En «Manderlay» ya no está Nicole Kidman (reemplazada por Bryce Dallas Howard) ni lo
que más sorprendió en «Dogville»: narración, actuación y puesta en escena manifiestamente
teatrales.
«Manderlay» (Dinamarca-Suecia-Francia-Holanda-G. Bretaña-Alemania, 2005, habl. en inglés). Guión y dir.: L. von Trier; Int.: B. D. Howard, D. Glover, I. de Bankolé, L. Bacall, W. Dafoe, C. Sévigny, M. Hammond, D. Croll, J. Mydell, L. Gideon.
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Continúa el danés Lars von Trier su anunciada trilogía de una visión mítica-crítica de los Estados Unidos de América, y lo hace, como era de prever, siguiendo las pautas de estilo que tanto habían sorprendido en «Dogville». Vale decir, unos criterios de narración, actuación, y puesta en escena manifiestamente teatrales, al punto de parecer esto el registro en video de alguna representación en un escenario europeo de vanguardia, más que algo hecho específicamente para el cine.
Esto es celebrado por sus exegetas como «la puesta en evidencia del artificio de la representación», cosa, si se quiere, medio brechtiana, por no ir más lejos, e incluso como «la manifestación de la imposibilidad de realizar un film de época en tiempos postmodernos», lo cual tiene sus riesgos, porque en una de ésas mañana a Von Trier se le da por hacer una película de época y los otros se verán obligados a cambiar de discurso. A «Dogville» la celebraron también los productores, que con relativa inversión ganaron bastante, pero ahora, que pasó el factor sorpresa y encima falta Nicole Kidman, la ganancia material es más bien escasa, aunque la actriz australiana haya sido bien reemplazada por la jovencita Bryce Dallas Howard, mucho más adecuada para el papel de norteamericana americana inexperta metida a redentora.
Al respecto, la anécdota cuenta la penosa experiencia del personaje de Grace, queriendo impulsar el autodesarrollo de unos negros con vocación de esclavos. En lo que algunos interpretan como alusión al empeño occidental de imponerle a otras sociedades su forma de vida y democracia, Grace tratará de imponerles libertad y progreso, aunque sea por la fuerza, a estos seres brutos, o embrutecidos, en todo caso necios cargados de defectos, desde la haraganería y la torpeza hasta el carácter violento y resentido, sin mucha experiencia de responsabilidad cívica, ni ganas de tenerla, pero bien exigentes a la hora de reclamar beneficios (caramba, ¿acaso el danés también habrá leído algo acerca de la vida en el Gran Buenos Aires?).
El tono oscuro y monocorde de la obra puede aburrir a unos cuantos espectadores, y al mismo tiempo hipnotizar y fascinar a otros, atentos, además, a los criterios de libertad, dignidad, evolución, etc. que aquí se manejan, recuperando el sedimento de viejos pensadores de, por lo menos, la época de la Revolución Francesa. Más allá de estos asuntos, de por sí bastante ricos, sigue firme la historia de siempre, la misma que este autor se solaza en describir, de distintas maneras, en tantas de sus obras: la absurda, exagerada, degradante, y muy poco redituable vocación de sacrificio de ciertas mujeres con espíritu de sufrientes heroínas. Nunca una alegría.
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