30 de marzo 2009 - 00:00

Murió Jorge Prelorán, fundador del cine documental en el país

Jorge Prelorán, autor de clásicos como «Hermógenes Cayo» y candidato al Oscar, padeció el destierro y luego la relativa atención que se le prestó a su enorme obra.
Jorge Prelorán, autor de clásicos como «Hermógenes Cayo» y candidato al Oscar, padeció el destierro y luego la relativa atención que se le prestó a su enorme obra.
Murió el sábado, lejos de su patria, el reconocido maestro del cine documental etnográfico Jorge Prelorán, director de clásicos en este género como «Hermógenes Cayo», «Una feria en Yavi», «Medardo Pantoja», «Araucanos de Ruca Choroy», «Cochengo Miranda», «Chucalezna», «Zulay ante el siglo XXI» y, ya en los EE.UU., «Luther Metke a los 94», que le valió una candidatura al Oscar.
Prelorán murió en su casa de Culver City, California, en compañía de su mujer Mabel, su hija y yerno. Su cáncer de larga data jabía recrudecido hace diez dias. Estuvo trabajando en sus proyectos hasta el final, con la dedicación y la disciplina que lo caracterizaba. En vez de rodar, porque ya no podía, se dedicó a hacer unos libros virtuales sobre personajes notables (no famosos, sino personas cuya vida y actividad son un modelo para la acción y el aprendizaje).
En mayo del año pasado había celebrado sus 75. Sus últimos años fueron para su familia y amigos una lección de cómo vivir enfrentando la muerte. El Smithsonian Institute recibió hace unos meses sus películas y papeles, que están siendo preservados y catalogados. Hasta el final estuvo buscando una manera de que su obra cinematográfica estuviera al alcance del público argentino, especialmente la gente joven. Tenía confianza en que la revolución digital -con el bajo costo de producir DVDs- le permitiera llegar a esa meta. También duermen su sueño los documentales que el Incaa le había prometido restaurar, hace ya largos años.
Nacido en mayo de 1933 en San Isidro, Prelorán estudió cine en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), y al volver se conectó casi casualmente con el folklorólogo Augusto Raúl Cortazar, que le consiguió una camioneta, un equipo mínimo, y el respaldo de la Universidad Nacional de Tucumán. Así relevó, durante años, pueblos, ferias y costumbres del norte argentino. Su método era singular y altamente moral: en vez de invadir a la gente, como suele hacerse, él iba «desarmado», lograba su amistad, pedía permiso, y sólo entonces, al año siguiente, volvía con una cámara. Así hizo registros notables, inclusive artísticos, que el Fondo Nacional de las Artes difundió ampliamente, pero también con mucha displicencia. El Fondo nunca hizo copias de resguardo.
Otro detalle singulariza la altura moral de Prelorán: cada vez que vendìa uno de sus trabajos a la televisión de EE.UU. o Europa, los entrevistados también pasaban a recibir parte de los derechos de emisión. Pero en 1976, la invasión a su casa en Ramos Mejía, el secuestro de una sobrina, y algunos comentarios que lo ubicaban como sospechoso por filmar a los indios, lo obligaron a establecerse definitivamente en la UCLA, donde fue profesor titular de Cine Etnográfico hasta su jubilación con honores.
A la Argentina volvió pocas veces. Dio unas charlas en 1982, hizo en 1988 una formidable miniserie con ayuda de diversos científicos, sobre la evolución de la Patagonia (España y EE.UU. pusieron equipos y dinero, la Argentina los científicos, y Prelorán su propia camioneta, en la que dormía), y, por último, dio unas clases abiertas en el Festival de Mar del Plata de 2005, donde recibió un homenaje. Allí aprovechó para iniciar la búsqueda de sus antiguos entrevistados y sus descendientes.
De ese esfuerzo surgió la idea de editar cada uno de sus documentales acompañado por un libro de recuerdos y reflexiones, pero, pese a diversas promesas, la restauración de sus films debió iniciarla de su propio bolsillo. También fueron promesas las de diferentes gobiernos y editoriales, para publicar sus libros sobre latinoamericanos notables, que soñaba regalar a las bibliotecas públicas de todo el continente.
P.S. y M.E.C.

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