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Se debe mostrar la billetera: aunque no se la use, mata dudas
Un día antes la canciller alemana había tenido que desmentir los dichos de su vicecanciller y las versiones que hablaban de un plan B y de la intención de Berlín de restringir sus compromisos con la región resignándose a blindar a sus bancos. No cuesta imaginar la injerencia de Geithner -como representante oficial de los intereses de EE.UU.- en facilitar tan oportuna aclaración. Geithner citó a esa Merkel firme y decidida una y otra vez (con fluidez, ya que al hacerlo también citaba sus propias convicciones). ¿El mensaje? El compromiso «absoluto» de mantener una Europa unida. La certeza de que se cuenta con «la fuerza y la capacidad» para superar la crisis. El reconocimiento de que Europa debe convencer al mundo de que además tiene la voluntad política para lograrlo.
Tan consustanciado lució Geithner con esa prédica que no le llevó trabajo disolver el escepticismo de su entrevistador, el áspero y siempre vociferante Jim Cramer -un veterano administrador de carteras, volcado hace años, en paralelo, al periodismo de los mercados-, y lo sumó de su lado. Si de convencer al mundo se trata no está mal comenzar con Wall Street. Bajo la manga, se sabría después, obraba la carta de los «swaps» cambiarios, un remedio expeditivo para la escasez de dólares que urge a la banca europea. Los desvelos de Geithner tuvieron recompensa. En un marco de malas noticias económicas, la Bolsa subió los cinco días de la semana (lo que no ocurría desde principios de julio) y las cotizaciones treparon más del 5%.
Estabilizar Europa es la prioridad en la agenda de los EE.UU. De ahí, las millas de vuelo que las últimas dos semanas acumuló Tim Geithner. Por eso el viernes asomó en la reunión del Ecofin en Polonia, el cónclave de los ministros de finanzas de los 27 países de la Unión Europea, y tomó la batuta en las discusiones (con la impertinencia de un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo). Si en EE.UU. Geithner es un embajador entusiasta de Europa y de sus fortalezas, en Europa su rol público es incisivo (por añadidura, cabe imaginar lo que serán sus planteos reservados). Y en Polonia fue al choque deliberado. Geithner dejó constancias de sus recomendaciones -reproducidas en detalle por la prensa- como quien hoy se ocupa de la siembra, y cosechará más adelante. No le importaron los rechazos ni los enojos, ambos, previsibles. Después de todo, en esta crisis fatigosa, Europa no tomó medida relevante que antes no haya jurado y perjurado que nunca iba a considerar.
Europa es el problema. Y Geithner tiene (o cree tener) la solución. Claro que la Guerra Fría terminó. La Unión Soviética ya no existe. Moscú no apunta sus misiles sobre Berlín. Y EE.UU. ya no se ocupa de la defensa de Alemania. Su influencia mermó. EE.UU. y Europa, aguijoneados por la misma crisis, ensayaron enfoques distintos. Se acepta. Es la esfera de sus respectivas atribuciones. Y no el eje de la discusión. El sarpullido europeísta que ataca a Geithner tiene que ver con las consecuencias que su crisis ya derrama sobre los EE.UU. Y el riesgo en ascenso de que irrumpa un coletazo virulento. Otro Lehman es improbable, pero no imposible. Una doble recesión en Europa no augura nada bueno.
Si Geithner no estuviera preocupado, no hubiese gastado el viernes en Polonia. La propia política económica de Washington está condicionada por esta incertidumbre (y la realidad paralela de un nivel de actividad cuasi estancado). Ben Bernanke en Jackson Hole le asignó más peso a que se despejaran las tribulaciones de Europa que a lo que pudiera hacer la política monetaria. Y cuando la Fed se reúna esta semana, a la hora de tomar una decisión, será imposible obviar una cuestión sencilla: todo lo que se haga será en balde si, a los pocos días, Europa se empeña en otro descarrilamiento. Y una rebaja de la calificación crediticia italiana está al caer.
La Unión Europea, en su cumbre del último 21 de julio, aprobó una plataforma operativa cuya estructura es plenamente compatible con la solución que Geithner propugna. Lo que Europa resiste es ponerla en marcha y dotarla de una masa suficiente de recursos (la idea de Geithner es que el poder de fuego debe ser tal -aunque no se lo llegue a utilizar- que su mera exhibición sepulte las dudas). Así pertrechado el Fondo de Estabilidad Financiera puede replicar el rol que le cupo al Plan TARP en la capitalización de la banca. Y lo que la cumbre no contempló -que el BCE se involucrase en la compra de deuda soberana (a la manera de la Fed)- lo impuso la realidad.
El aporte de Geithner es sugerir la conveniencia de imitar la ventanilla TALF para apuntalar dichas compras (usando la garantía del Fondo de Estabilidad para apalancar la intervención del BCE). Si se amuralla la deuda de Italia y España, y se inyecta capital a la banca europea, la reestructuración griega podrá proceder sin gatillar más zozobra que la que provocó la Argentina a fines de 2001. Desde ya, si el BCE revisa el tenor de su política monetaria, o se relaja el corsé fiscal, mejor. ¿Será mucho pedir? Esto se hará de todos modos si la crisis se desmadra. Lo que está en cuestión, a lo que Geithner aspira, es que se ejecute antes de que haya colisión. Y ese es el rumbo que EE.UU. teme. De ahí, el tábano de su insistencia.


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