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María E. Walsh como partida y llegada
Marikena Monti articula, sobre las canciones de María Elena Walsh y sus referentes, un sensible recital solista.
María Elena Walsh es el punto de partida, y también el de llegada. Marikena Monti viene de compartir durante unos meses un espectáculo con dos viejas amigas y colegas, Susana Rinaldi y Amelita Baltar. Y ahora vuelve a la sencillez del «unitario», apenas con un pianista acompañante, y con un repertorio que tiene a la recientemente fallecida autora argentina como eje.
Porque Walsh está no solamente en la lista de temas y con varios títulos: «Carta a Amadeus», «El señor Juan Sebastián», «Manuelita la tortuga», «El viejo varieté», «Balada de Cómodus Viscach», «Barco quieto», «En el país de nomeacuerdo», «Serenata para la tierra
de uno», muchos de ellos realmente geniales. María Elena está también en las varias canciones de otras autoras/compositoras mujeres que Monti eligió para armar esta propuesta «a media voz» en los sábados de La biblioteca café. Así, Chabuca Granda, Alfonsina Storni, Violeta Parra, Eladia Blázquez o la inconmensurable Edith Piaf -aún con su voz, en un dúo con Marikena para «Non, je ne regrette rien»- pasan por la voz de Monti y por el piano sólido, profesional y eficiente de Oscar Laiguera.
Marikena es una cantante ecléctica que aquí está volviendo a dar muestras de eso. Asociada durante mucho tiempo al repertorio «contestatario» del café concert y a la «chanson française», le sientan de igual modo el folklore latinoamericano, la balada urbana porteña, las piezas de su querida María Elena Walsh y hasta el tango, aunque en este caso no haya querido abordarlo.
Su mayor virtud está en la garganta -que luce en excelente forma y con una afinación meticulosa que sorprende- y en el manejo sensible de su expresividad. Entonces, esta mujer que lleva años pisando escenarios convence al público -y la buena concurrencia a este ciclo así parece confirmarlo- porque deja la sensación de que ella también se cree lo que canta.


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