Sobre el dolor como aprendizaje

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«Globo flotando contra el techo de un shopping» de A. Rojas Apel. Dir.: R. Poky. Int.: I. Almus, H. Roca y V.H. Vieyra. Mús.: F. Marrale. Esc.: M. TiranIlum.: E. Sirlin. Vest.: L. Gutman. (Teatro Cervantes - Sala Luisa Vehil).

La muerte de un hijo -el duelo más difícil de superar- es un tema que suele retraer al público por su intolerable carga de dolor. Pero en esta estimulante pieza del guionista, dramaturgo y realizador Alberto Rojas Apel la pérdida da pie a un valioso proceso de aprendizaje en el que no hay lugar para el resentimiento, el egoísmo o la autocompasión. Se trata, por el contrario, de atesorar el recuerdo del ser amado convirtiendo este ejercicio en una experiencia iluminadora.

Fran se pasa las horas sentado en el pasillo de un shopping mirando el globo que su hijo perdió horas antes del accidente y que aún sigue flotando contra el techo del edificio.

Este oficinista divorciado y pudoroso, a quien la tragedia lo llevó a recomponer el conflictivo vínculo con su ex mujer, habla del incidente con una sencillez que emociona. En su relato no hay golpes bajos ni nadie a quien acusar. Es el testimonio de un alma buena que sufre y que, sin saber cómo, trata de seguir adelante mientras aprende a ser más generosa y compasiva. Esto genera en la sala un clima de grata intimidad, realzado por la sensible composición de Horacio Roca. Ante sus comentarios, buena parte del público asiente con la cabeza como si se tratara de una confesión personal.

Uno de los procedimientos más interesantes de este relato coral es haber dado voz a Eloy, el hijo fallecido, que aquí ha reencarnado en una mujer adulta (Irene Almus). Se trata de un recurso poético, más que de una creencia, y como tal funciona a la perfección ya que incorpora un punto de vista alegre, vital y pleno de comicidad. Almus entra en la piel de un escolar travieso y logra hacerlo visible a los ojos del espectador.

La historia va ganando complejidad con el testimonio de Pancho (el empleado de limpieza del shopping, encarnado con gran oficio por Víctor Hugo Vieyra). Este hace mención a una figura que no aparece en escena, pero que tiene suma importancia en la acción. Se trata de Yoel, un chico de la calle cuyo nombre está ligado al de Eloy por un anagrama. Aunque esto es sólo el comienzo, ya que ambas vidas se irán entrelazando hasta desembocar en un final casi gozoso.

Dirigida con muy buen ritmo por Román Podolsky, la pieza despliega un sin fin de emociones que tienen mucho más que ver con la vida que con el sufrimiento.

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