Pepe Cibrián Campoy: «Revisando la obra me di cuenta de que yo también soy dueño de un castillo. Mi castillo es este teatro, donde debuté a los 18 años».
«A mí me fascina actuar y hasta llegué a sentir envidia de mis actores, porque desde que hicimos 'Drácula' siempre han trabajado con muchos músicos y escenografías espectaculares. En cambio, a mí me tocó actuar en lugares alternativos y con un tercio de los músicos.» Así explica Pepe Cibrián Campoy su decisión de volver a la escena con un espectáculo de despliegue.
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Se trata de «El Fantasma de Canterville», al que Cibrián considera «un espectáculo superior» dentro del vasto repertorio que creó junto al músico Angel Mahler. La reciente reposición de la obra en el Teatro Lola Membrives (con funciones de jueves a domingo) lo entusiasma: « Quisimos reestrenar la obra en una sala más grande, y como ésta es el triple de la anterior tuvimos que agregar nuevas escenografías. René Diviú creó una ambientación mágica y renovó totalmente el vestuario.»
«El Fantasma de Canterville» es la historia de amor que reivindica el mundo del arte y celebra sus valores estéticos. El espectáculo está basado muy libremente en el relato homónimo de Oscar Wilde que fue concebido como una parodia del género de terror y una burla al materialismo norteamericano. Dialogamos con Cibrián Campoy.
Periodista: ¿Es la misma versión de hace cuatro años en el Teatro del Globo?
Pepe Cibrián Campoy: Volví a tomar la obra como si fuera nueva, aunque en realidad no hubo ningún cambio sustancial. Cambiamos coreografías, algunas escenas, cosas que no me convencían del todo.
Personaje
P.: ¿Qué personaje tiene a su cargo?
P.C.: El Marqués de Canterville, el dueño de ese maravilloso castillo que luego queda en manos de una familia norteamericana. A mí nunca se me hubiera ocurrido interpretar a Drácula o al Fantasma, porque mi papel es acompañar al elenco, no ellos a mí. Además, me conviene tener un papel breve dentro de la obra, para poder dirigirla.
P.: ¿No le importó resignar protagonismo luego de haber interpretado en escena al propio Oscar Wilde?
P.C.: No soy pretencioso y tampoco salgo a sorprender al mundo. Tenía muchas ganas de participar de un gran musical y este personaje me pareció ideal porque es la esencia de esta historia. Revisando la obra me di cuenta de que yo también soy dueño de un castillo. Mi castillo es este teatro, donde debuté a los 18 años, y en el que ahora estoy rodeado de bellísimos fantasmas. Este camarín, donde usted está sentada ahora, era el que tenía mi madra, Ana María Campoy, en aquella época. También fue el camarín de doña Lola Membrives y de tantas otras figuras. Todos ellos son mis fantasmas.
P.: ¿Siempre corrige sus reposiciones?
P.C.: Sí, porque creo que todas las obras deberían evolucionar con el tiempo para no convertirse en «teatro muerto», como dice Peter Brook. Siempre hago modificaciones, salvo en «Drácula» porque la gente no me deja. Son tan fanáticos que me exigen que no modifique ni una palabra. Si hoy tengo que analizarla veo que tiene unos errores espantosos; pero, bueno, es «Drácula» y la gente quiere seguir viéndola así. No sé si algún día me atreveré a modificarla, porque se la saben de memoria. La han visto cuarenta veces ¡hasta se casan con el vals de «Drácula»!
P.: Volvamos al «Fantasma», ¿Qué destacaría de esta obra?
P.C.: Su magia. Yo tuve la habilidad que no tuvo Wilde... ¿Parezco presuntuoso? Wilde escribió este cuento para sus hijos en una noche y como era un hombre muy exquisito, un dandy, un dilettante, aprovechó este relato para hacer una crítica al mal gusto de los norteamericanos que en aquella época iban a Europa a comprar títulos nobiliarios.
Cuando Mahler me propuso adaptar este cuento sentí que era poco teatral. A la historia le faltaba algo, los fantasmas, y eso fue lo primero que incorporé. En el cuento, Canterville es un viejo que se lleva a Virginia y después la trae de regreso sin que nadie sepa qué sucedió entre ellos. Yo inventé una historia de amor con un fantasma joven y bello. Junto a él, Virginia descubre otros valores espirituales y estéticos que la alejan del materialismo y del mal gusto de su familia. Por eso elige quedarse con los fantasmas.
P.: ¿Tiene algún otro proyecto para este año?
P.C.: Sí, claro. El año pasado trabajé muy duro en el programa «Aquí no podemos hacerlo» que puso en pantalla «Canal 7». A ese casting se presentaron diez mil quinientas personas. ¡Fue agotador! Parte del elenco que seleccionamos esta aquí en «Canterville», y con el resto vamos a estrenar un musical que también se va a llamar «Aquí no podemos hacerlo» ya que retoma la historia de aquel musical que estrené en 1978. Vamos a contar la vivencia de estos jóvenes de hoy, partiendo del mismo personaje protagónico, Rodolfo, que regresa después de varios años, convertido en un director de prestigio. Pero aun así no logra que nadie lo produzca, porque aquí siguen con la misma historia de que hay que convocar figuras que además muestren el culo...
P.: Esa historia suena muy autobiográfica...
P.C.: Yo siento que en estos 30 años hay cosas que, lamentablemente, no cambiaron en la Argentina. Sigue siendo un país exitista. Todos siguen pensando que lo de afuera es mejor que lo nuestro. Y ahora es peor, porque hace años sólo tenías que mostrar el culo si querías triunfar en la revista, ahora es una exigencia para todos los géneros.
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