30 de noviembre 2015 - 00:00

Pintos justifica con oficio su asombrosa convocatoria

Abel Pintos es afinado, serio, respetuoso de las letras y las melodías, y siempre se tiene la sensación de que cree en lo que canta.
Abel Pintos es afinado, serio, respetuoso de las letras y las melodías, y siempre se tiene la sensación de que cree en lo que canta.
Abel Pintos (voz, guitarra). Con A. Pintos (guitarras, voz), M. Predacino (guitarras, charango, coros), A. Hernández (teclados, coros), N. Córdoba (bajo, coros) y C. De Cicco (batería, percusión). (Teatro Opera Allianz; 27/11; continúa hasta el 7/12).

Pasaron 20 años, desde que un par de productores, con León Gieco como respaldo, "descubrieron" en Ingeniero White a Abel Pintos, nacido en Bahía Blanca, y le hicieron grabar el que sería su primer disco, "Para cantar he nacido". Pintos tenía 13 años y quería ser folklorista. Mercedes Sosa y su mentor Gieco eran sus grandes ídolos. Eran tiempos en que Soledad Pastorutti revolucionaba el negocio con esos repertorios y con un estilo cuestionado por "comercial". Entonces, con un modo de canto más ligado al de la Negra tucumana tanto que a ratos parecía un imitador-, el bonaerense se convertía, con menor repercusión, en la contracara de su colega santafesina.

Pasaron 20 años. El folklore "puro y duro" quedó en el pasado. Se dejó ver como compositor y autor de canciones. Viró su repertorio y también su estilo, aun cuando haga zambas o chacareras, hacia la balada romántica. Y se transformó en el más impresionante fenómeno de masas de los últimos tiempos en nuestro país. Ya no sorprende a nadie que dos discos suyos, publicados con un año de diferencia, incluso en sus versiones "premium" de CD + DVD, ocupen simultáneamente los primeros puestos de los rankings. O que llene con toda facilidad estadios como el Luna Park o el Único de La Plata, o que ahora termine haciendo una seguidilla de funciones en el Ópera que superará todos los récords: serán 21 cuando se cierre diciembre, pero ya empezó a programar nuevas fechas para marzo de 2016. Y, claro, el verano lo tendrá como protagonista fundamental en muchos festivales.

Siempre es complicado para el crítico encontrar explicación para este tipo de fenómenos. Lo sencillo es siempre suponer que al achatarse el lenguaje estético es más posible alcanzar la masificación; o que incursionar en géneros como la balada o el pop hace subir unos escalones en la capacidad de convocatoria en relación con otras músicas. Eso, por supuesto, pasó en Pintos. Pero no alcanza para explicarlo todo.

En estos 20 años ha aprendido mucho. Se ha sabido hacer dueño del escenario. Carga su recital de gestualidades, de palabras justas, de mohines, de expresividad actoral que parece prolijamente ensayada. Ofrece un espectáculo "más que un recital", en sus propias palabras- que compite cómodamente en las ligas mayores, con gran despliegue técnico de imágenes y puesta, y sin que para eso necesite de una banda al estilo Las Vegas. Adapta las canciones de León Gieco, Víctor Heredia u Horacio Banegas, a su modo actual. "Reversiona" otra vez en sus palabras- temas grabados en el pasado. Sonríe para una platea ampliamente femenina, con muchas jovencitas pero también con señoras maduras. Tiene como respaldo a un quinteto de músicos que cumplen sobradamente con lo profesional. Invita en cada función a un artista para compartir un tema; en la que vimos fue Fabrizio Rodríguez, pero ya pasaron Heredia, Soledad, Gieco, Marcela Morelo y Andrés Giménez, entre otros. Y, además, Abel Pintos canta muy bien: es serio, respetuoso de las letras y las melodías, es afinado y siempre se tiene la sensación de que cree en eso que canta.

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