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Un compromiso difícil pero posible
«Tenemos claramente un objetivo común (entre Bruselas y Francia): relanzar la economía europea para generar un crecimiento sostenible y una base sólida y crear nuevos empleos», comentaba en la noche del domingo el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, al felicitar a Hollande.
Bruselas también acepta que solamente con impopulares políticas de ajuste en socios como Grecia, Irlanda o Portugal, rescatados por la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), o con duros ajustes en España para reducir su elevado déficit fiscal no se conseguirá crear empleo y riqueza a corto y a mediano plazo.
De la ortodoxia del ajuste, promovido por la canciller alemana, Angela Merkel, con el apoyo del presidente francés saliente, Nicolas Sarkozy, y bendecida por el comisario de Asuntos Económicos de la UE, Olli Rehn, Europa podría pasar a una fórmula híbrida, a un «mixto» de ambas, o a una amalgama forzada.
A tenor de su programa electoral, Hollande no piensa desmantelar las políticas de austeridad ni eliminar, en principio, la «regla de oro» del equilibrio presupuestario, grabado a fuego en el flamante tratado de disciplina fiscal, firmado sin Londres ni Praga.
Sí apuesta por una fórmula más flexible, menos onerosa para las espaldas de los ciudadanos europeos.
¿Pero, cómo combinar ajustes y crecimiento? Merkel y Hollande tienen visiones distintas. Para Merkel, la estrategia de salida de la crisis pasa por una mayor competitividad mediante reformas estructurales, más apertura del mercado interior de la UE, eliminación de obstáculos burocráticos y mayor acceso al crédito, entre otros elementos.
Hollande, que ha sido un ariete ideológico contra la austeridad «a la alemana», no ha concretado con claridad cómo piensa poner en práctica su política combinada de austeridad y crecimiento. Sí ha dado a entender que piensa, entre otras medidas, favorecer grandes proyectos de creación de infraestructura o la introducción de una tasa a las transacciones financieras, un punto de divergencia entre París y Berlín. Lo que más preocupa en Bruselas es cómo piensa financiar Hollande su proyecto bicéfalo. Apoya, al igual que Barroso, la emisión de eurobonos (o deuda pública europea común), a lo que se opone Merkel. El verdadero pavor en los pasillos del edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea, es que las promesas del presidente electo se traduzcan en mayor deuda pública, las palabras vetadas en Europa.
Agencia DPA


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