11 de febrero 2009 - 00:00

Steiner y un festín de mordacidad

Steiner y un festín de mordacidad
Un libro que comienza explicando que el autor va a escribir sobre los libros que pensaba escribir y no escribió, y que luego de señalar con tono melodramático que «un libro no escrito es algo más que un vacío; acompaña la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste; es una de la vidas que podíamos haber vivido, uno de los viajes que nunca emprendimos», concluye sentenciando que «es el libro que no hemos escrito el que podría habernos permitido fracasar mejor; o tal vez no», sólo puede leerse como la lección de mordacidad de un sabio erudito. Más aún, de un Master of Arts, que ha enseñado a leer y pensar el arte, la cultura y el destino del hombre. Pero, tratándose de una obra del profesor Steiner, muchos se lanzaran a leerlo como si se tratara de un tratado teológico.
Le sera difícil a esos espíritus atravesar el tercer capítulo, «Los idiomas de Eros», donde el profesor comienza su investigación íntima, preguntándose: «¿con que incidencias y cadencias se masturba un sordomudo?», y donde cuenta sus intimidades sexuales en cuatro idiomas, y aquellas de las que lo ha excluido su heterosexualidad. Y, luego de haber contado mas de un chisme, concluir, «bueno la indiscreción debe tener sus límites». Claro, habrá quien lo vea esto como un aporte a la lingüística, la semántica y la semiología de los cuerpos. Acaso ese mismo tipo de lector considere que el primer capítulo (¿o librito?), «Chinoiserie», es la descripción de la obra del catedrático Joseph Needham «que buscó abarcar el repertorio casi completo del saber humano», aunque el gran Steiner lance un guiño cómplice y diga que esas páginas tienen la inspiración de las de Borges, y señalizan «los unicornios en el jardín de la razón». Y acaso podría haber mencionado que hace como Cortázar cuando ensalzaba a los «piantados».
Steiner destila inteligencia en cada línea, y, a la vez, busca escapar de «esa pedantería en la que incurría Nabokov en sus ensayos». Es que el humor, la ironía, evidencian inteligencia, más aún si permiten tratar temas fundamentales: los tabúes que imponen increíbles convenciones, la sexualidad como idioma, la envidia que es peor que «the anxiety of influence « de Bloom, la identidad judía y su riqueza escritural, los dolorosos privilegios que ofrece el exilio, la inexorable destrucción de la educación. Todo charlado de una forma arborecente que se nutre de los aportes culturales y canónicos de toda la historia humana.
Leer a Steiner es una fiesta. El chiste del olvidado escritor envidioso de Dante le permite ilustrar el motor de la creación o la heideggeriana «morada del ser». El último texto, «Petición de principio», resulta culminante, el viejo sabio de la tribu, homenaje a otro que mostró el drama humano desde el humor, Samuel Beckett. Dice: «El creyente adulto trata de estar solo con su Dios. Como yo trato de estar con Su soberana ausencia. Y ya he dicho -he dejado de decir- demasiado».

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