Con "Turandot" prosigue esta noche la temporada lírica del Colón

Con la espectacular versión de Roberto Oswald y Aníbal Lápiz se conmemora el centenario de la muerte de Giacomo Puccini. Habrá tres elencos distintos y nueve funciones.

Aníbal Lápiz, director de escena y vestuarista de la Turandot que se verá desde hoy en el Colón.

Aníbal Lápiz, director de escena y vestuarista de la "Turandot" que se verá desde hoy en el Colón.

Hoy a las 20, y con un total de 9 funciones, la temporada lírica del Teatro Colón continuará con “Turandot”, la “ópera china” de Giacomo Puccini, de quien se conmemora este año el centenario de su muerte. Se verá una vez más la espectacular puesta que subió a escena varias temporadas (1993, 1994, 2006 y 2019), según la concepción escénica y escenografía del recordado Roberto Oswald, y que ahora contará con la dirección de escena y vestuario de Aníbal Lápiz; dirección musical de Carlos Vieu en cuatro funciones y de Beatrice Venezi en las restantes.

Habrá tres elencos distintos, con Veronika Dzhioeva/Anastasia Boldyreva y Mónica Ferracani (Turandot); Marcelo Puente/Jorge Puerta (Calaf) y Jacquelina Livieri/Marina Silva y Florencia Burgardt (Liù). Las nueve funciones se llevarán a cabo hoy, mañana, martes 21, miércoles 22, jueves 23, martes 28 y miércoles 29 de mayo a las 20, y los domingos 19 y 26 de mayo a las 17.

Dialogamos con Aníbal Lápiz.

Periodista: Versión inolvidable para quienes la vimos, que además en un caso cantó Eva Marton.

Aníbal Lápiz: Sí, ella fue la segunda Turandot de esta puesta, en 1994. La primera, un año antes, era Galina Savova. Con Eva Marton también la hicimos varias veces en el exterior.

P.: Y hasta llegó al Luna Park por la popularidad que tuvo.

A.L.: Exactamente, se hizo en el Luna. Allí, en un primer momento, Oswald no la quería representar, no estaba seguro, la acústica, el lugar, en fin. No le atraía la idea. Cuando nos llegó la propuesta estábamos trabajando en Dublin. Pero yo le insistí, le dije que era interesante porque al Luna Park iba a ir otro público, más popular, ese público que por una razón u otra le tiene miedo al Colón. Y al final fue un éxito tan grande que se hicieron ocho funciones de ocho mil personas cada una, cosa que nunca había ocurrido antes en el Luna Park, porque la “Madama Butterfly” que habían llevado desde La Plata, tenía previstas cuatro funciones y tuvieron que hacer dos solamente. No hubo público.

P.: Es que esta “Turandot” tiene una espectacularidad infrecuente en nuestro medio.

A.L.: Es cierto. Tal vez sólo la “Aída” nuestra sea similar. Y es tan hermoso que la gente la vea en el Colón. Con todas las fuerzas vivas que tiene, la gente que trabaja, los talleres.

Turandot de Giacomo Puccini - Temporada 2019 - Foto (c) Arnaldo Colombaroli.JPG

P.: ¿Cómo se gestó la versión?

A.L.: Mire, la hice tantas veces, algunas con Oswald, otras yo solo, que a veces se me confunden los recuerdos. Me parece que se estrenó primero en Chile, porque era una producción conjunta. Eso por un lado ayuda, pero por el otro hace mayores los trámites, porque cada vez que la representábamos en una ciudad distinta, Chile mandaba una cosa, el Colón mandaba otra. El vestuario era compartido, mitad estaba hecho allá, mitad acá. No encontrábamos la cantidad de talleres suficientes por todo lo que había que hacer. Uno recién cuando la ve se da cuenta de lo enorme que es. Finalmente, en el Colón se decidió que la querían tener entera, y se hizo todo acá. Y aquí estamos, una vez más.

P.: ¿Qué recuerdos le dejaron algunas de esas puestas?

A. L.: Algunos muy buenos, pero también de los otros. Yo trabajé con prácticamente todas las Turandot. Desde las famosas a las no famosas. Entre las primeras, Eva Marton, Ghena Dimitrova, y una cantante alemana, una persona muy grata, que se llamaba Gabriele Schnaut, que había cantado mucho en el Metropolitan de Nueva York.

P..: Dimitrova la cantó en el Colón a fines de los 70.

A. L.: Sí, pero no era nuestra versión. Ella cantó en la nuestra en Caracas, en el teatro Teresa Carreño. Allí me confesó que su marido había muerto en un accidente y que a ella ya no le interesaba más vivir. Atravesaba una profunda depresión, me dijo que se iba a retirar, que le iba a dejar todo a su sobrina. Así lo hizo, y al poco tiempo falleció. Era joven todavía, su carrera podría haber seguido bastante. Ese es uno de los recuerdos tristes.

P.: ¿Cómo fue esa “Turandot” venezolana?

A. L.: Ocurrió algo muy gracioso. Para montarla llevamos todo desde aquí, pero no era la escenografía actual: no estaban los guerreros de piedra sino las quimeras, esos famosos perros chinos. Y luego descubrimos que no cabían en los containers: hubo que serruchar a los perros y después reconstruirlos allá. Viajamos con técnicos del Colón para hacer toda esa reconstrucción. Y lo más insólito fue que en Caracas nos estaban esperando para hacer el acompañamiento de la producción hasta el Teresa Carreño: estaba el ejército, motos, las cámaras de televisión, los diarios para sacar fotos. ¡Increíble! Pero no pudieron hacer nada de eso porque las esculturas estaban en pedazos, tuvimos que pedir que nadie las viera. Eran enormes esas quimeras y nadie había calculado que no iban a entrar en los containers. Bueno, tan grandes como ahora los guerreros.

P.: Esos guerreros están entre las piezas más admiradas por quienes visitan el Colón Fábrica en la Boca, de modo que gran parte del público que no haya visto esta puesta antes los reconocerá.

A. L.: Claro, estuvieron ahí hasta la semana antes de que los trajeran al Colón para empezar los ensayos. Lo mismo que el traje de Turandot, que se exhibía en la entrada.

P.: Con “Turandot”, su última ópera, el Colón conmemora el centenario de la muerte de Puccini. Es sabido que él la dejó inconclusa, y que la terminó Franco Alfano. Pero hace un tiempo un compositor de vanguardia, Luciano Berio, le escribió otro final. Bastante menos espectacular. ¿Alguna vez lo escuchó?

A. L.: Es posible, pero no lo tengo muy presente. En fin, todos quienes amamos a Puccini coincidimos, creo, en que “Turandot” debería terminar con el suicidio de Liù, que es donde la interrumpió Puccini. Ese final feliz que tiene la ópera no va para nada… No es un personaje que se lo merezca. No es un buen final.

P.: Ese libreto de “vivieron felices para siempre”, y el cigarrillo, habrían precipitado la muerte de Puccini.

A. L.: Hay quienes sostienen que ese argumento tiene que ver con su historia personal, porque Puccini estaba casado y, supuestamente, tenía relaciones con su criada, que se terminó suicidando. Y él volvió a su mujer, Elvira, al morir esa muchacha. Lo increíble es que, cuando le hicieron la autopsia, se comprobó que la chica murió virgen.

P.: En 2008 se hizo una película sobre ese tema, “Puccini e la fanciulla”, que no deja muy bien parada a Elvira. Recuerdo que Simonetta Puccini, la nieta, que aún vivía y representaba todos los intereses de su abuelo, le inició un juicio al director del film. Pero vayamos a otro tema, ineludible cuando se habla de “Turandot”. ¡Qué sombra ha de ser, para cualquier tenor, el “Nessun dorma” de Pavarotti!

A. L.: ¡Ah, sí, tremenda sombra! No hubo nadie como él para cantar esa aria, que además volvió famosa aun entre la gente a la que no le interesa la ópera. Ni siquiera Plácido Domingo la cantó igual. Yo ahora veo a los tenores y me parece que se ponen nerviosos cuando viene el “Nessun dorma”, y a Pavarotti le salía con total naturalidad. Se plantaba en el escenario, o en cualquiera de sus tantos recitales, y no hacía ningún esfuerzo. Ese "Vinceró" final le salía como si nada. Los mismos tenores que la cantan ahora lo dicen, esa garganta y ese recuerdo los persigue.

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