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Steiner y un festín de mordacidad

Le sera difícil a esos espíritus atravesar el tercer capítulo, «Los idiomas de Eros», donde el profesor comienza su investigación íntima, preguntándose: «¿con que incidencias y cadencias se masturba un sordomudo?», y donde cuenta sus intimidades sexuales en cuatro idiomas, y aquellas de las que lo ha excluido su heterosexualidad. Y, luego de haber contado mas de un chisme, concluir, «bueno la indiscreción debe tener sus límites». Claro, habrá quien lo vea esto como un aporte a la lingüística, la semántica y la semiología de los cuerpos. Acaso ese mismo tipo de lector considere que el primer capítulo (¿o librito?), «Chinoiserie», es la descripción de la obra del catedrático Joseph Needham «que buscó abarcar el repertorio casi completo del saber humano», aunque el gran Steiner lance un guiño cómplice y diga que esas páginas tienen la inspiración de las de Borges, y señalizan «los unicornios en el jardín de la razón». Y acaso podría haber mencionado que hace como Cortázar cuando ensalzaba a los «piantados».
Steiner destila inteligencia en cada línea, y, a la vez, busca escapar de «esa pedantería en la que incurría Nabokov en sus ensayos». Es que el humor, la ironía, evidencian inteligencia, más aún si permiten tratar temas fundamentales: los tabúes que imponen increíbles convenciones, la sexualidad como idioma, la envidia que es peor que «the anxiety of influence « de Bloom, la identidad judía y su riqueza escritural, los dolorosos privilegios que ofrece el exilio, la inexorable destrucción de la educación. Todo charlado de una forma arborecente que se nutre de los aportes culturales y canónicos de toda la historia humana.
Leer a Steiner es una fiesta. El chiste del olvidado escritor envidioso de Dante le permite ilustrar el motor de la creación o la heideggeriana «morada del ser». El último texto, «Petición de principio», resulta culminante, el viejo sabio de la tribu, homenaje a otro que mostró el drama humano desde el humor, Samuel Beckett. Dice: «El creyente adulto trata de estar solo con su Dios. Como yo trato de estar con Su soberana ausencia. Y ya he dicho -he dejado de decir- demasiado».


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