Amable relato familiar con un Redford desconocido

Espectáculos

«Un amor, dos destinos» (An unfinished life, EE.UU., 2005, habl. en inglés). Dir.: L. Hallström. Guión: M. Spragg, V. Korus Spragg. Int.: R. Redford, J. López, M. Freeman, B. Gardner, J. Lucas, D. Lewis.

No vale la pena decir que Lasse Hallstrom ha hecho cosas mejores. Baste citar «Mi vida como un perro» (estrenado como «El año del arco iris»), «¿A quién ama Gilbert Grape?», o «Las reglas de la vida». Seguramente esta vez no quería superarse, ni meterse en demasiadas honduras, sino simplemente hablar de algunas cuestiones familiares mediante una historia simpática, previsible, amable, y reconfortante, y rodarla además en un lindo lugar, ajeno al estrés. Y eso es exactamente lo que hizo, y lo que el público en este caso le agradece.

Aparte, quien empuja el producto es Robert Redford, que conoce a su clientela, y que ya corre suficiente riesgo con mostrarse medio viejo y haciéndose el hombre de campo. Para colmo parece que quiso imitar a Charlton Heston, pero con la nariz y las arrugas que luce más bien queda como el hermano sueco de Lando Buzzanca. Es que le toca hacer de granjero de ascendencia nórdica, hosco, avejentado por el dolor de haber perdido un hijo de apenas 21 años en un accidente de tránsito,y resentido por sentir que la culpa es de la nuera, que quedó viva y ahora viene, como diez años más tarde, a pedirle alojamiento con una nieta desconocida y un pesado que la sigue.

Tarda el hombre en aceptar a su nuera, y perdonarle lo que tuviera que perdonar. A fin de cuentas (luego se descubrirá), él también está pagando un momento de descuido, de modo que bien puede agachar un poco la cabeza y ser más comprensivo. Intermediarios en este asunto son la nieta, que se va haciendo querer, un viejo amigo negro, y un oso. El amigo es
Morgan Freeman, otra vez en personaje de peón pacientemente comprensivo de los problemas familiares de su amigo el patrón (lo que no le impide insultar alguna vez al jefe diciéndole «inmigrante de segunda generación»). Y el oso es un oso, que fastidia y puede causar daño, pero sirve para equilibrar culpas, proponer alguna metáfora, y enriquecer la trama y el paisaje. También hay unos gatos, muy adecuadamente puestos para aflojar una escena dramática y confirmarnos que ya viene el cierre, con el momento de la sonrisa, la reconciliación general, y todo eso.

Dicho sea de paso: la historia se ambienta en las colinas de Wyoming, aunque en realidad se filmó en la Columbia Británica. La verdad, Chubut hubiera dado lo mismo. Y la nuera es
Jennifer López, trabaja bien, pero está todo el tiempo vestida.

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