19 de abril 2016 - 00:00

Vieja política usurpa el ansia de cambio

Brasilia - Millones de brasileños demandan una renovación de la política que, esperan, llegue con el fin del Gobierno de Dilma Rousseff, quien seguramente será sucedida por Michel Temer, un abogado casi florentino, educado en un estilo de poder tradicional, palaciego, que es más propio de la vieja que de la nueva política.

La multitud vestida con camisetas de la selección brasileña agolpada el domingo frente al Congreso, a pesar de los 30 grados de calor y la baja humedad, exigió el fin de la corrupción, la salida de la presidenta Rousseff ("Chau querida", cantaba la multitud) y cambios en la política.

"Estoy harta de estos políticos, son todos corruptos, no paran de robar, ojalá el juez (Sérgio) Moro los encierre a todos y se pudran en la cárcel", reclamó la arquitecta Teresinha Almeida.

"¿Me pregunta si creo en la democracia? Claro, y en que haya políticos más modernos, que hagan funcionar el país, o si no que se vayan", comentó.

Probablemente muchos de los que estaban en la pista sur de la Avenida Eje Monumental de Brasilia, también de amarillo, habrían dado respuestas similares a las de esa joven arquitecta.

Curiosamente, del otro lado del cantero central de la avenida, atravesado por un "muro de Berlín" tropical hecho con placas de acero, decenas de miles de brasileños simpatizantes del Gobierno también demandaban cambios en la política.

Ésa es una exigencia que brotó como un aluvión a mediados de 2013, cuando cientos de miles de brasileños tomaron las calles con una pléyade de demandas que en último análisis exigían el cambio de un sistema político obsoleto. Y resurgió en marzo de 2015 con las multitudinarias concentraciones en repudio de Rousseff, la corrupción en Petrobras y más tarde por la prisión del exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva.

¿Dónde están los signos de caducidad del sistema brasileño? En un sinfín de aspectos, entre los que sobresale la cooptación de decenas de partidos por grupos de interés que no responden a bases programáticas. Esto permite que surjan cada año nuevas formaciones como si fueran productos ofertables en la góndola de un mercado, que subastan sus bancas en el Congreso al mejor postor.

De allí que de los 25 partidos que votaron el domingo por el enjuiciamiento, sólo dos de los grandes votaron en bloque, el Partido de los Trabajadores (PT), de Dilma, y el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), del expresidente Fernando Henrique Cardoso y el senador Aécio Neves.

Posiblemente el PT, de izquierda, y el PSDB, de centro, sean los últimos partidos que responden a un mínimo programa de Gobierno asentado en bases ideológicas y con cierta disciplina y organicidad. El resto del paisaje partidario se caracteriza por el eclecticismo ideológico y el oportunismo político, de acuerdo con las prebendas recibidas ya sea de un Gobierno o de otro.

Esa característica de partido ómnibus le cabe al Partido Movimiento Democrático Brasileño del potencial presidente Michel Temer y su aliado, el titular de la Cámara baja, Eduardo Cunha.

La eficaz sociedad entre Temer y Cunha hizo posible el éxito del juzgamiento político contra Rousseff, que fue empujado por el "clamor de las calles", donde millones de ciudadanos marcharon desde marzo de 2015.

No es descabellado pronosticar que Temer llegue a la presidencia empujado por ese huracán de inconformidad deseoso de una nueva forma de hacer política. Y si Temer fuera jefe de Estado, la segunda persona en la línea sucesoria será el titular de Diputados, Eduardo Cunha.

Éste es un político temido por su agresiva forma de actuar, que además es reo en el Supremo Tribunal Federal desde el año pasado, cuando se descubrió que escondía 5 millones de dólares obtenidos posiblemente de sobornos del escándalo de Petrobras.

Por su parte, Temer, a pesar de su estilo elegante y su habilidad negociadora, fue citado al menos dos veces por procesados y condenados en la causa de corrupción en Petrobras.

Agencia ANSA

Dejá tu comentario