10 de enero 2006 - 00:00
Coleccionistas y premios, buen impulso para artistas
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Una de las obras de Juan Carlos Distéfano atesoradas por
Hugo Sigman, quien, como todo verdadero coleccionista, no
las guarda para sí ni especula con lograr beneficios.
Mecenas buscó también utilizar el genio de Horacio y de Virgilio en favor de la alabanza del Imperio recién establecido y de su primer Emperador.
En la década de 1930, Adolf Hitler hizo al revés: quitó de los museos alemanes unas 6.500 obras contemporáneas de gran valor representativas del «arte degenerado», para terminar con «la demencia artística que contamina a nuestro pueblo». Con el tiempo, el significado de los premios cambió drásticamente, para nombrar a una ofrenda, ya no a un despojo. Premiar es recompensar, y recompensares reconocer: en tal sentido,un premio o una compra a un artista, constituye una distinción, y por eso mismo es un incentivo, un estímulo. Los premios, en suma, son la otra vía del auspicio en materia de arte.
Goethe definía a los museos como «un infinito en movimiento»; Valéry, como un «extraño desorden organizado». Para el eximio poeta francés, una sala con obras de arte era igual a un recinto donde diez orquestas ejecutan música al mismo tiempo, «un sitio donde por todas partes se nos pide simultáneamente la atención más absoluta». Todo acervo artístico particular cabe también en estas metáforas, porque cada uno de ellos es, en verdad, un museo, y ya nos referimos a ellos en una nota anterior.
Raymond Nasher, quien junto a su esposa Patsy, fallecida en 1988, llegó a reunir la mejor y más vasta colección particular de escultura moderna y contemporánea (300 piezas), desplegada en los jardines y el interior de su enorme residencia de Dallas, dijo: «Las obras de arte son como amigos a quienes saludo todos los días con el mayor cariño. Cuando salen de mi casa, en préstamo para una exposición, es como si se fuera de viaje un pariente. Quien compre arte como inversión se ocupa de otra actividad», continuó. «El arte es una cuestión de amor. Es algo con lo que uno quiere convivir, algo que uno quiere mirar, tocar, mostrarle a la gente».
Hugo Sigman, coleccionista del gran escultor argentino Juan Carlos Distéfano, dijo acerca de su obra: «... nos remite a las fronteras filosóficas, históricas, sociales; al enigma del hombre que se presenta encarnado en la cotidianeidad del Ser». Giuseppe Panza di Biumo ha donado, cedido temporariamente y vendido, parte de sus obras al Museo de Arte Contemporáneo de Los Angeles y al Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York. Para él, no es coleccionista el avaro que compra obras de arte de mucho valor con el fin de guardarlas para sí solo; ni el especulador que busca lograr beneficios vendiendo sus obras al cabo de un tiempo; ni el vanidoso que pretende apropiarse de la fama de los artistas y hacer aumentar o disminuir el valor de las obras gracias al poder financiero que ostenta y con el cual llega a dominar el mercado del arte.
Un siglo y medio atrás, Honoré de Balzac vio a los coleccionistas como «las personas más apasionadas del mundo». Sin duda, la pasión es la materia prima del coleccionista: sin ella, la reunión de obras de arte por un particular sería, a lo sumo, una mera ocupación, un hobby. Pasión, conocimientos históricos y estéticos, atención a la trascendencia de cada obra, empleo del dinero según estos preceptos. Ni avaricia, ni especulación económica, ni vanidad, ni manipulación del mercado. He aquí el retrato del genuino coleccionista de nuestro tiempo, del mecenas de hoy, un pilar esencial del mundo estético. Porque como (y junto con) el artista, el crítico y el teórico, la galería y el museo, el patrocinador encamina la historia del arte y sus profundos cambios. El diccionario nos enseña que la primera acepción de «auspicio» es «vaticinio, augurio, presagio». Eso también es el arte: un vaticinio, un augurio, un presagio acerca del hombre y su circunstancia. Y eso es, igualmente, el auspicio brindado al arte de ayer y al de hoy.




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