El éxito de su novela "La elegancia del erizo" dejó desconcertada (y millonaria) a la francesa profesora de filosofía Muriel Barbery, nacida en Marruecos en 1969. En su primera novela "Una gourmandise" (que se tradujo al español como "Una golosina") contaba la proustiana historia de un crítico de cocina moribundo que trataba de descubrir el sabor que le había dado felicidad en la infancia, libro que tuvo su suceso de estima y un Premio de Literatura Gourmet. Repercusión modesta, pero nada mal para empezar.
La editorial Gallimard decidió arriesgarse y publicar 30.000 ejemplares de la segunda novela de Barbery "La elegancia del erizo". Paloma, una especie de Malfalda cineasta de 12 años que, rechazando el mundo de los adultos, ha decidido suicidarse cuando cumpla 13. Pero de pronto se conecta con la portera del edificio, una mujer hosca y primitiva, y descubre que es un erizo que no pincha, que se interesa por la filosofía, las novelas de Tolstoi y Dostoievski, y se pasa escuchando obras de Mahler. Descubre en esa viuda, en ese bicho, en esa mujer encerrada en sí misma, la elegancia que esconde un erizo en su soledad. El libro en poco tiempo vendió dos millones de ejemplares, se tradujo a 30 lenguas, se llevó al cine. Hoy debe de andar en los siete millones de ejemplares vendidos en el mundo.
Volverse best seller sorprendió a Barbery. Necesitó de casi una década para volver a las andadas, es decir a las librerías. Con prepotencia filosófica se dijo: "ahora puedo escribir lo que se me da la gana". Y es lo que hizo con "La vida de los elfos", una novela curiosa, extraña, vanguardista, alambicada, hasta cierto punto inclasificable. Hace entrar al lector en un mundo mágico, lo vuelve a la niñez. Pero no es para niños, se aburrirían con su lenguaje; es para adultos que elijan degustar el placer de los fraseos poéticos. Tiene algo del género fantasía heroica, y acaso la guerra que pronostica (y que Barbery relatará en una segunda parte) aparezca alguna vez en un comic. Se la puede relacionar con los mundos de Tolkien, de C. S. Lewis, del Harry Potter, aunque aquí hay dos maguitas que de a poco saben que lo son. Tiene un poco de todo eso dosificado como un sueño.
Dos bebas aparecen en remotos pueblito campesinos, María en uno de Francia y Clara en uno de Italia. Los que rodean a la huérfana María descubren que desde que está ella el lugar está más bello, son mejores las cosechas, hay más alegría. No saben que ella habla con los animales y escucha cantar a los árboles. Cuando el cura del pueblo descubre que Clara se sentaba al piano y arrobaba con melodías, que podía leer una partitura sin saber música, la llevó a Roma para que avanzara en ese don, sin saber que a través de la música ella se vinculaba con el mundo de los elfos, de los manes, de los espíritus de la naturaleza y con María, porque ellas que son sangre de elfos y humana han sido enviadas para proteger a los humanos de la guerra que se avecina, que será climática, y estará conducida por un elfo pervertido que odia a los humanos por lo que han hecho con la naturaleza. Se puede pensar en un mensaje new age, en una intención ecologista, que a partir de ideas de K. Jung instala en misterios ancestrales. Remite a las apacibles y bellas novelas de Jean Giono. Es un libro desafiante, que algunos amarán y recomendaran, y otros descartarán por alambicado, degustarlo en una librería permite saber de qué lado se está.
| Máximo Soto |



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