Alvin, Simon y Theodore, las ardillas de voz chillona, regresan
en un film medianamente entretenido.
«Alvin y las ardillas» («Alvin and the chipmunks», EE.UU., 2007; dobl. al esp.) Dir.: T. Hill. Animación y acción real. Int.: J. Lee, D. Cross, C. Richardson.
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Si en «Encantada» hay una ardilla cargosa, aquí hay tres. Y encima protagonistas. Son más simpáticas, aunque quizá no lo suficiente como para ganarse la total atención de los chicos durante una hora y media (los más pequeños podrían dar más saltos en la butaca durante los breves pasajes en los que aparece «Bob Esponja» en un televisor que miran las ardillas), ni divertir tampoco a los adultos con la batería de guiños dirigidos a ellos. Esto es, que «Alvin y las ardillas» acusa el mismo problema que buena parte del cine de animación masivo de los últimos tiempos: en el intento, con fines comerciales, de agradar a todos, termina no satisfaciendo completamente a nadie.
Para colmo, desde su nacimiento en 1958, estas ardillas (las «chipmunks») han sido menos exportables que el bourbon, y lo que para el público norteamericano adulto evocará las varias temporadas de televisión de la serie «The Alvin Show», creado por el desaparecido compositor y cantante Ross Bagdasarian, aquí sólo podrá recordar a sus parientes publicitarias locales, las chillonas ardillitas de Ginebra Llave, que martirizaron los oídos del público que hoy pasó los 50.
Tim Hill, el director de la película de Garfield, fue ahora el encargado de resucitar y reciclar, con códigos y tecnología contemporáneas, el remoto y olvidado reinado de Alvin y las otras dos «chipmunks», Simon y Theodore, en el contexto de una historia que, si bien se apoya en una obsesión sesentista, como el afán por obtener un «hit» popular para ganar fama y dinero, carece de la inocencia y, consecuentemente, de la misma gracia que tenía por entonces.
Brevemente, las ardillitas aparecen, por un accidente navideño, en el lobby de una poderosa empresa discográfica, y gracias a sus gargantas agudas y sus ritmos «twists» ayudarán a un frustrado compositor en desgracia, Dave Seville (Jason Lee), en el camino a esa fama. Del otro lado, nudo del conflicto del film, el inescrupuloso productor Ian Hawk (David Cross), ex compañero de colegio de Dave y que no ha dejado de cerrarle la puerta en las narices cada vez que le acercaba temas sin inspiración, tampoco querrá dejar pasar el negocio de lado.
Desde los tiempos de «Roger Rabbit» hasta hoy, la interacción entre animación y actores se ha desarrollado lo suficiente para beneficio de lo visual. La inspiración, en cambio, está menos sujeta a los despliegues tecnológicos.
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