Pompeyo Audivert: "'Miami' no es una obra política, sino que se ocupa humorísticamente de aquella gente desvelada por el consumo".
Gracias a la televisión, el actor y director Pompeyo Audivert pudo dedicarse a la actividad teatral en forma independiente. Hace poco más de diez años, su participación en la tira «Gerente de familia» (con Arnaldo André) le dio el rédito económico necesario para instalar su propia sala-taller, «El cuervo», donde exhibe los domingos a las 19 el ciclo de improvisación «Ronda de noche».
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Audivert ya no frecuenta el medio televisivo del que, según dice, se fue corriendo « naturalmente» para dedicarse de lleno a la investigación teatral: «Para trabajar en televisión hay que estar muy pendiente de lo que allí se cocina, y yo ya no tengo tiempo, ni me interesa hacerlo». Según señala el actor: «En esta suerte de crisis histórica que estamos viviendo, la televisión no contribuye a mejorar al hombre sino más bien a empeorarlo. Tal como se decía antes de la religión, hoy la televisión es el opio de los pueblos».
Audivert, quien trabajó junto a directores como Ricardo Bartís y Jorge Lavelli y a su vez dirigió piezas valiosas como «La señora Macbeth», de Griselda Gambaro, suele ser crítico de la realidad argentina, y ésa fue una de las razones por la que aceptó codirigir «Miami» junto a Andrés Mangone. Esta opera prima de Cynthia Edul subirá a escena el viernes en el teatro El Cubo (Zelaya 3053) con un elenco integrado por Luis Ziembrowski, Gabriela Izcovich, Violeta Urtizberea, Agustín Labiaguerre y Ricardo Pellizza.
En paralelo, Audivert continúa con las funciones de «Fin de partida» de Samuel Beckett en el Centro Cultural de la Cooperación junto a Lorenzo Quinteros, con quien codirigió la obra, Max Berliner y Pochi Ducasse.
Periodista: ¿De qué trata «Miami»? Pompeyo Audivert: La obra se sitúa en los '90 y retrata a la gente del «deme dos». Esa gente que empieza a viajar al exterior y quiere comerse el mundo. Es un retrato de quienes no tienen más tema de conversación que aquello que van a comprar. Hay una gran obsesión por las marcas y por sostener un ostentoso nivel de consumo
P.: ¿Es una obra política?
P.A.: Yo creo que fue muy inteligente de parte de la autora evitar todo discurso político. Ella se limitó a retratar la intimidad de una familia y eso ya es suficiente para que uno saque todas las conclusiones que quiera. La obra tiene humor y sus personajes son reconocibles. Me parece que es posible identificarse con ellos más desde lo familiar que desde lo social. No importa que la acción transcurra hace una década; la maniobra es mostrar cómo esta gente se repone de las caídas y continua viviendo como si nada hubiera pasado. De algún modo, eso está hablando también de nuestras cuestiones históricas.
P.: ¿A qué se refiere?
P.A.: A que no aprendimos nada de la crisis de 2001, la caída de De la Rúa y los cacerolazos.
P.: Y como para contrarrestar los excesosde esta familia adicta a los shoppingsde Miami, usted es uno de «los cartoneros metafísicos del fin del mundo», en «Fin de partida».
P.A.: Sí, disfruto mucho de este trabajoque codirigí con Lorenzo Quinteros. Pero quiero aclarar que no caigo en el esquematismo de suponer que el bien está en la pobreza y el mal está en la riqueza. Sí creo que hay más intensidad humana en donde hay sufrimiento, y que hay más posibilidad de reconquistar el hombre en esos mundos arrasados que en los mundos anestesiados por el consumo. Lo que hoy se reproduce en el teatro de la calle, es decir en la vida, es un egoísmo feroz, donde el otro es una especie de enemigo potencial del que hay que defenderse.
P.: Usted tuvo éxito interpretando a un psicópata en la miniserie «Zona de riesgo» ¿Es cierto que para salvarse del servicio militar también se había hecho pasar por loco?
P.A.: Sí. Mi padre y mi abuelo eran artistas plásticos; mi madre, poeta y escritora, y yo estudiaba expresión corporal y también teatro con Alejandra Boero. Iba a ser desertor, pero un día antes del examen médico un amigo me recomendó a una psicóloga para que me explicase como hacer de maníaco depresivo: «Vos tenés que decir que te gusta a estar a oscuras en tu habitación, que tu mente está siempre en blanco y, además, tenés que mirar siempre al suelo». Creo que exageré bastante... hasta me puse a llorar de la angustia que me provocaba la situación, cosa que me vino al pelo. Al final, se me acercó una chica muy linda, de guardapolvo blanco, a decirme que no estaba en condiciones de hacer el servicio y que, por mi bien, debía iniciar algún tipo de tratamiento psicológico.
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