A través de la historia de una familia a lo largo de tres generaciones, «Sunshine» aspira a ser una alegoría de la Europa del siglo XX y termina siendo, felizmente, la historia de una foto íntima y fugaz.
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El húngaro István Szabó, que en su trilogía «Mefisto», «Coronel Redl» y «Hanussen» expuso las penosas contradicciones que suelen enfrentar a un individuo con su entorno, prosigue esa línea en su nuevo y luminoso film, cuyas proporciones épicas no atenúan su auténtico interés: el del destino individual sometido a la violencia de circunstancias caprichosas e incomprensibles.
La foto en cuestión retrata accidentalmente a Valerie (Jennifer Ehle), mientras se quita una pequeña astilla que se incrustó en su pie cuando corría a posar para la foto planeada. Para Valerie, la integrante de mayor sobrevida en la saga familiar, que celebró con júbilo la llegada del siglo XX como el siglo de la paz, tampoco fueron planeados el derrumbe del imperio austrohúngaro, ni la pesadilla nazi, ni la crueldad soviética. Tampoco enamorarse, casi incestuosamente, de su primo en la sangre y hermano en la ley, ni tener que renunciar al apellido Sonnenschein cuando el antisemitismo avanzaba en Europa.
Esa imagen finisecular reaparece en otras dos ocasiones a lo largo del film: primero bajo la forma de una estatua griega en un museo de Berlín, durante las Olimpíadas del '36 (donde su hijo Adam triunfa como esgrimista, no mucho antes de morir congelado en un campo de concentración), y finalmente cuando la descubre su nieto Ivan, resignado oficial del régimen comunista húngaro, que se está deshaciendo de los trastos viejos a la busca del recetario de hierbas familiar.
Amarillenta por los años, extrañamente embellecida, la foto resume el espíritu del film, y deja atrás ecos de voces y guerras, carreras y glorias, amores e infortunios. Allí está Valerie (quien, anciana, acaba de morir por esos años de dictadura y propiedad colectiva), eternizada en ese instante accidental, sorprendida en su gesto, avalando la idea de Szabó de que lo único inalienable al individuo es esa perduración de lo efímero contra la historia grande y hostil.
Actuaciones
Ralph Fiennes («Elpaciente inglés») no tiene en esta película un desafío menor, y su actuación es una vez más estupenda. En su persona cargan las tres generaciones: Ignatz, el abogado que se casa con Valerie pero que rompe con la ley en muchos sentidos, renunciando a la exogamia y al apellido; Adam, su hijo, el atleta que no quiso emigrar a América y que descreyó de las voces que le advirtieron sobre la nueva barbarie que se instalaba en Europa; e Iván, el apesadumbrado burócrata de los soviéticos, que sólo al final se aproxima a la redención.
Otro de los aciertos de elenco es el de haber convocado a madre e hija en la vida real, Rosemary Harris y Jennifer Ehle, para las dos etapas en la vida de Valerie. No sólo son refinadas actrices, sino que su parecido y la suavidad de sus rasgos evitan los artificios de cualquier maquillaje. En sus breves partes, William Hurt y Rüdiger Vogler (actor habitual de los films de Wim Wenders) hacen sentir su presencia. Con su vasto aliento, sus siempre placenteras tres horas de duración, « Sunshine» tiene también una magnífica banda sonora, que firma Maurice Jarre aunque sin los agradecimientos suficientes a la «Fantasía para dos pianos» de Franz Schubert.
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