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Regreso de Fernán Mirás al jardín de Anton Chejov
Fernán Mirás: «Daniel Veronese encontró una variable, porque se anima a modificar los clásicos, y eso es algo que admiro».
Periodista: ¿Como fue estar de gira con esta obra tan compleja?
Fernán Mirás: Estuvimos dos semanas en París, y en ciudades de España y Chile. En Francia hay mucho respeto por el teatro argentino, y no tienen inconvenientes en concurrir a un espectáculo subtitulado. Si bien lo sabía, porque se comenta entre actores y directores, es la primera vez que lo viví en carne propia. Hay directores nuestros que trabajan mucho afuera. Es el caso de Veronese, o Tolcachir, ahora en España.
P.: ¿Cómo se siente al interpretar un clásico?
F.M.: Son autores extraordinarios, donde la única barrera a pasar es la del tiempo. Ver si puedo hacerlos funcionar o no. Yo, hace años, había visto las dos obras que Veronese hizo de Chejov, y tuve la respuesta a esa inquietud que tengo con los clásicos. ¿Cómo se los trae acá, al presente? A mí ya me había gustado, como espectador, la forma como alguien podía privilegiar la situación sobre el texto.
P.: ¿Y eso se logra en esta obra?
F.M.: Primero, la tarea es del director. Él es el que transforma y logra actualizar las versiones, pero sin modernizarlas. Las mantiene en un lugar neutro, donde lo que predomina es la actuación. Los actores estamos vestidos de calle, no de época, manteniendo la esencia y los nombres originales de la obra. La sensación que tengo es que lo mismo haría hoy Chejov si fuese el autor Chejov fue uno de los dramaturgos más importantes y emblemáticos del teatro ruso, creó una nueva forma teatral desconocida, y posteriormente mal interpretada, hasta su encuentro con Stanislavsky y la compañía del Teatro del Arte de Moscú.
P.: Fueron como un equipo...
F.M.: Exacto, una especie de equipo sin habérselo propuesto. Chejov quería escribir otro tipo de teatro, más artificial, menos psicológico, y Stanislavski deseaba una actuación más realista. Y se encontraron un tanto
casualmente. Un encuentro maravilloso, el de un director cuyos actores interpretaban de la forma que él quería, y un autor que encontró un director a la altura de sus obras.
P.: Usted ya había trabajado con Veronese.
F.M.: Sí, en «La forma de las cosas», de Neil Labute, en 2009.
P.: ¿Qué destaca de él como director?
F.M.: Veronese encontró una variable, porque se anima a modificar los clásicos, y eso es algo que admiro. El hecho de ser más desprejuiciado con los materiales, pensando que éstos son «sagrados» en la tradición, Shakespeare, ONeill, etc. Y es muy difícil animarse a romperlos, aunque sea un poco. La habilidad puede estar en no ser tan solemne.
P.: ¿La versión sigue casi fielmente la línea argumental?
F.M.: Sí, es un grupo de personajes que se reúne en el campo. Yo interpreto a un escritor joven, que no tiene éxito todavía, y está enamorado de una chica que quiere ser actriz. A la vez, yo tengo una madre que es un actriz famosa, donde la relación madre-hijo es muy mala. Ella lo apaga, y él estando a su sombra no logra escribir. A
su vez ella está en pareja con un escritor famoso, y este hombre grande se enamora de la misma chica. Ahí empieza el conflicto. Son diez personajes, y a todos les ocurre algo. Hay una secuencia de amores, de unos a otros, donde a la larga ninguno es correspondido.
P.: ¿En 1896 o en la actualidad?
F.M.: El dolor de no ser aceptado y a la vez amar a otra persona es eterno. Las telenovelas han bebido mucho de allí.
P.: ¿Qué proyectos tiene para este año?
F.M.: Hasta fin de marzo sigo con esta obra. Mientras tanto, comenzaré a ensayar la obra «El hijo de puta del sombrero», dirigida por Javier Daulte, junto a Pablo Echarri y Florencia Peña. Hay una posibilidad de hacer un unitario, en televisión, no confirmada aún. Y en cine, se estrenará a mitad de año «Todo lo que necesitás es amor», donde aparezco junto con Gastón Pauls.
Entrevista de Sara Louzan


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