"¿Acaso ustedes se atrevieron a buscar a quien ya no está?", dice Caspar el niño, ahora un hombre a punto de cumplir 79 años, protagonista del cuento "El último de la estirpe", a punto de tomar una decisión final tras ser acosado por el recuerdo de sus hermanos. "Y dicen en RhTMzüns que el último de una estirpe suele morir a mano de sus muertos, de sus hermanos".
Muchos de los relatos de este libro van al encuentro con muertos. Y algunos de ellos tienen que ver con amigos de la autora. Escritores célebres a los que pone en foco de un modo distinto. En "Un encuentro en el Bronx" cuenta de la vez que fue a comer en un lujoso restorán con su marido Roberto (Calasso, el gran editor y escritor italiano) y su amigo Oliver Sacks, donde había un acuario en el que los clientes elegían el pez que se disponían a comer, y ella entra en fraternidad con uno, le brinda su afecto a distancia sabiendo que no puede salvarlo. Cuento que podría relacionarse con el admirable "Axolotl", de Cortázar, o pensarlo como un homenaje a Sacks, gran escritor y neurólogo británico, que en ese momento se estaba muriendo.
En "Negde", visita el departamento de Joseph Brodsky, donde los objetos no quieren que los desplacen, y si lo hacen, vuelven a su lugar, porque el Premio Nobel acaso no se ha ido del todo. Y en "La sala aséptica", al visitar a su íntima amiga Ingeborg (Bechmann), en la unidad de grandes quemados del hospital Sant' Eugenio, recuerda la vez que le propuso en la vejez irse a vivir juntas, y lo hizo "más que como un futuro, como una premonición, un temor". Acaso no muchos saben que Bechmann murió por las quemaduras que recibió en el incendio de su departamento. Un cuento se relaciona con este hecho, porque en el libro hay un entretejido de historias, hilos del relato que pasan a otra trama. En "La heredera" una niña callejera incendia a la mujer que la adoptó. Pero así como hay relaciones, hay sorpresas. Así como hay relatos autobiográficos convertidos en literatura, los hay fantásticos ("La visitante", que recuerda un notable cuento de la uruguaya Armonía Sommers), criminales ("Adelaide", que recuerda los más crueles de Silvina Ocampo), los inclasificables como el formidable "Agnes", donde la narradora cuenta el día que su novia Agnes, luego de años de convivencia, la deja para casarse con un hombre, y morir de forma natural el día de su casamiento. Relato que instala al lector en el mundo de la sospecha. Jaeggy ofrece veinte cuentos que tienen la medida que necesitan, una escritura concentrada, simple y precisa que deja entrar la poesía cada vez que lo necesita. A la suiza Fleur Jaeggy, de lengua italiana, hija de un alemán y una italiana nacida en Buenos Aires (acaso por eso le gusta nombrar a la Argentina), elogiada desde su primera obra por Susan Sontag y Thomas Bernhard, sus novelas la han convertido en escritora de culto, uno de los grandes nombres de la literatura europea actual. Estos cuentos son magníficos flashes vitales que permiten conocer a partir de formas breves a esa narradora, para Vila-Matas, "deliciosamente maligna".
| Máximo Soto |



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