La sociedad argentina está bastante más pesimista que hace un año y, contrariamente a lo que muchos creen, en ese deterioro del humor social pesan más las cuestiones políticas que las económicas. Son dos de las conclusiones que surgen de la medición del Índice de Optimismo que elabora Management & Fit. El deterioro del humor social también se refleja en el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Torcuato Di Tella.
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A través de una encuesta telefónica de alcance nacional, a una muestra de casi 3.000 personas la consultora M&F, que dirige Mariel Fornoni, elabora semanalmente desde fines de abril del año pasado un Índice de Optimismo Económico y otro de Optimismo Político, en una escala de 0 a 100. Desde ese inicio hasta la medición de la semana pasada, el primer índice bajó de 37,9 a 33,3 y el político de 46,5 a 33,7. Los resultados de ese monitoreo eran publicados por Clarín cada lunes con bastante detalle y visibilidad, pero de un tiempo a esta parte, coincidiendo con el empeoramiento de los índices, el diario fue retaceando información.
El Índice de Optimismo Económico se elabora sobre la base de respuestas sobre situación actual y expectativas respecto de empleo, ingresos y precios, y a la consideración personal sobre nivel de vida. En los primeros relevamientos el futuro lucía mucho mejor que el presente, pero a partir del segundo semestre del año pasado hubo una fuerte caída en las expectativas, que se acercaron a la floja percepción del presente, que en la última medición fue apenas 30,1. La variable Nivel de Vida Alcanzado bajó de 50,7 en abril de 2016 a 41,6 ahora.
En el derrumbe del Índice de Optimismo Político incidieron tanto la disminución de las expectativas como la evaluación sobre la situación actual. Desde el primer relevamiento, el componente de este índice que más bajó fue la apreciación sobre la eficiencia del gasto público, que registró un muy marcado descenso de 25 puntos y ahora se acomodó en un 35,8. También hubo una fuerte caída de 17,8 puntos en la opinión sobre la gestión general de Gobierno (quedó en 28,1), y en la percepción sobre la fortaleza del liderazgo presidencial, que declinó 16 puntos hasta 33,1.
La imagen sobre la honestidad del Gobierno siguió la misma tendencia: pasó de 49,9 en abril del año pasado a 36,5 ahora.
Un dato de particular relevancia electoral es que en el Gran Buenos Aires hay más pesimismo que en el resto del país. Los dos índices de optimismo se ubican unos 4 puntos debajo del promedio nacional, y los habitantes del conurbano consideran que su nivel de vida es de 35,2, es decir 6,4 puntos menos que el total nacional. Al revés, los porteños se muestran algo más optimistas que en el resto del país.
Los cortes por edad y nivel educativo muestran diferencias muy marcadas. Los índices son más bajos en los menores de 40 años que en los mayores, y en las personas con nivel educativo alto que en las de nivel medio y bajo.
De todas las variables incluidas en el cuestionario hay sólo una que en la escala 0-100 mide por encima de 50: expectativas sobre el ingreso. En el otro extremo, la variable con peor resultado es la expectativa sobre precios. Toda una paradoja y un dilema para el Gobierno, que de aquí a las elecciones tendrá más para mostrar en avances contra la inflación que en mejoras de poder adquisitivo.
El deterioro del humor social también queda en evidencia en el Índice de Confianza del Consumidor que elabora el Centro de Investigaciones en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella, que en junio fue 42 en una escala 0-100 con una fuerte caída del 8,1 por ciento respecto del mes anterior. La comparación con un año atrás da como resultado un descenso del 1,2 por ciento, aunque la comparación con junio de 2015 muestra un baja del 16,8 por ciento. No hay duda de que alguna correlación existe entre los niveles de optimismo y confianza y la intención de voto, aunque la medida de esa causalidad sólo va a poder conocerse la noche en que se abran las urnas.
Tampoco hay duda de que valores del orden de 30 o 40 en una escala 0-100 no son números altos. Pero hay que tener en cuenta que porcentajes de ese orden bien pueden alcanzar para ganar una elección legislativa.
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