"Al otro lado del mundo"

Espectáculos

«Al otro lado del mundo» («The Painted Veil», EE.UU., 2006; habl. en inglés). Dir.: J. Curran. Int.: N. Watts, E.
Norton, L. Schreiber, T. Jones y otros.


El llamado «cine de época» suele tropezar con un escollo frecuentemente insalvable: traducir la moral social y sexual de principios de siglo XX (como es el caso de este film, que transcurre en 1925) a la moral cinematográfica de esta época, cuyo nivel de naturalismo y verosimilitud era innecesario, o hasta impensable, noventa años atrás.

La novela «El velo pintado» de W. Somerset Maugham fue la base de un desmelenado melodrama con Greta Garbo en 1934. Allí, la «esfinge sueca» se debatía entre la lealtad a su esposo (Herbert Marshall) y la pasión por otro hombre (el siempre villano George Brent). Ella era una muchacha vienesa de buena familia, cuyo padre la forzaba a casarse con un prominente médico, amigo suyo, quien la llevaba junto con él a la remota China. Allí, descuidada por su flamante y atareado esposo, solitaria y triste, la Garbo caía en los brazos de un aventurero, hasta que el engaño era descubierto. Luego de numerosos obstáculos, y poco antes de un desenlace trágico, la mujer que había dado el mal paso reconocía finalmente su gravísimo error.

En «Al otro lado del mundo» (cuyo título original en inglés continúa siendo «El velo pintado») ocurre lo mismo, más allá de algunas pocas variaciones geográficas y de peripecias. La acción se inicia en Londres en lugar de Viena; el médico (Edward Norton) es ahora un bacteriólogo tan introvertido y pacato como su antecesor; la muchacha (sublime Naomi Watts, más seductora aun en su versión de pelo oscuro) es una pianista aficionada a Erik Satie, y el seductor en Shangai es el más cínico Liev Schreiber.

Sin embargo, el estilo seguido por John Curran (cuyo esteticismo y suntuosidad aplaudiría a rabiar James Ivory) no transige, desde su naturalismo más moderno, con las explosivas exaltaciones típicas de la soap opera de un siglo atrás. De ese modo, la parábola seguida por el personaje de Kitty (Watts), apoyada en una moral insostenible, produce el mismo efecto que resultaría de un libro que hubiese iniciado Simone de Beauvoir y terminado Miguel Cané.

La primera parte expone a Kitty como lo que era en ese enclave social: una bella y codiciada mercancía humana, sometida al intercambio entre hombres (abrumador triángulo compuesto por su padre primero, luego su marido y por último su amante). Hasta la mitad del film, todo parece encaminado hacia el feminismo. Sin embargo, el desenlaceredentor y revalorizador de su «abnegado» esposo (salvo que exista, en lo más recóndito de Kitty, una improbable incógnita sadiana) no sólo riculiza su primaria rebelión sino lo totalidad de su personaje. A veces, hace falta un poco de bolero.

Las actuaciones de Naomi Watts y Edward Norton son tan impecables como los amaneceres en Shangai y tan prolijas como ese plano aéreo sobre sombrillas chinas y uniformes británicos. Sin embargo, quien se lleva las palmas es un personaje secundario, el de Mr. Waddington (un astuto inglés aventurero, radicado en Oriente, y que parece extrapolado de alguna historia de Graham Greene), a quien encarna un actor que vuelve a ser toda una revelación: Toby Jones, el mismo que hizo de Truman Capote en «Infame», y en las antípodas de aquella caracterización, ambas igualmente admirables.

Dejá tu comentario