5 de noviembre 2013 - 00:00

Paradoja de la Argentina: futuro predecible, pero también preocupante

Fernando Navajas - Economista jefe de FIEL
Fernando Navajas - Economista jefe de FIEL
Visto retrospectivamente el panorama inmediato poselectoral es bastante predecible en materia económica, independientemente del gran significado de las elecciones para el posible futuro político post 2015. Predecible no significa que no sea preocupante. La inflación y el dólar, por nombrar dos variables que conoce cualquiera, no dan pie para decir que transitamos por un sendero de estabilidad macroeconómica. Y la energía, que durante mucho tiempo fue considerada como un mero problema "micro" o sectorial, puede estar por escribir la historia macroeconómica de la Argentina si no se revierte la velocidad de caída de la oferta de gas natural que va camino a batir un récord histórico en los últimos 50 años en materia de importaciones como porcentaje del PBI. Pero aún con todo esto, muy conocido, la sorpresa para muchos economistas ha sido la capacidad de la economía para recuperarse en este ciclo: así lo ha hecho la industria, la inversión en maquinaria y las construcciones. Los agentes económicos, en sus decisiones diarias, no vislumbran una disrupción seria de las variables económicas y financieras en el corto plazo. Es decir que, habiendo votado mayoritariamente en contra del estilo y/o políticas del Gobierno, están reconociendo que el Gobierno no ha perdido el control y que aún cuando existan correcciones fuertes de precios relativos por delante, el panorama a largo plazo de la Argentina luce, en términos del ingreso nacional, muy sostenible. Cuando alguien se compra un auto o decide reactivar una construcción se podrá estar protegiendo, pero al mismo tiempo está convencido que su ingreso permanente no va a pulverizarse, porque está tomando decisiones que bien podrían postergarse si fuera cierto que una crisis severa fuera inminente. Es decir, que hay todavía algún anclaje de expectativas que juega favorablemente para que el ambiente no se torne muy estanflacionario.

Ese anclaje tiene nombre y apellido y es una devaluación oficial controlada por una gran pérdida de reservas que no va a poder continuarse indefinidamente. Es decir que el Gobierno se ha aproximado inexorablemente, e independientemente de la vestidura mediática (como en la derrota electoral) que quiera usar, a un punto de inflexión en el régimen de determinación del tipo de cambio. De cómo se maneje esta transición a un nuevo régimen van a depender un conjunto muy importante de variables económicas que van desde las expectativas inflacionarias y la formación de precios (en donde el período de remarcación o indexación se acorta) tarifas y salarios, hasta la tasa de interés y la propia salud del sistema financiero (dado el descalce entre préstamos y depósitos si la inflación se acelerara).

El problema de la inacción no es simplemente que el Gobierno no hace lo que está a la vista de cualquiera y a su alcance. La cosa es más compleja y con diferentes aristas que entrelazan la economía y la política. En economía, existe todo un campo de estudio de postergación de acciones (o procastinación) que ocurre cuando el costo de tomar decisiones es alto y existen, o creen verse, señales de que se puede seguir por el mismo sendero. El problema es que esas señales son a veces información ruidosa y falsa que hace creer que se puede aguantar. Los datos que comentábamos arriba respecto del nivel de actividad son un ejemplo claro al respecto. Y también lo son las opiniones de muchos colegas que en el buen afán de ser cautos pareciera que le dicen al Gobierno "dale, que llegan al 2015", lo que refuerza la idea de que se puede aguantar sin hacer cambios. Para colmo además del interno existe un complejo frente externo que viene dado por la amenaza judicial que pesa sobre la Argentina en cuanto a un bloqueo del servicio de su deuda externa. Aquí han aparecido las señalas ideales para quedarse dormido y postergar decisiones respecto a una agenda de proteger el mecanismo de pagos. Una de estas señales es la de "no inminencia" de las decisiones judiciales en los EEUU. La otra es la aparición de propuestas de auto-renegociación privada que en mi opinión generan tremendas dudas sobre su funcionamiento dado que involucra una coordinación muy costosa. Por algo los defaults no se auto-renegocian y existe a nivel mundial un vacío institucional importante.

En lo político el problema de fondo es la existencia del objetivo o restricción de evitar una crisis de identidad política por parte del gobierno, porque las acciones conllevan comunicaciones de "ajustes" que van a ser leídas como una renuncia a un sendero que de antemano se había anunciado como inmodificable. Frente a esto sólo puede decirse que el pragmatismo es el arte de transitar ese cambio de régimen. Para eso está la política. Salvando todas las distancias y calificaciones posibles, eso es lo que hizo Alfonsín en 1985 y, en mucha mayor escala, Menem en 1989. Y es lo que muy posiblemente hubiera considerado o por lo menos escuchado Kirchner si hoy estuviera en comando de esta situación. Es pasar la prueba o el test final de elegir entre cambiar y sostener su movimiento político o jugar al testimonialismo y correr el riesgo de perecer.

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