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12 de octubre 2007 - 00:00

Cayó Ceaucescu pero no el realismo socialista

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Eva en familia: los contenidos son libertarios pero el estilo sigue respondiendo a las formas del viejo naturalismo.
«Cómo celebré el fin del mundo» («Cum mi-am petrecut sfarsitul lumii», Rumania, 2006; habl. en rumano). Dir.: C. Mitulescu, D. Petre, I. Bechuru, J. Constantin, M. Diaconu y otros.

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El cine rumano es la más reciente atracción en los festivales clase A del mundo, y a ello se debe esta seguidilla inusual de estrenos de películas de ese origen en Buenos Aires: primero fue «La noche del señor Lazarescu», luego «Bucarest 12:08», dentro de poco la ganadora de Cannes de este año, «4 meses, 3 semanas y 2 días» y ahora esta «Cómo celebré el fin del mundo».

La moda, desde luego, no favorece al cine argentino en el mundo, ya que ahora la mirada de los programadores cambió de punto cardinal aunque no tanto de espíritu: en su mayor parte, son films de escaso presupuesto, naturalistas, ligados a la crisis social y política del fin de una dictadura. Es decir, un cine bastante parecido al que se cultivó en la Argentina de los 80, luego sustituido por un minimalismo bostezante que ya también entró en crisis hace tiempo.

El fin del mundo al que alude el título del film que se conoce ahora se refiere a la caída del régimen del dictador Ceaucescu, episodio capital en la historia rumana que fue más ingeniosamente tratado en «Bucarest 12:08».

La mirada actual se apoya en la cotidianeidad de una familia pobre, donde destacan narrativamente los hijos: Eva, 17 años, rebelde por naturaleza, y su pequeño hermano Lalalilu, 10 años menor, quien en algún tiempo « complotará» con otros dos amiguitos para matar al tirano.

Las desventuras de Eva son menos magnicidas, aunque no en lo simbólico: con su primer novio Alex rompen, accidentalmente, un busto de Ceaucescu, lo que para ella representará la expulsión del colegio y su desplazamiento a otra institución, donde conoce a Andrei, hijo de disidentes. Lo que sostiene a Eva, sin embargo, es lo mismo que sostenía a los alemanes del Este: para ella, atravesar alguna vez el Danubio será haber pasado al otro lado del Muro.

«Cómo celebré el fin del mundo» se ve con agrado, y hasta se le disculpan algunos lugares comunes. Pero no mucho más. Y también deja una reflexión inquietante sobre los contrastes entre estilos de cine hechos sin censura o bajo presión política. Más allá de sus contenidos libertarios, la manera de narrar de esta película responde a ese realismo socialista del régimen caído (es decir, sería aprobada formalmente por Ceaucescu), y resulta mucho más débil que, por tomar un ejemplo, la búlgara «Cuerno de cabra», que se filmó hace 30 años bajo el reinado soviético, pero cuya fuerza física y metafórica todavía se recuerda.

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