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Lo mejor, su feroz comicidad
Jim Carrey y Ewan McGregor en la parte más lograda de «Una pareja despareja», extraña comedia negra de altísimo voltaje gay, que pierde potencia cuando se centra en las andanzas delictivas de uno de ellos.
Un marido perfecto, padre de familia, de profesión policía, en realidad vive una doble vida hasta que, un buen día, un accidente de auto lo convence de que debe salir del closet no sólo para vivir su homosexualidad a pleno, sino también para hacer lo que le dé la gana a todo nivel.
Habiendo abandonado a su esposa e hija para vivir la vida loca, descubre, en sus propias palabras, que «no sabía que ser gay podía ser tan caro». Esta confusión existencial provoca que el personaje estelar que encarna Jim Carrey se deje llevar por sus instintos libertarios a todo nivel, al punto de terminar cometiendo todo tipo de estafas que lo llevan tras las rejas.
Y aquí empieza la verdadera historia de esta literal «Jaula de las locas»; es que es en la cárcel donde el protagonista conoce a su amor verdadero, o sea el Phillip Morris del título original (el personaje de Ewan McGregor no tiene nada que ver con ninguna marca de cigarrillos, simplemente se llama así).
Lo mejor de esta extraña comedia negra de altísimo voltaje gay -y de sorprendentes niveles de incorrección política en todas direcciones-, son las escenas que narran este sórdido romance carcelario, que supera todo lo conocido en el género. Las increíbles apariciones de McGregor caminando en puntitas de pie o corriendo alocadamente en medio de la típica actividad brutal del patio de la prisión constituyen una de las mayores composiciones de su carrera. Lástima que su personaje se diluye en las escenas posteriores en las que la trama retorna a las estafas delirantes del personaje de Carrey.
Sin saber cómo fluir naturalmente del conflicto pasional a las andanzas delictivas, el conjunto se vuelve un tanto híbrido y desparejo, algo comprensible dada la feroz comicidad que destila esta producción del francés Luc Besson.
D.C.


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