulos.

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