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Un suplicio dentro y fuera de la pantalla
La historia de un hombre cuyo brazo quedó atrapado durante 127 horas con consecuencias atroces está contada de manera superficial y monocorde por el cada vez más hollywoodense Danny Boyle.
Deambulando por un cañón en Utah, un tipo no muy inteligente termina con un brazo atrapado por una roca gigante, sin posibilidades de recibir ayuda ni con otros medios de supervivencia que un poco de agua, algunas herramientas de trekking y una cámara. La experiencia agónica que dura lo que señala el título, es la clase de asunto que la crítica ortodoxa suele llamar «una lección de vida» y otras cosas por el estilo.
Pero la verdad, esta historia verídica carece de un personaje realmente interesante -para colmo es el protagonista absoluto-, más allá de su horrible accidente y sus desesperados esfuerzos por sobrevivir. Un verdadero problema, dado que el auténtico interés que podría tener este relato sería algún tipo de conflicto de orden existencial.
Danny Boyle, el director de «Trainspotting», «La playa» y «Exterminio», empezó a exhibir una veta menos cínica y más típicamente hollywoodense en su premiada «Slumdog millionaire». Y la vuelve a mostrar de manera más desvergonzada en este monocorde drama supuestamente inspirador, tan bien filmado como poco sustancioso, empezando por un prólogo de 16 minutos que no aporta nada muy importante, salvo estirar la película para que dure como un largometraje (al menos es entretenido, agrega dos personajes femeninos y recuerda los problemas del turismo alternativo narrados en «La playa»). La duración de una hora y media se logra gracias a las permanentes y obvias alucinaciones del accidentado. James Franco (el amigo malo de «Spiderman») sostiene con solidez un papel que sin dudas es un tour de force, y las imágenes paisajísticas o delirios introspectivos, utilizando intensivamente los increíbles paisajes donde transcurre la historia, armadas con un montaje vertiginoso, se las arreglan para volver soportable el tedio de este mal trago, horrible en la vida real y bastante poco alentador si se lo ve desde la butaca de un cine.
Hay unos 10 minutos previsiblemente intensos, sangrientos y realmente dramáticos hacia el final de las 127 horas que por suerte no pasan de la hora y media de proyección. Porque, si se lo piensa bien, ¿de verdad alguien tiene ganas de pagar una entrada al cine para ver a un pobre tipo con el brazo atrapado por una roca, bebiendo su propia orina y lamentándose de no haber atendido el último llamado de su mamá? Si así fuera, entonces por qué no pedir una miniserie que cuente el suplicio en tiempo real, a lo largo de literales 127 horas. Es solo una ironía, pero en medio de tanto esnobismo perfectamente podría volverse realidad.
D.C.


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