«Casino
Royale» es un
eficaz
entretenimiento
con fuertes y
logradas
escenas de
acción y un 007
(Daniel Craig,
el mejor Bond
desde
Connery) más
violento y
sanguinario
que los villanos
a los que
enfrenta.
«Casino Royale» (idem, EE.UU., 2006, habl. en inglés) Dir.: M. Campbell. Int.: D. Craig, E. Green, M. Mikkelsen, J. Dench, J. Wright, G. Giannini, C. Murino.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
James Bond era un don nadie cuando apareció en la primera novela de espías de Ian Fleming, «Casino Royale». Fleming la vendió por unos pocos dólares a los productores de la serie «Climax», unitario de TV fuerte para cualquier época, que convirtió a Barry Nelson en un espía norteamericano torturado a niveles insostenibles por un Peter Lorre feliz de personificar al insensible Le Chiffre.
Los Broccoli, responsables de la saga de 007 a partir de «El satánico Dr. No», tuvieron durante medio siglo la sangre en el ojo por no poder dar con los derechos del libro que presentaba al agente con licencia para matar. Hasta tuvieron que soportar competir con la parodia homónima con tres Bonds: David Niven, Peter Sellers y Woody Allen, enfrentados por lo menos a Orson Welles y multidirigidos por gente como John Huston, Val Guers o Ken Annakin (todos muertos de vergüenza por la aventura psicodélica, que dio algunos de los mejores temas de Burt Bacharach, empezando por «The look of love»). Pasaron los años, los derechos de los bastardeados relatos de Fleming fueron comprados, vendidos, jugados al poker o vaya uno a saber qué. Y, de golpe, luego de 20 películas, el «Casino Royale» de 2006 comienza con el león de la Metro rugiendo en blanco y negro, y presentando el homicidio inicial en la carrera de un patético burócrata que no duda en traicionar a un colega con tal de ascender a «doble cero».
Un espía con licencia para matar no puede ser muy buen tipo. Tampoco sería demasiado inteligente de su parte creer que en su nueva vida habrá lugar para la confianza, la amistad o el amor. Los villanos deben ser mucho más horribles, al menos si se busca redimir al protagonista, pero esta cruda, audaz reelaboración de «Al Servicio Secreto de su Majestad» no intenta redimir a nadie. Nadie se salva en crueldad, al punto de que las lágrimas de sangre de Le Chifre (Mads Mikkelsen) parecen más sinceras que cualquier gesto de los supuestos héroes, mucho más manchados de sangre que sus enemigos.
Como éste es un entretenimiento liviano, no tiene sentido analizarlo más de la cuenta. Sólo basta decir que Daniel Craig es el mejor Bond desde Connery y que el director Martin Campbell se atrevió a concentrar la mayor tensión del film en un juego de poker. Y eso a pesar de abrir y cerrar la película con antológicas secuencias de acción tan políticamente incorrectas que dan miedo, pero ¿acaso no es eso lo nos debe provocar un hombre con licencia para matar?.
Dejá tu comentario