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22 de agosto 2008 - 00:00

Americano tímido, con el vicio López Vázquez

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Ryan Gosling y su amor de plástico: una nueva incursión del cine en el amor intergenérico hombremuñeca.
«Lars y la chica real» («Lars and the Real Girl», EE.UU., 2007, habl. en inglés). Dir.: C. Gillespie. Guión: N. Oliver. Int.: R. Gosling, E. Mortimer, P. Schneider, P. Clarkson.

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Sobre la curiosa relación entre tipos solitarios y muñecas inflables, bien se recuerdan los notables «No es bueno que el hombre esté solo», de Pedro Olea, con el gran José Luis López Vázquez poniendo su rostro más patético ante el chantaje de una mujer que descubre su secreto, y «Tamaño natural», de García Berlanga, con alguien ideal para expresar la angustia de los degenerados, Michel Piccoli.

Treinta años después, y para el tercer puesto, Ryan Gosling encarna, dulcemente, al infeliz de turno. Sólo que su obsesión sexual es menor, porque no es, como los otros, un grandulón que se quedó sin mujer, sino, todavía, un niño grande que no se anima a salir a jugar a la calle.

Aislado en su reducto de un aislado pueblo nevado y puritano, donde predominan los rostros y nombres nórdicos (él se llama Lars Landstrom, la psicóloga Dagmar, el pastor Bock, etc., y apenas hay por ahí dos o tres peones de otras razas), un día nuestro personaje saluda al hermano mayor y la cuñada, les dice que conoció una chica en Internet, que ella vino a conocerlo y, acá viene lo más singular, que como ambos son solteros y muy religiosos, les parece mejor que ella se quede a dormir en el cuarto de huéspedes de los otros. Pasada la sorpresa, le siguen la corriente. Todavía más, piadosamente, el resto de la pequeña comunidad también le sigue la corriente. A fin de cuentas, siempre fue un buen tipo, inofensivo, uno de esos americanos estructurados, contenidos, reticentes a cualquier contacto físico, así formado en su niñez por un padre viudo muy poco expresivo, un niño grande, como ya dijimos, que elabora con un juguete su tímido paso a la madurez. No corresponde decir cómo sigue la historia, que va en tono de comedia asordinada, pero sí apuntemos que su opción natural, en ese pueblo, es una rubia sencilla, boca abierta como la muñeca (pero no por un diseño supuestamente sensual, sino porque es una boca abierta nomás, y de dientes grandes). Ella sí es real. Y todavía juega con un osito.

Craig Gillespie, canadiense, debutó con esta película, y después hizo una menor, «Mr. Woodstock», que acá se estrenó como «Enemigo en casa». El guión es de Nancy Oliver, previa autora de siete capítulos de «Six Feet Under». Y la rubia sencilla es Kelli Garner, que en «El aviador», haciendo de Faith Domergue, rajaba la tierra, mejor dicho el piso encerado y las alfombras de los grandes salones del viejo Hollywood. Buena actriz, mucho más interesante que la muñeca.

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