13 de febrero 2009 - 00:00

Pierde potencia un Pinter domesticado

La nueva puesta de La vuelta al hogar es menos revulsiva de lo que el texto promete y aunque el elenco resuelve con oficio la complicada red de vínculos, no logra poner en juego las ambigüedades de sus personajes.
La nueva puesta de "La vuelta al hogar" es menos revulsiva de lo que el texto promete y aunque el elenco resuelve con oficio la complicada red de vínculos, no logra poner en juego las ambigüedades de sus personajes.
«La vuelta al hogar» de H.Pinter. Dir.: A.Maci. Int.: A. Puig, F.Vena, O.Santoro y elenco. Esc.: E.Basaldua. Vest.: M.Polski. Dis.Ilum.: G. Córdova (Multiteatro)

Aunque ya pasaron más de cuarenta años desde el estreno de «La vuelta al hogar», la obra ha conservado su carácter enigmático (el teatro de Pinter es así, nada de lo que sucede o se dice en escena soporta una lectura literal).

También sigue incomodando al público por sus escenas violentas y por su empeño en revelar los aspectos más siniestros de las relaciones familiares con una sonrisa burlona. En Londres escandalizó a varios críticos, en Buenos Aires fue prohibida por Onganía (luego de la primera función), hasta que Sergio Renán logró reponerla con éxito en 1972.

La puesta que acaba de estrenar Alejandro Maci es mucho menos revulsiva de lo que el texto promete, pero al menos consigue que las extrañas situaciones que plantea Pinter resulten verosímiles; además de suspender todo juicio moral sobre los personajes.

«La vuelta al hogar» se centra en un grupo de hombres solos. Un clan salvaje y brutal que remite a la horda primitiva de la que hablaba Freud (un estadío tribal previo a la civilización en donde el único que podía tener mujer era el padre). Aquí se trata de una familia londinense de clase obrera integrada por Max (Arturo Puig), el padre viudo que alguna vez tuvo carnicería y hoy como jubilado debe encargarse, mal que le pese, de las tareas del hogar. Sus dos hijos: el rufianesco Jenny ( Fabián Vena) y Joey (Lautaro Delgado) de muy pocas luces y aficionado al boxeo y Sam, el tío soltero (Osvaldo Santoro) al que su hermano siempre tilda de homosexual por la delicadeza con que cumple sus tareas de chofer.

La convivencia es poco amable (hablan sin escucharse, se insultan todo el tiempo) y la ausencia de una figura femenina no hace más que reavivar la iracundia de estas fieras.

El conflicto estalla con el imprevisto regreso al hogar de Teddy (Rafael Ferro), el tercer hijo de Max, el único intelectual de la familia, quien además de residir en Estados Unidos y ser profesor en filosofía llega del brazo de su atractiva mujer, Ruth (Agustina Lecouna) con la que ha tenido tres hijos. De allí en más, padre y hermanos harán todo lo posible para erradicar a la oveja blanca de la familia (la antítesis de ese mundo de peleas callejeras, carreras de caballo y proxenetismo) para apropiarse de su mujer. Lo curioso es que ésta empieza a sentirse muy cómoda entre esta gente revelando más de un punto en común con aquella madre poderosa y, no necesariamente fiel, a la que todos quieren que reemplace.

La interpretación de Lecouna tiene magnetismo aunque esté trabajada desde una posición exageradamente hierática, y el elenco masculino también resuelve con oficio la complicada red de vínculos que los envuelve, pero no logran poner en juego las ambigüedades y deseos ocultos de sus criaturas.

Las peleas no han sido trabajadas a fondo, cosa que se hace evidente en la poca convicción de sus golpes, riñas y caídas al piso .Ni siquiera cuando la violencia está latente o puesta en palabras, logra atravesar el cuerpo de los intérpretes.

Tal vez haya que revisar qué tipo de entrenamiento necesita un intéprete para encarar una obra como ésta. No hay que olvidar que Pinter, más allá de su formación intelectual, fue un actor que se crió en un barrio de clase baja y desde muy chico tuvo que defenderse a golpes de las pandillas antisemitas.

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