«Be with me» reúne tres historias de amor calmas e intensas, relacionadas con la fascinación,
la frustración y la redención.
«Be with me» (Tailandia, 2005, habl. en cantonés, mandarín e inglés). Dir.: E. Khoo. Guión: E. Khoo, K.H. Wong; Int.: T. Chan, S.K. Yew, Ch.S. Ching, E. Lee, S. Tan, L. Yong.
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Premio especial del jurado en Mar del Plata 2006, mismo premio en Tokio, y otros galardones en diversos países, ésta es la primera película tailandesa que se estrena comercialmente en Argentina. Sin ostentaciones y con artistas desconocidos, es probable que pase sin pena ni gloria, pero los pocos que la vean sabrán recordarla.
Se trata de un agridulce relato sentimental, muy calmo e intenso, que combina tres historias de amor, curiosamente relacionadas con la fascinación, la frustración, y la redención. La historia más convencional resume los momentos de comunicación y distancia entre dos chicas de la secundaria, con sus alegrías y vaivenes, marcados por la desazón que a una de ellas le provoca en cierto momento el sentirse desplazada de su pequeño paraíso. Otra historia, más singular, describe la admiración y la ternura que un empleado de seguridad tiene hacia una joven que trabaja en un puesto de oficina. Ella es linda, elegante, bien preparada, y él es un gordo impresentable, aunque seguramente querible, que encima, por soñador, pierde el trabajo. ¿Descenderá ella hacia él? Pobre gordo. Pero si uno cree que ésta es una historia de frustraciones, que vea la tercera y principal, donde hay una persona que podría sentirse desgraciada de veras, y sin embargo es un ejemplo de vida. Theresa Chan, se llama el personaje, y también la actriz, porque se está interpretando a sí misma, pero no es actriz, es realmente una mujer que perdió la audición a los 10 años, y la vista a los 14, y aún así quiso seguir adelante, aprendió idiomas, patinaje, equitación, viajó por el mundo, y hoy es educadora de niños discapacitados. Aún más, es la que sugirió al director hacer esta película.
En la trama, como elemento de ficción, se relaciona con un viudo cocinero (una escena hermosa, muy delicada). Y, como semificción, la vemos escribiendo su autobiografía. No hubiera llegado a lo que es, si no hubiera sido por sus padres, y por una educadora católica, un maestro judío, y un instituto norteamericano. Tampoco la película sería, sin ella, lo que es, y no lo va a ser el espectador, después de verla. O por lo menos no se va a andar quejando por pavadas.
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