10 de enero 2006 - 00:00

Coleccionistas y premios, buen impulso para artistas

Una de las obras de Juan Carlos Distéfano atesoradas porHugo Sigman, quien, como todo verdadero coleccionista, nolas guarda para sí ni especula con lograr beneficios.
Una de las obras de Juan Carlos Distéfano atesoradas por Hugo Sigman, quien, como todo verdadero coleccionista, no las guarda para sí ni especula con lograr beneficios.
Dos caminos centrales del patrimonio de las artes visuales son de los premios y el coleccionismo que coinciden en el reconocimiento de la cultura y la creatividad. Los certámenes que se convocan son hace tiempo una parte indisociable del proceso cultural argentino, proceso que, según es obvio, no se detiene en las fronteras del país sino que se expande hacia el mundo. El arte de la Argentina ha señalado ya, en el calendario de su avanzada evolución, la presencia de estos concursos como la de un momento esencial de balance y perspectivas. La crítica y el público, destinatario último de la creación estética, también respaldan los certámenes porque ven en ellos la certeza del impulso a las manifestaciones artísticas nacionales. Por estas razones, los concursos y sus resultados atraen el interés internacional, ya que sirven de barómetro acerca de la marcha y los logros del arte argentino en el exterior, donde es seguido y expuesto con asiduidad.

No fue ciertamente Cayo Clinio Mecenas, protector de Horacio y de Virgilio, quien inició en la historia el apoyo a los poetas y los artistas. Sin embargo, el nombre de este patricio romano, que vivió en el siglo I a.C., ha quedado y quedará como símbolo del patrocinio a los creadores. En una de sus «Odas», la XVII, Horacio señaló su agradecimiento a Mecenas, consejero y amigo del emperador Augusto, al decir: «En el caso de que tú me precedas en la muerte, iré a acompañarte en el último viaje». Antes y después de Mecenas, el auspicio a los artistas ha sido una constante. Pero a menudo solíaservir a los intereses políticos del noble, el soberano o la autoridad eclesiástica que ejercía el patrocinio.

Mecenas
buscó también utilizar el genio de Horacio y de Virgilio en favor de la alabanza del Imperio recién establecido y de su primer Emperador.

Acaso esté ahí el germen de «La Eneida», que Virgilio no alcanzó a terminar. No hay duda, en cambio, sobre el origen de las glorificadoras composiciones del último Horacio.

Pasaron siglos hasta que el mecenazgo se vio emancipado de la exaltación personal del protector y de sus méritos y hazañas, para que aquéllos y éstas consistieran en la elección del poeta, el músico o el pintor al que se auspiciaba. Una verdadera competencia se entabló entre príncipes y reyes por sostener a los artistas más importantes: así nacieron las colecciones nacionales de pintura y escultura, futuros museos públicos del XIX. Faltaba el paso decisivo: que el auspicio se otorgara sin otra intención ni meta que fomentar al artista por sí y por su aporte a las creaciones estéticas y a la cultura del país. Ese paso lo dieron los Estados en la Europa del siglo XIX y XX, con limitaciones y favoritismos, y lo imitaron los particulares, democráticamente, en la Norteamérica de principios del siglo XX, desde donde irradiaron sus creadores hacia el mundo entero.

El coleccionismo, casi tan antiguo como la humanidad, es una de las vías esenciales del mecenazgo artístico. Pero no siempre recordamos que el término latino praemium, del cual deriva la voz española premio, designaba al botín de guerra, a los objetos saqueados al enemigo tras la victoria. Sin embargo, de este modo se formó, según los historiadores, el primer museo de que hay memoria, el de Susa, capital del Reino de Elam (Irán), inaugurado hacia 1176 a. C, con objetos robados a los Babilonios. Casi tres mil años después, Napoleón Bonaparte enriqueció el Museo del Louvre con pinturas y esculturas pertenecientes a las colecciones de los nobles y soberanos derrotados en sus campañas militares.

• Arte degenerado

En la década de 1930, Adolf Hitler hizo al revés: quitó de los museos alemanes unas 6.500 obras contemporáneas de gran valor representativas del «arte degenerado», para terminar con «la demencia artística que contamina a nuestro pueblo». Con el tiempo, el significado de los premios cambió drásticamente, para nombrar a una ofrenda, ya no a un despojo. Premiar es recompensar, y recompensares reconocer: en tal sentido,un premio o una compra a un artista, constituye una distinción, y por eso mismo es un incentivo, un estímulo. Los premios, en suma, son la otra vía del auspicio en materia de arte.

Goethe
definía a los museos como «un infinito en movimiento»; Valéry, como un «extraño desorden organizado». Para el eximio poeta francés, una sala con obras de arte era igual a un recinto donde diez orquestas ejecutan música al mismo tiempo, «un sitio donde por todas partes se nos pide simultáneamente la atención más absoluta». Todo acervo artístico particular cabe también en estas metáforas, porque cada uno de ellos es, en verdad, un museo, y ya nos referimos a ellos en una nota anterior.

Raymond Nasher
, quien junto a su esposa Patsy, fallecida en 1988, llegó a reunir la mejor y más vasta colección particular de escultura moderna y contemporánea (300 piezas), desplegada en los jardines y el interior de su enorme residencia de Dallas, dijo: «Las obras de arte son como amigos a quienes saludo todos los días con el mayor cariño. Cuando salen de mi casa, en préstamo para una exposición, es como si se fuera de viaje un pariente. Quien compre arte como inversión se ocupa de otra actividad», continuó. «El arte es una cuestión de amor. Es algo con lo que uno quiere convivir, algo que uno quiere mirar, tocar, mostrarle a la gente».

Hugo Sigman
, coleccionista del gran escultor argentino Juan Carlos Distéfano, dijo acerca de su obra: «... nos remite a las fronteras filosóficas, históricas, sociales; al enigma del hombre que se presenta encarnado en la cotidianeidad del Ser». Giuseppe Panza di Biumo ha donado, cedido temporariamente y vendido, parte de sus obras al Museo de Arte Contemporáneo de Los Angeles y al Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York. Para él, no es coleccionista el avaro que compra obras de arte de mucho valor con el fin de guardarlas para sí solo; ni el especulador que busca lograr beneficios vendiendo sus obras al cabo de un tiempo; ni el vanidoso que pretende apropiarse de la fama de los artistas y hacer aumentar o disminuir el valor de las obras gracias al poder financiero que ostenta y con el cual llega a dominar el mercado del arte.

Un siglo y medio atrás,
Honoré de Balzac vio a los coleccionistas como «las personas más apasionadas del mundo». Sin duda, la pasión es la materia prima del coleccionista: sin ella, la reunión de obras de arte por un particular sería, a lo sumo, una mera ocupación, un hobby. Pasión, conocimientos históricos y estéticos, atención a la trascendencia de cada obra, empleo del dinero según estos preceptos. Ni avaricia, ni especulación económica, ni vanidad, ni manipulación del mercado. He aquí el retrato del genuino coleccionista de nuestro tiempo, del mecenas de hoy, un pilar esencial del mundo estético. Porque como (y junto con) el artista, el crítico y el teórico, la galería y el museo, el patrocinador encamina la historia del arte y sus profundos cambios. El diccionario nos enseña que la primera acepción de «auspicio» es «vaticinio, augurio, presagio». Eso también es el arte: un vaticinio, un augurio, un presagio acerca del hombre y su circunstancia. Y eso es, igualmente, el auspicio brindado al arte de ayer y al de hoy.

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