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Minino Garay, del cuarteto al jazz
Volvió por unos días al país Minino Garay, un músico de amplia trayectoria y estilos, que se inició en el cuarteto cordobés y llegó al jazz y la fusión.
Minino Garay: Algunos piensan que con el nombre que tengo no debería tocar en lugares pequeños como estos. Pero a mí, en general me tiene sin cuidado lo que recomiendan los señores del marketing. A mí me gusta tocar y mostrar lo que hago; y precisamente es en este tipo de lugares donde uno puede darse permisos que quizá no pueda en un concierto más formal en un teatro grande.
Periodista: ¿Cómo fue aquella combinación juvenil entre el conservatorio con la música clásica y el cuarteto?
M.G.: En principio, porque eso no es tan raro en Córdoba. A lo mejor, en Buenos Aires se ve distinto, pero el cuarteto en Córdoba está en la vida de todo el mundo, sea o no académico. Pero además tenía un tío que era productor de esa música y me dio la posibilidad de trabajar. Fue así que toqué con Chébere, con Las Chi Chi -el primer cuarteto de mujeres-, Carlitos Rolando y otros más mientras era alumno del gran maestro Eleuterio Ocampo en el conservatorio.
P.: ¿Y qué lo llevó a viajar a París?
M.G.: Tenía curiosidad. Quería conocer otras músicas. Ya en Córdoba me relacionaba mucho con diferentes comunidades, de frica o de América residentes allí para aprender sus costumbres y sus toques. Pensé en viajar a Cuba, que es cuna de grandes percusionistas. Pero imaginaba que París era el lugar en el que podría tener un abanico mucho mayor de distintas culturas.
P.: ¿Fue así?
M.G.: Sí al principio. Después empezó cierta decadencia. Y actualmente París ya no es ese epicentro cultural que fue hace años. En todo caso, se ha dispersado y hay otros lugares que funcionan como referentes culturales, como Barcelona, Berlín, Roma, Londres. Pero además, la política -en ese aspecto, los políticos son iguales en todas partes- no ha sido capaz de darse cuenta de la importancia que tiene la cultura. Ya no son ese lugar de atracción que fueron porque no se estimula la llegada de artistas de otros sitios; al contrario, se la rechaza.
P.: Pero a usted no le ha ido mal.
M.G.: A mí no, para nada. Quizá también porque llegué antes de que empezara este proceso. Pero veo lo que pasa y me da pena.
P.: ¿Por qué decidió pasar del lugar de acompañante que suelen tener asignado los percusionistas al de solista y responsable de proyectos?
M.G.: Quizá sea el ego que tenemos todos los artistas; esas ganas de ser admirados y queridos que nos mueve a hacer cosas. Cuando uno tiene responsabilidades en un proyecto tiene además la posibilidad de vehiculizar sus propias ideas; y eso es fantástico para cualquiera.
P.: Si uno revisa tanto su currículum de actuaciones en vivo, como su discografía personal o las participaciones en grabaciones de otros artistas descubre un enorme eclecticismo. ¿Qué lo mueve a estar en tantas cosas distintas?
M.G.: A lo mejor es esa misma curiosidad que me llevó a dejar Córdoba y mudarme a Europa. Me gusta cambiar, mezclar, poner al bombo legüero de Santiago del Estero o al cajón peruano en diálogo con la música árabe o africana, combinar lenguajes, participar en cosas diferentes. A veces me siento como un director de teatro, porque lo que más disfruto es reunir elementos aparentemente muy lejanos y ponerlos a trabajar juntos. Igualmente, para mí es más natural que como puede verse, quizá, desde afuera. Yo puedo tocar con gente como Dee Dee Bridgewater o con Cheikh Tidiane Seck de Mali, participar en un festival en Marruecos con músicos de allí, hacer jazz con Richard Bona o Magic Malik, ser parte de Los Tambores del Sur, compartir proyectos con Gustavo Beytelman y Ricardo Moyano, tocar folklore con Jaime Torres o Koki y Pajarín Saavedra, acompañar al cantante Nilda Fernández, o hacer una especie de rap tanguero que yo llamo «speaking tango». Todo es parte de mi vida del mismo modo.
P.: ¿No le trae problemas semejante eclecticismo?
M.G.: Seguramente que sí. Mis editores no saben dónde ponerme.
Entrevista de Ricardo Salton


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