8 de junio 2009 - 00:00

Venecia 09: el arte de separar la hojarasca e ir a la sustancia

«El coleccionista». Una muestra de Dinamarca y los Países Nórdicos que se exhibe en dos pabellones de los Jardines y que ha llamado la atención por la dramática presencia del calco de un cadáver y de unos performáticos desnudos.
«El coleccionista». Una muestra de Dinamarca y los Países Nórdicos que se exhibe en dos pabellones de los Jardines y que ha llamado la atención por la dramática presencia del calco de un cadáver y de unos performáticos desnudos.
Venecia 09: el arte de separar la hojarasca e ir a la sustancia Venecia - Fundada en 1897, la Bienal de Venecia que acaba de inaugurar su 53a. edición en los Jardines, el Arsenal y los cada vez más numerosos espacios dispersos por la ciudad, vuelve a demostrar que el arte no ha perdido la capacidad de conmover y, en ocasiones, la experiencia estética puede -todavía- resultar reveladora.

Hay un arte que está más allá de los abusos del término que estas megamuestras siempre invitan a cuestionar, más que nada cuando al amparo del bello criterio teórico de apertura a todo (ya que en el estricto sentido del término todo involucra la diversidad más absoluta de épocas, tendencias y países), suele prosperar la intrascendencia y se ofrece a la vista una cantidad de obras tan abrumadora que tiende a anestesiar la sensibilidad del espectador.

Por otra parte están los golpes bajos que acechan al visitante a cada paso, y que sólo los expertos de mirada muy entrenada saben esquivar. Uno de los mejores ejemplos es la efectista y obsesiva masacre que presentan los hermanos Chapman y que se exhibe en la Punta della Dogana, en el imponente edificio que alberga desde este año una parte de la colección de Francoise Pinault. Se trata de una serie de maquetas de los horrores de la Segunda Guerra, de un holocausto de juguete y en pequeña escala que configura un extenso catálogo de aberraciones que pocos se atreven a criticar.

La obra elegida para abrir la muestra es metafórica: la cortina de las cuentas rojas y blancas que el cubano Félix González Torres, que murió de sida, ensartaba para simbolizar el recuento de sus glóbulos; como los bultos de Maurizio Cattelán esculpidos en mármol de Carrara con la forma de cadáveres envueltos en sus mortajas, que alineados frente a unas fotos de modas por el curador Giuseppe Bonomi, cumplen la función de un memento mori, de las calaveras que como advertencia de la fugacidad de la vida, pintaban en sus cuadros los artistas del barroco.

Argentinos

Tal vez no sea la mejor de las últimas bienales como afirman algunos, pero lo cierto es que presenta muchas obras dignas de destacar. Para comenzar, los argentinos que se encontraron con las dos inmensas pinturas murales realizadas en tiempo récord, que presenta Luis Felipe Noé en la librería Mondadori, descubrieron así el talento, la vitalidad y la capacidad de concentración de nuestro artista.

Como señala Sergio Baur en el texto del catálogo que editó la Cancillería Argentina, «Noé nos habla desde un lugar preciso en el mundo, con su devenir histórico, sus pasiones y rechazos, sus creencias y nostalgias», y agrega que con sus textos se acerca al concepto del «artista total».

Fabián Lebenglik, a quien la directora de asuntos culturales Gloria Bender eligió como curador responsable del envío, habla de una pintura que trata sobre el azar el caos y el devenir, y a pesar de su natural prudencia asume el riesgo de considerar a Noé el artista vivo más importante de nuestro país.

En segundo lugar, llama la atención la fantasía de otro argentino, el tucumano residente en Berlín Tomás Saraceno, que invitado por el curador general de la Bienal, Daniel Birbaum, a participar de su muestra en los Jardines, presentó una sala cruzada por filamentos negros que evocan -según el artista- la creación del universo después del Big Bang. Con similar inspiración cósmica, también Birbaum eligió una mágica instalación de la brasileña Lygia Pape para abrir el espacio secular e imponente de la Corderie. La obra, realizada con hilos de oro que cruzan el espacio como rayos de luz dorada, confirma de un modo sublime el tema de la Bienal: «Hacer un mundo».

EE.UU., el mejor

En tercer lugar, es evidente que en Estados Unidos valoran la labor teórica del argentino residente en Filadelfia Carlos Basualdo, ya que lo nombraron curador del envío. Para realizar este codiciado trabajo, Basualdo eligió la obra del consagrado artista Bruce Nauman.

«Es la primera vez que el pabellón de Estados Unidos tiene una extensión y se relaciona con el entorno veneciano. Y tuvieron que buscar un rosarino para lograrlo», observa el curador, feliz después de recibir el Premio al mejor Pabellón Nacional.

En el extenso territorio del arte internacional, hay dos exposiciones clave que tienen en común sus propuestas colectivas y multidisciplinarias: «El coleccionista», una muestra de Dinamarca y los Países Nórdicos que se exhibe en dos pabellones de los Jardines y que ha llamado la atención de la prensa por la dramática presencia del calco de un cadáver y de unos performáticos desnudos (que en esta ocasión tienen su razón de ser), y luego, en el palacio Fortuni, con una temática absolutamente diferente está «In-finitum», la continuación de «Artempo», que se inauguró hace dos años en el mismo lugar, y que incluye la obra de arte entre objetos decorativos, muebles o lo que parece ser un gabinete de ciencia. El resultado de ambas exhibiciones es la descripción de un habitat que representa una cultura, un modelo de vida, en el caso de «El coleccionista», ligado a la actualidad y al entorno de la Bienal, a su arte y a su gente, y en el caso de «In-finitum», un grupo de curadores saca partido del arte que va desde Piranesi hasta la de Anish Kapoor o Bill Viola pasando por la de Picasso, De Chirico o Giacometti, para llegar a una instalación que logra capturar el aura del cosmos infinito con una luz rosada y evanescente, con una idea simple, pero capaz de generar sensaciones extrañas.

A la levedad de esa imagen que se desmaterializa en los coloreados corpúsculos de luz, se contrapone el clima denso y opresivo que transmite la obra curada por Elmgreen & Dragset, un auténtico relato de suspenso. Los pabellones se han transformado en la casa del coleccionista donde un cartel rojo dice «For sale»; al ingresar hay un escritorio con unos textos escritos que revelan -en parte- el tema sexual que puede haber determinado la muerte del coleccionista. En el living, dos jóvenes indiferentes realizan una performance, uno de ellos está desnudo y lee, mientras los otros escuchan música y miran TV; en la pared, una fotografía en blanco y negro los muestra durmiendo sobre almohadones, rodeados de bellas obras de arte y de los muebles de firma.

Los tonos neutros y elegantes de la casa, la cocina con una colección de platos art déco alemanes de los años 30, la alfombra con su diseño constructivista, la biblioteca con sus catálogos razonados, el comedor con los platos que ostentan la imagen de «El discóbolo», hablan del refinamiento del hombre de edad intermedia cuyo cuerpo flota boca abajo, ahogado en la pileta del jardín. Hay datos sin embargo que prenuncian la tragedia, como la grieta que parte al medio la superficie de una puerta y de la mesa, los escalones destruidos de una escalera; datos, que como la colección de abejas e insectos de estilo taxonómico, se tornan reveladores al ingresar a un pequeño y siniestro cuarto oscuro con mecanismos que semejan aparatos de tortura sobre las juveniles camas marineras. Un pequeño boquete se abre hacia el jardín de la Bienal, allí hay restos de alguien que, se supone, ha tratado de escapar de ese mundo de distinción y de locura.

El catálogo del coleccionista, un almanaque con las fechas de las ferias y subastas internacionales, agrega verismo a la exhibición que reúne obras de decoradores y artistas conocidos, como Mauricio Cattelán o varios que son nuevos en el ambiente. Curiosamente, hay obras como el film del pabellón británico, que muestra la decadencia de los Jardines cuando acaba la Bienal, que -sin proponérselo, obviamente- parecieran continuar aportando información que nutre la historia de «El coleccionista», que es, sin duda, una obra poderosa.

El pabellón de Francia presenta la instalación de Claude Léveque, «Le gran soir», un artista que habla del ocaso de la Revolución con un lenguaje pulido e inteligente que sabe sacar provecho de las teorías de Foucault. En una prisión con visión panóptica y paredes y rejas de refulgente plata, el visitante descubre unas banderas que aún flamean pero han perdido el color. El efecto es bello y ominoso a la vez; el objetivo del artista está cumplido: la imagen se graba con facilidad y quedará reverberando en la mente del espectador, donde comienza la segunda vida de las obras de arte, la verdadera vida.

Con este criterio, el de la obra (o su autorretrato reflejado en el espejo) que enfrenta al espectador, Michelángelo Pistoletto colgó grandes espejos también enfrentados en una sala del Arsenal, y rompió una de las dos series con un palo. Nathalie Djurberg tiene la virtud de conquistar y además inquietar con su «Jardín del Edén», una instalación realizada con toneladas de plastilina modelada con forma de flores y pintada con todos los colores. La obra se completa con unos videos donde recrea el clima de los cuentos infantiles, con un ingrediente más que es el espanto.

España eligió este año al pintor de la década del 80 Miquel Barceló quien utiliza el pabellón de los Jardines como un museo, para presentar una cuidada y bien elegida exposición antológica. Allí están sus bellísimas «Marejadas», los mares celestes como una turquesa y los oscuros del color del barro, sus cerámicas y sus pinturas, además de un gracioso video que muestra su afán por despegarse del cliché, atacando a obra a golpes de puño y con todo su cuerpo.

En el Arsenal, el curador chileno Justo Pastor Mellado presenta la obra de Iván Navarro, una puerta con luces de neón, un abismo de espejos y una poética performance urbana que habla de la resistencia de un muchacho a cualquier tipo de encasillamiento. Luego, los artistas que participaron de la muestra del Instituto Italo Latino Americano, que acaba de despedir a su curadora, Irma Aréstizabal, fallecida hace unos días, dejaron a la vista un arte signado por la sensibilidad.

En el territorio teórico, este año se debate la crisis de estos megaeventos, y varios interrogantes giran alrededor de la última Bienal de San Pablo, curada por Ivo Mesquita, que prescindió de las obras de arte para dedicarse a pensar su destino. Por esta razón, el pabellón de Brasil, también a cargo de Mesquita, estuvo en la mira de los entendidos. Basta decir que la calidad de las obras que presentó el curador, ayudan a comprender muchas cosas, además de abrir nuevos interrogantes.

Entretanto, Yoko Ono, que fue una excepcional artista conceptual será homenajeada en estos días, acaso porque Birnbaum, como Lennon, apela a la imaginación como la herramienta más eficaz de los artistas.

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