Las marchas, organizadas en su mayoría mediante campañas en redes sociales, bloquearon las calles y detuvieron el tránsito en más de media decena de ciudades, entre ellas San Pablo, Río de Janeiro, Belo Horizonte y Brasilia, donde 200 manifestantes lograron subir al techo Congreso y el Palacio Presidencial.
Allí los policías habían reprimido con spray de pimienta y bombas lacrimógenas a los activistas, pero no pudieron evitar que algunos rompieran el cordón de seguridad tras lanzar bombas molotov.
Al cierre de esta edición, unas 65.000 personas caminaban por las las calles de San Pablo, acercándose a la avenida Paulista, la principal vía del centro de la ciudad, estimó la encuestadora Datafolha, citada por el diario Folha de Sao Paulo. "Quiero que Brasil despierte. No es sólo por los pasajes, sino porque la educación y la salud son malas", dijo Diyo Coelho, de 20 años, que marchaba en San Pablo junto a un grupo de amigos y llevaba flores en las manos. "¿Qué sentido tiene hacer una fiesta para los gringos cuando Brasil está mal?", se preguntó Priscila Parra, una estudiante de Física de 20 años.
Asimismo, miles y miles de personas marchaban por el centro de Río de Janeiro hacia Cinelandia, corazón del centro de la ciudad, saltando y aplaudiendo mientras desde lo alto de los edificios la gente les lanzaba papeles blancos. Policías en el lugar estimaron la participación de 40.000 personas. En esta ciudad también hubo enfrentamientos con las fuerzas del orden, y hasta anoche había registros de autos incendiados.
"La presidenta Dilma Rousseff considera que las manifestaciones pacíficas son legítimas y propias de la democracia", afirmó la ministra de la Secretaría de Comunicación Social de la Presidencia, Helena Chagas, en declaraciones que concedió a periodistas para dar a conocer la posición de la mandataria sobre las protestas.
A pesar de ser pacíficas y desplegarse como una muestra de descontento, las manifestaciones de ayer fueron las más recientes de una serie de protestas en las últimas dos semanas que se han sumado a la preocupación por la lenta economía del país, la elevada inflación y un alza en los delitos violentos.
Las marchas comenzaron este mes con una pequeña protesta en San Pablo contra un aumento en las tarifas del colectivo y el tren subterráneo, inicialmente criticadas por gran parte de los brasileños de clase media debido a su vandalismo. No obstante, el movimiento ganó apoyo rápidamente y se extendió a otras ciudades luego de que la policía utilizara una fuerza excesiva para reprimir a manifestantes. Las protestas ganaron impulso en momentos en que Brasil es anfitrión de la Copa de las Confederaciones de Fútbol, un ensayo antes de la Copa del Mundo del próximo año.
Ante el contraste con los miles de millones de dólares que salieron de las arcas fiscales para construir nuevos estadios con el lamentable estado de los servicios públicos de Brasil, los manifestantes utilizan la Copa de las Confederaciones como contrapunto para amplificar sus preocupaciones. "No deberíamos estar gastando dinero público en estadios...", reveló una manifestante en San Pablo que se identificó como Camila, una agente de viajes de 32 años. "No queremos la Copa. Queremos educación, hospitales, una vida mejor para nuestros niños", agregó. Se trataron de las mayores protestas en 21 años en Brasil -donde la población no acostumbra salir a la calle a expresar su descontento-, desde las manifestaciones de 1992 contra la corrupción del Gobierno de Fernando Collor de Melo, que renunció durante su juicio político ante el Senado.
| Agencias EFE, AFP, Reuters, ANSA y DPA; y Ámbito Financiero |


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