16 de febrero 2011 - 00:00

Urbanyi: “Vivo en la noria de la nostalgia”

A los 7 años, Pablo Urbanyi llegó a Buenos Aires huyendo de la invasión nazi al pueblo húngaro donde nació, y en los 70 debió dejar Buenos Aires para refugiarse en Canadá, donde todavía vive.
A los 7 años, Pablo Urbanyi llegó a Buenos Aires huyendo de la invasión nazi al pueblo húngaro donde nació, y en los 70 debió dejar Buenos Aires para refugiarse en Canadá, donde todavía vive.
Hace cinco años, Fénix, un personaje idéntico a él, le permitió a Pablo Urbanyi revivir en su novela número once, «El zoológico de Dios», el recorrido que lo llevó a los siete años, en forzada huida por la invasión del ejército de Hitler. de Ipolyság, el pueblo húngaro donde nació, a Buenos Aires. Partió de buscar mostrar los motivos del exilio y la dura búsqueda de integrarse a una nueva tierra, donde Fénix descubre el amor, el erotismo, otro lenguaje y otras costumbres. Ahora acaba de aparecer «El zoológico de Dios II», editada por Catálogos, donde al continuar aquella historia hace que se convierta en la saga de Fénix, y la desgarradora parábola de tener que afrontar un nuevo exilio, que esta vez lo llevará a Canadá. Sobre la saga «El zoológico de Dios» y la reaparición, en una nueva versión, de «Un revólver para Mack», la novela policial que en los años 70 lo destacó en la narrativa argentina, dialogamos telefónicamente con Urbanyi desde su residencia de Ottawa.

Periodista: ¿Cuál es la idea que lo impulsó a escribir la saga «El Zoológico de Dios»?

Pablo Urbanyi: Más que de una idea, debería hablar de una yuxtaposición de ideas que fueron surgiendo en mis visitas a mi pequeña ciudad natal, que se encontraba en territorio húngaro cuando nací, para volver a ser de Checoslovaquia después de la guerra. Mi primera visita fue en el 1983 cuando yo ya vivía en Canadá. Y si bien fue en noviembre, era un día nublado y frío. Un frío que sentí intensificado por el miedo que me había quedado de la época de la guerra. Con ese miedo llegué y atravesé la pequeña ciudad. No tuve posibilidad de una emoción profunda porque para eso se necesita que se te dilate el pecho y el mío estaba contraído por el miedo. Sin embargo, me asombré de cómo a medida que avanzaba por las calles con un auto alquilado en Budapest, los recuerdos iban surgiendo como si se levantaran del asfalto, las veredas o se descolgaran de las paredes.

P.: A pesar de haber vivido allí apenas hasta los siete años ¿pudo reconocer lugares?

P.U.: Tuve una exactitud sorprendente en la orientación, en las calles que me llevaban a la casa de mi prima en donde encontraría el tesoro que según mi madre, le había dejado a su hermana. Nunca encontré el tesoro, si es que existió, o mi prima me lo negó, pero encontré dos cosas: la comisaría donde por mandato del partido Comunista tuve que declarar mi presencia y los días que pasaría en la casa de mi prima; y el encuentro con mi primo, un gigante, quien luego de abrazarme, besarme y dejarme en el suelo, me preguntó: «¿Vamos al cementerio?». Y allí, entre las tumbas, surgieron las primeras emociones cuando lo escuchaba: «Aquí descansa tu abuelo, aquí tu primo tal, aquí...». Dos o tres visitas más a la ciudad durante otras estaciones, ya sin los comunistas, terminaron por surgir casi todos los recuerdos con sus emociones (la guerra, los alemanes, el pogrom, los rusos) y surgió la idea que disparó el primer libro de la saga «El zoológico de Dios», y el llamado de alguna parte, la imperiosa necesidad de escribirlo rellenando lo huecos que me negaba la memoria.

P: En «El zoológico de Dios II», el personaje luego de vivir en la Argentina se va hacia el norte de América. ¿Es el viaje la idea central?

P.U.: De allí el carácter de saga: después del impulso inicial, la idea motora es el viaje, pero creo que merece aclararse que a ese viaje lo acompaña un crecimiento, una evolución del personaje, su iniciación sexual, sus otros amores, el descubrimiento de sí mismo y no el «encuentro de sí mismo» que es una mentira. Uno se va formando dolorosamente y no encontrándose alegremente ya hecho y derecho. Está la elección de un destino, la lucha por cosas tan simples como la supervivencia. Y algo más, de lo que no se habla casi nunca en la novela pero que siempre está presente, el «ser juguete del viento». En una recepción que le dieron en la Universidad de Ottawa a Czeslaw Milosz, después de una lectura, recordó sus poemas críticos sobre Estados Unidos y habló no muy favorablemente sobre la universidad en que estaba residiendo y en la que enseñaba. Eso me sorprendió. Pensaba que un Premio Nobel tenía muchas posibilidades de elección. Si era así le pregunté por qué entonces eligió vivir en los Estados Unidos. Sus dientes rechinaron: «¿Acaso uno puede elegir el lugar en el que va a vivir?».

P: El personaje Fénix, ¿es su alter ego?

P.U.: Diría que no pero tampoco puede dejar de serlo. Temo que ningún escritor pueda tener la conciencia absoluta por donde se le escapa el «yo» e impedir que se le deslice por alguna parte. Según Witold Gombrowicz, cada palabra del escritor traslada al papel esa parte de su «yo». Es probable que tenga razón. A pesar de haberlo aprendido y luego enseñado, la famosa e importante diferencia entre autor y narrador, demasiadas veces noto en lecturas y en mí mismo que no es tanta. Para darle un ejemplo: si como autor tuve alguna vez el deseo de matar, es posible que como narrador describa mejor los pensamientos de un asesino.

P: ¿Habrá nuevos tomos de su saga?

P.U.: Con uno más -Borges se conformaba con una página- que me haga inmortal sería más que suficiente. Fuera de broma, el escritor propone y Dios o el destino dispone.

P: ¿Qué significa la saga dentro del conjunto de su obra literaria?

P.U.: No lo sé exactamente pero con toda mi alma me gustaría que fuera un camino sereno hacia el ocaso.

P: ¿Por qué ha pasado, libro a libro, por diversos géneros literarios?

P.U.: Aunque no muy al pie de la letra, mis dos primeros libros siguieron un poco lo que era moda. «Noche de revolucionarios» fue literatura comprometida, excepto el cuento que da título al libro, donde apareció mi vena irónico-satírica. Luego «Un revólver para Mack», policial que por su humor se desvió de lo que fue la intención original. En cuanto a otros géneros, incluso los con rasgos de ciencia-ficción como «2058, en la Corte de Eutopía», surgen de acuerdo a las exigencias del tema. En algunos, por ejemplo en «Silver», hay una irónica reunión de diversos géneros.

P: ¿Qué ha significado para usted «Un revólver para Mack» que reescribió y se acaba de reeditar?

P.U.: Me permitió reconciliarme conmigo mismo ya que lo escribí y lo terminé cuando la Triple A secuestraba y mataba. Hubo autocensura de escenas y acciones del personaje que ahora reescribí con libertad. Como fue mi primera novela, cuando se iba a publicar en francés, quince años más tarde, me di cuenta de que algo había aprendido en esos años. Ahora su lectura se ha hecho más fluida, más precisa. Me permitió profundizar la triste ironía y ese humor que Juan Sasturain, un buen conocedor de novelas policiales, definió como incomparable.

P: ¿Por qué no volvió a escribir una novela policial?

P.U.: Intenté, y no pasé de dos o tres cuentos, uno sin terminar. Tal vez como Sándor Márai que escribió una sola novela policial que terminó a edad muy avanzada, así ocurrirá con mi libro de cuentos policiales.

P: ¿Qué le significa como autor estar viviendo en Canadá?

P.U.: Primero, cuando trabajaba en «La Opinión», Canadá fue un refugio frente a una posible desaparición y, según un dicho húngaro, pasar a oler las violetas desde abajo. Luego un temor de no poder escribir más, que se convirtió en una lucha para encontrar al público imaginario y real que perdí. Después de escribir y publicar varios libros, tanto en castellano como en inglés y francés, a medida que pasaron los años, creció una sombra de nostalgia y una necesidad de regreso, cosa que hago lo más frecuentemente posible, como lo hacía Cortázar, para recargar pilas, reencontrar viejos amigos, y tomarme duchas de la polución de Buenos Aires. Ahora, cada vez que me voy, mis hijos, mis nietos, tiernas anclas, me obligan a volver. Así es como vivo en la noria de la nostalgia.

Entrevista de Máximo Soto

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