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“‘Mamma mia’ parece simple pero no lo es”
McQueen: «Los temas del libro de ‘Mamma mia’ son clásicos, escritos de otra manera pero con una estructura muy similar a la de las comedias de Shakespeare».
«Mamma mia» reúne los principales hits del grupo sueco ABBA (una mezcla de pop, dance y música disco). Sus canciones inundaron el mercado discográfico mundial, durante los años 70 y 80, traducidas a distintos idiomas. Temas como «Chiquitita» y «Dancing Queen» se sumaron a un repertorio de 23 canciones que ilustran una historia de amor y amistad en una idílica isla griega. Allí viven, desde hace veinte años, Donna y su hija Sophie. En vísperas de su boda, la joven decide invitar a tres antiguos amantes ocasionales de Donna (típica exponente de una generación desprejuiciada), para averiguar quién de ellos es su padre. Hay otras dos invitadas, amigas de Donna, sobre quienes recaen aspectos cómicos de la obra.
Además de recorrer el mundo con varios musicales de Broadway, McQueen se dedica al montaje de óperas (el año pasado dirigió «La flauta mágica» de Mozart en Vancouver). También es dramaturgo y docente. El jueves 15 dictará una Master Class en la Escuela de Comedia Musical de Marisol Otero, actriz protagónica de «Mamma mia». Dialogamos con él:
Periodista: ¿Cuáles son los puntos más fuertes de esta obra?
Robert McQueen: La dramaturga inglesa Catherine Johnson escribió un guión que parece simple, pero no lo es. Una de las razones que hacen que esta obra sea tan exitosa mundialmente es que cuenta con personajes icónicos y una historia con la que todo el mundo se siente identificado. La pérdida y recuperación del amor, el valor de la amistad, la madre que cría sola a su hija, las dudas sobre la identidad paterna, la dificultad de descubrirse a uno mismo. Son temas clásicos, escritos de otra manera pero con una estructura muy similar a la de las comedias de Shakespeare, donde las relaciones entre los personajes son muy complicadas y finalmente todo termina en casamiento.
P.: ¿Qué puesta de «Mamma Mia» le resultó más problemática hasta el momento?
R.M.: Todas tuvieron su desafío. Lo bueno es que este show no es un «cookie cutter» (molde para cortar galletitas). Cada puesta es única y diferente por lo que cada actor en particular aporta a su personaje. Nuestro desafío es olvidarnos de las producciones anteriores para que la actual crezca fresca y nueva.
P.: ¿Por qué es tanto más atractiva la obra teatral que la película que dirigió Phyllida Lloyd, con Meryl Streep?
R.M.: Usted sabe que las comedias musicales difícilmente se convierten en buenas películas. No sé por qué sucede esto, pero es muy raro que una experiencia en vivo conserve su magia en una versión cinematográfica. Si uno piensa en películas musicales realmente exitosas como «Un americano en París», vemos que se trata de una gran fantasía muy bien adaptada al marco de la cámara. También funcionó «Chicago» que es una obra super teatral en sí misma, porque el director la mantuvo en ese mundo. Pero a «Mamma mia» trataron de hacerla más realista con muchos paisajes naturales, cuando lo lindo de esta producción es que no se necesitan más que dos piezas de escenografía móvil. No hace falta nada más para recrear esa isla griega. Por eso fue una película complicada.
P.: Meryl Streep confesó en una entrevista que sus hijos odiaron la película y la acusaron de andar saltando todo el tiempo como una adolescente.
R.M.: No sé por qué tomaron esa decisión, ni cual fue la razón para alivianar tanto al personaje. Donna no necesitaba eso. Por otro lado, trabajamos con actrices más jóvenes que Meryl Streep, en este caso Marisol Otero.
P.: Usted disfruta por igual de la ópera y de la comedia musical, pero en nuestro país son géneros incompatibles y atraen a distinto público.
R.M.: Claro, claro entiendo. Yo amo ambos géneros. Me resultan similares y al mismo tiempo distintos. El año pasado pasé de un musical a ensayar una ópera de Richard Strauss. Mi objetivo es el mismo, tratar de que el espectador entienda cuál es la historia y se involucre en ella. A veces, el mundo de la ópera suele ser muy arrogante. En mis comienzos fui asistente de un director que un día le dijo al elenco: «Acá está la maqueta. Creo que el público no va a entender la obra y a mí no me importa». ¿Cómo puede ser? ¿Por qué el público querría pagar para ver eso? La ópera no es un ejercicio para intelectuales y académicos. Es música y la música es una experiencia espiritual, tiene que tener corazón. En todo lo que dirijo busco enganchar al público y comprometer su mente y su alma. Por lo tanto disfruto de ambos géneros y además amo trabajar con idiomas que no entiendo. De verdad me gusta.
P.: ¿Cómo le fue en Japón con el montaje de «Carrousel» el musical de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein?
R.M.: Dos meses en Tokio. No entendía absolutamente nada. Era el único canadiense; todos los demás -elenco, diseñadores, equipo técnico- eran japoneses. Tenía una traductora maravillosa, pero durante los almuerzos yo disfrutaba escuchando las conversaciones de los actores, sin entender pero captando el espíritu de lo que decían. Me resultaba encantador.
P.: En Camboya estrenó un musical de su autoría, («Where Elephants Weep») ¿Cómo fue esa experiencia?
R.M.: Maravillosa. Trabajé con músicos locales y una compañía de actores, cantantes y bailarines nacidos en Camboya y criados en Estados Unidos. Su cultura musical es realmente asombrosa. Pero hubo que reconstruirla porque durante el régimen maoísta de Khmer Rouge hubo un terrible genocidio en el que fueron asesinados brutalmente el 90 por ciento de los artistas. Entre ellos todos los miembros de la Compañía de Ballet del Palacio Real. Recién a fines de los 80 y principios de los 90 los artistas que sobrevivieron a la masacre volvieron a actuar. En los últimos diez años fueron subsidiados por ONGs para que enseñen y transmitan su arte a las nuevas generaciones. En Camboya adopté un hijo que ahora es un joven cineasta. Todo empezó en 2003 como una aventura y hoy es una parte muy importante de mi vida.
P.: Una vida de nómade...
R.M.: Sí. Empecé a viajar siendo grande y desde el momento en que salí al mundo no hubo nada que pudiera retenerme. Esto va a seguir así por un tiempo, pero ya va siendo hora de que me quede quieto, aunque sea por un ratito.
Entrevista de Patricia Espinosa


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