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Un “patio” de los 40, solo para nostálgicos
Susana Rinaldi tiene una participación breve, pero estupenda, en la puesta que exhuma «El patio de la Morocha», donde lo mejor es la actuación de Roberto Carnaghi y la dirección musical y los arreglos de Juan Carlos Cuacci.
Poner en escena una pieza estrenada hace alrededor de 70 años no es una cosa sencilla. Sea porque no siempre los contenidos, el guión, la trama, pueden trasladarse cómodamente en un mundo en movimiento, o porque lo que antes era drama ahora puede mover a una sonrisa tierna, o porque la lectura del pasado se acerca más a una curiosidad antropológico-cultural más que al mero goce de una propuesta estética. En buena medida, eso es lo que padece este «Patio de la Morocha» que, en los años 40, concibió Cátulo Castillo con músicas de Aníbal Troilo.
Pero mientras los tangos han superado cómodamente el paso de los años, la historia de aquella «Morocha» sometida a la decisión de un padre déspota -aquí, magistralmente interpretado por Roberto Carnaghi-, casada a la fuerza con un candidato odiado por la chica pero buen aportante a una corriente política, alejada de su hombre amado, viuda joven, madre ya vencida y luego reivindicada con un final feliz muy de otros tiempos, está muy lejos de la mirada actual.
Con esa consideración inicial, puede resultar en cualquier caso agradable -con curiosidad casi científica- encontrarse con esa mirada sobre el mundo en la Buenos Aires de unas cuantas décadas atrás. Y vamos entonces a la puesta.
Susana Rinaldi, en el papel de «La memoria» (en el original el personaje era «El recuerdo»), tiene unas pocas participaciones, pero es monumental en sus versiones de «Barrio de tango» y «Una canción», mientras su «Patio de la Morocha» de Mores y Castillo, no incluido en la pieza original, es sólo un fin de fiesta amable. Ya hablamos del lugar destacado de Carnaghi como el muy desagradable Renuncio Verdiales. Y es también muy lucido el trabajo de la actriz Laura Bove en el papel de su mujer, la italiana Rosa. Es simpático lo que hace Julio López y son prolijos los desempeños de Silvina Bosco, Carlo Argento, César Bordón, Roberto Vallejos, Verónica Piagio y Juan Vitali.
Más flojos y con algo de superficialidad, tanto en sus labores como cantantes cuanto como actores, son los protagónicos de Roxana Fontán (la «Morocha» Argentina Verdiales) y Miguel Habud (su novio Martín Luna).
En cambio, es muy bueno el trabajo de dirección musical y arreglos de Juan Carlos Cuacci, al frente de un grupo joven y profesional, que prefirió trabajar sobre un sonido posterior al de los tiempos de la creación de la obra.
Claudio Gallardou, desde la dirección general y sobre una adaptación de Elio Marchi, planteó una puesta sencilla, apelando a los pocos recursos técnicos y escenográficos con los que contaba; y no siempre logró mantener el mismo ritmo teatral que una pieza como ésta hubiera requerido. Sumó algunos números musicales y hasta incluyó un par de piezas nuevas: «Soy memoria» y «El patio de los dos», escritas por Cuacci y Marchi.
Inconvenientes
En el aspecto extrateatral, el lugar en que está emplazada la carpa donde se está presentando esta obra, no es de fácil acceso para quienes no son vecinos de la zona, sobre todo considerando que la mayoría del público es gente mayor. A unos 300 metros de la Capital, detrás de un enorme supermercado, en una zona oscura y poco señalizada, sólo parece recomendable acceder en automóvil y con plano previo; los peatones, la tienen aún más complicada.
Más allá de lo pintoresco de hacerlo en una carpa, para rememorar el más antiguo circo criollo, genera problemas respecto de la comodidad para ver y sobre todo para escuchar. Muchas veces cuesta entender lo que dicen algunos actores por problemas de dicción y de calidad técnica, pero además, el permanente tráfico aéreo que pasa hacia Aeroparque a pocos metros de altura complica un poco más las cosas. Los bailarines y actores deberían pensar mucho antes de decidir hacerse un tatuaje, especialmente si está en un lugar muy visible y si quieren representar papeles de diferentes tiempos. En este caso, por ejemplo, cuesta creerse a una prostituta ybailarina de los años 40 con un llamativo dibujo grabado en su pantorrilla.


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