• LA DISPUTA CONDUJO A LA MAYOR CRISIS HUMANITARIA DEL MUNDO El país es el campo de batalla de las dos grandes potencias islámicas de Medio Oriente.
ESCALADA. Milicianos hutíes celebran la muerte del expresidente Alí Abdalá Saleh en la capital, Saná.
Yemen carece de recursos naturales y ya antes de que comenzara la actual disputa era el país más pobre de la región. Con todo, en su territorio de 527 mil km cuadrados se libra una batalla que enfrenta a las dos principales potencias del mundo islámico, Irán y Arabia Saudita, por un caldero de intereses religiosos y geopolíticos que derivó en lo que Naciones Unidas definió como el mayor drama humanitario de nuestros días.
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El presidente Alí Abdalá Saleh, asesinado ayer, había caído en 2012 al calor de las revueltas que forzaron la muerte súbita de otras dictaduras longevas, como las de Muamar al Gadafi en Libia y la de Husni Mubarak en Egipto. Pero nunca dio un paso al costado. Volvió en 2014 con una alianza inesperada con las milicias chiitas hutíes respaldadas por Teherán, tomó la capital Saná y forzó la huida de su sucesor, reconocido por la comunidad internacional y aliado de Arabia Saudita, Abdo Rabu Mansur Hadi.
Primera cuestión de fondo que se juega en la crisis: el control del estrecho de Bab el Mandeb asegura la llave de la vía por la que hasta antes de la escalada se enviaban 4 millones de barriles de petróleo diarios a Europa, Estados Unidos y Asia. La segunda es la histórica disputa entre chiitas y sunitas, muy frecuentemente violenta, cuyas grandes referencias estatales son, respectivamente, Irán y Arabia Saudita. La tercera, un realineamiento de poderes hasta hace poco impensable en la región.
El acuerdo nuclear de 2015 entre el Gobierno del moderado Hasán Rohaní y el Grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania) fortaleció a la teocracia persa, hasta entonces limitada por las sanciones económicas occidentales. Fue en ese fulgor cuando Irán se involucró de lleno en la guerra siria junto a Rusia y al rescate de su aliado tradicional, Bashar al Asad. Al día de hoy, esa intervención le depara un resonante éxito.
Yemen es, como Irak, Siria o el Líbano, un escenario del expansionismo iraní. Por eso, si los rebeldes hutíes lo toman por completo, Arabia Saudita quedaría rodeada en buena medida de vecinos leales a Teherán o influidos por él.
La reacción de la monarquía saudita fue la de intervenir el país al mando de una coalición árabe y bombardear sin freno, hasta treinta veces por día, según denuncian organismos internacionales, no sin frecuentes "daños colaterales" entre la población civil. Además, somete a Yemen a un bloqueo infranqueable que evita el ingreso de la asistencia alimentaria y medicamentos, lo que a las propias calamidades de una guerra se le sumó la epidemia del cólera que ya mató a 2.000 personas e infectó a un millón.
En otro plano, el reciente reemplazo de Barack Obama por Donald Trump amenaza con dar marcha atrás con el entendimiento nuclear y está detrás del acercamiento, hasta hace poco imposible, entre la monarquía saudita e Israel. Jared Kushner, yerno y asesor clave del republicano, afirmó que "muchos países árabes ven a Israel como un aliado mucho más que hace veinte años, debido a Irán y al Estado Islámico (EI)". Aunque Riad no reconoce a Israel como Estado e impone el wahabismo, la interpretación más radical del islam, los dos coinciden en la lucha contra la creciente influencia Teherán en la región. Es una relación que está en sus primeros pasos, pero los últimos guiños diplomáticos entre estos dos países dejaron boquiabiertos a los analistas internacionales.
Como se ve, Yemen es un campo de batalla en el que se dirimen intereses que lo exceden. Lo demuestran los 15 mil muertos de su guerra civil y sus veinte millones de habitantes en riesgo de hambruna.
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