Pelicori: “el mensaje de Ibsen superó a su época”

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«Las obras de Ibsen tocan algo muy profundo de la condición humana y son tan geniales que nos siguen hablando a través de los siglos», dice Ingrid Pelicori. La actriz está entusiasmada con la nueva versión de «Espectros» que protagoniza en el Centro Cultural de la Cooperación -los viernes y sábados a las 23- bajo la dirección de Mariano Dossena. Pese a su intensa actividad teatral, Pelicori siempre encuentra espacio para su otra pasión, la poesía. Actualmente participa junto a otros artistas del espectáculo «Los poetas de Mascaró» (Homenaje a Haroldo Conti a 35 años de su desaparición en el C.C.Cooperación) y comparte junto al cantante lírico Mario Solomonoff y el pianista Aníbal Zorrilla el show poético-musical «Tangos y susurros» en «Clásica y moderna».

Periodista: Usted ha interpretado a grandes autores del teatro universal. No sospechábamos esta veta tanguera...

Ingrid Pelicori: El tango ha dado grandes poetas y me gusta bailarlo. Durante las giras con el elenco estable del Teatro San Martín siempre nos pedían en las recepciones de las embajadas que bailásemos tango. Por eso fui a aprender. Y una vez que aprendí, tuve épocas en las que me iba a bailar hasta las seis de la mañana.

P.: Dicen que la milonga genera adicción...

I.P.: A mí me duró mucho. Apenas terminaba la función, me iba a comer y después a la milonga. Siempre andaba con los zapatos de tango en el bolso. Ahora es al revés, el circuito se llenó de extranjeros. Uno puede viajar a cualquier ciudad del mundo y va a encontrar bailarines de tango.

P.: Y ese circuito ¿le aportó algo como actriz?

I.P.: Una vez, un milonguero me dijo algo hermoso: «en el bolero el hombre usa la música para llegar a la mujer; en el tango usa a la mujer para llegar a la música». El hombre es el que lleva, el que propone el paso, el ritmo, e incluso el estilo; mientras que la mujer adapta su modo de bailar de acuerdo al partenaire que le toque. Es la intérprete inmediata de la danza que le está proponiendo el hombre y en esa interpretación ella también propone. Ese papel de la mujer me resulta interesante para aplicarlo en otras cosas de mi vida. Tiene mucho que ver con la relación que entablo con cada director. Es un dejarse llevar creativamente, no es algo pasivo.

P.: Y ahora está inmersa en el universo nórdico y puritano que retrató Ibsen...

I.P.: Y al que criticó tan ferozmente en «Espectros» que la obra fue prohibida durante mucho tiempo. Antes fue estrenada en Estados Unidos (en 1882). Era muy provocadora para la época al tocar temas como la infidelidad conyugal, los secretos familiares, el incesto, la eutanasia. Tiene una estructura asombrosa, los secretos que se van develando en distintas capas y cuando parece que ya está todo dicho, surge algo más. Nuestro director sostiene que esta obra está impregnada de budismo.

P.: ¿Cómo es eso?

I.P.: Él dice que esos libros que lee la señora Alving y que el pastor le cuestiona tanto tienen que ver con una espiritualidad oriental. Por eso ella defiende la alegría de vivir en contraposición a la religión protestante que es muy severa. Según Dossena, «Espectros» habla del karma. Esto de que las acciones de una generación afectan a la generación siguiente. La familia actúa además como un alma colectiva, donde todos deben tener su lugar y el que queda afuera -excluido, negado o vuelto secreto- provoca un conflicto que de alguna manera reaparece, aunque no se sepa, haciendo un daño en algún lugar.También tiene algo de tragedia griega. Como «Edipo» la señora Alving envía a su hijo (Walter Quiroz) al extranjero para protegerlo de la mala influencia de su marido, pero lo único que logra es arrojarlo a su destino y el chico enferma...

P.: ¿A consecuencia de la sífilis del padre?

I.P.: Eso dice la tradición. En realidad, Ibsen no menciona esa palabra, y tampoco se podía. El hijo dice estar destruido moral o espiritualmente. A nosotros nos gustó dejarlo en esa ambigüedad, en ese estar pagando el precio de todas las mentiras, secretos y exclusiones de esa familia. La obra casi parece una ilustración de un método terapéutico que ahora está muy en boga en nuestro país, el de las constelaciones familiares creada en los años 80 por el psicoterapeuta alemán Bert Hellinger. El vivió varios años en Sudáfrica y tomó mucho de los rituales chamánicos de los zulúes.

P.: ¿Sirve para descubrir cómo el sistema familiar condiciona la vida y el destino de cada persona?

I.P.: Algo así. A mí me lo explicó una amiga psicóloga. El que constela elige entre los asistentes a quienes representarán los distintos miembros de su familia incluido él mismo. Les indica un lugar y una posición y ellos no tienen que hacer ni decir nada. Después cada uno va a explicar cómo se sintió y de allí surgen datos sorprendentes. Por ejemplo alguien que miraba hacia abajo se sintió apesadumbrado y eso ayudó a revelar que en la historia del que constelaba había un muerto del que nadie hablaba en su familia.

P.: La viuda Alving es una mujer muy valiente, pero comete algunas equivocaciones.

I.P.: Es una mezcla. Está tratando de hacer en los últimos diez minutos todo lo contrario a lo que hizo durante su vida. Alejó a su hijo, no blanqueó el nefasto proceder de su marido, sostuvo la mentira. Por eso la obra es la tragedia de decir la verdad. Tal vez sea demasiado tarde para ella o tal vez no. No conocemos el final. La obra termina con el hijo moribundo diciendo: «¡El sol, el sol!». No se sabe si el sol es la verdad que por fin salió a la luz o un volver a nacer. A lo mejor después de este duro sinceramiento, ella puede volver a vivir. No lo sé.

P.: ¿A qué espectros se refería Ibsen?

I.P.: Los espectros son muchas cosas, desde los prejuicios y las creencias hasta estas fuerzas que no conocemos y que nos mueven. Hay un montón de lecturas posibles de esta obra más allá de la crítica a una sociedad que por supuesto hoy ya no es así, aunque en muchos aspectos esa crítica siga siendo vigente. Detrás de eso hay cosas mucho más densas y hasta enigmáticas que van más allá de su época porque tocan lo más profundo, universal y misterioso del ser humano.

Entrevista de Patricia Espinosa

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