Cuando la "no ficción" ayuda a acercarse a la tragedia de Cromañón

Espectáculos

La escritora, también dramaturga y actriz, sostiene que para tratar el tema necesitó una forma literaria híbrida, que escapara al marco de la novela.

“La tragedia de Cromañón mató, destruyó, cambió a más chicas y chicos de los que se piensa. Quise ofrecer un registro diferente de lo ocurrido allí, y fuera de allí”, señala Camila Fabbri sobre “El día que apagaron la luz” (Seix Barral), y explica que “entendí que lo ocurrido en el local República Cromañón, donde aquella fatal noche del 30 de diciembre de 2004 murieron más de 194 personas, tenía que ser una novela pero de no ficción, estar repleta de voces y tener la música narrativa de un nocturno de Chopin que la alejara del rock chabón de los recitales, de aquel recital”. Camila Fabbri, como escritora, ha publicado “Los accidentes”, “Trinidad” y “Un abrazo es un fantasma”; como dramaturga ha escrito y dirigido “Brick”, “Mi primer Hiroshima”, “Condición de buenos nadadores”, “En lo alto para siempre” y fue nominada como actriz revelación por su trabajo en “Dos disparos” de Martín Rejtman. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Buscó decir lo no dicho de la tragedia de Cromañón?

Camila Fabbri: Pensé que lo que quería contar acaso sólo podía ofrecerlo en una novela de no ficción. Recuerdo que tuve un par de encuentros con las periodistas Ivana Romero y María Moreno y les planteé, cuando ya estaba en pleno proceso de escritura del libro, que necesitaba entender a qué género pertenecía lo que estaba armando, para ordenarme yo. Lo que me vino de ellas es que no tenía por qué tener un género definido, que podía ser un híbrido. Hoy yo veo “El día que apagaron la luz”, título que es un homenaje a Charlie García, un poco como un Frankenstein que toma, según las necesidades del relato, elementos de la no ficción o de la ficción. El capítulo “El día que apagaron la luz” es un relato coral, una suma de voces diversas que puede leerse como algo teatral, no muestra lo ocurrido en Cromañón, sino la periferia. El testimonio, por caso, de una persona que estaba veraneando en el sur, o en otro lugar del mundo, y cuenta cómo se entera de lo sucedido. Las tragedias quedan tan marcadas que uno recuerda lo que estaba haciendo ese día, esa noche. Tenía ganas de documentar eso. Cada vez que traía a colación el tema Cromañón, la persona que fuera me contaba qué estaba haciendo esa noche, tenía necesidad de decir dónde estaba, qué hacía, cómo supo lo que estaba pasando, cuál era su cercanía con esa catástrofe.

P.: La suya es una novela coral, y usted como dramaturga sabe que en la tragedia clásica el coro es fundamental.

C.F.: Hace participar íntimamente del drama. No quería entrar en lo periodístico, en los estribillos de todos los 30 de diciembre sobre responsabilidades, culpabilidades, estado de las causas. No quería ir a ese extremo de lo real. En todo caso, ir a lo real extremo de los sentimientos. Cuando salió el libro me preguntaban mucho cuál era mi posición con relación a la causa. El libro sale de la confesión de mis sentimientos sobre lo ocurrido. Yo estuve en el segundo recital de Callejeros en Cromañón. El del día anterior; el siguiente, el último, fue el de la tragedia. Yo tenía 15 años y fui una de las chicas que cantaban, bailaban, saltaban. Haber estado en cercanía con el drama, haber podido estar al día siguiente, tenido amigos allí y los funerales, eso queda tatuado de modo imborrable. Siempre quise convertir mi experiencia en algo. Lo postergaba. Me decía no, este año todavía no. Hace un par de años fue: este año sí. Creo que eso se debió a haberme vuelto en lectora de no ficción.

P.: ¿De allí surgió su modo de recoger vivencias?

C.F.: El libro se generó cuando me empiezo a reunir con compañeros del Normal 1 que no veía desde hacía mucho, con los que volví a tener contacto gracias a las redes, y llevo un grabador. Empiezo a jugar a hacer preguntas. Cuando desgravé los diálogos me encontré con monólogos. A partir de esas voces me animé a escribir mi propia voz. Sentía temor y respeto de sumergirme en esa historia que había anulado en mi cabeza. Me di cuenta de que todos teníamos necesidad de contar y contarnos lo ocurrido. Ver que nos habían expulsado de la adolescencia. Que éramos chicos que habían perdido a inocencia de creer que entendían la vida. Sé que nos han quedado llagas, miedos, y a la vez haber ganado herramientas para poder seguir, aunque sea para poder decir esto no lo puedo hacer, esto ya no. Ahora me doy cuenta de que el libro dice que Cromañón fue algo terrible y que busca decirlo sin decirlo, sin caer en los lugares comunes que no dicen nada.

P.: Shakespeare iniciaba las tragedias con un verso que las preanuncia; usted señala que la realidad imita a la ficción, que eso ocurrió en Cromañón.

C.F.: Resulta impresionante que “Callejeros” abrió el trágico tercer recital cantando “Distinto”, que llegó hasta la parte en que dice “a consumirme, a incendiarme, a reír sin preocuparme, hoy vine hasta acá”. La canción no concluyó, llegó hasta ahí. Es algo tremendo y compartido, fuera de todo lo comprensible, algo sobrenatural, un misterio que precede a la fatalidad de la masacre colectiva, de ese monstruo negro que devoraba a los chicos, que creyó ver ese médico, que como cuento en el libro, entró a tratar de salvar a alguno.

P.: ¿En qué está ahora?

C.F.: En la obra teatral “Recital olímpico”, en coautoría y dirección con Eugenia Pérez Tomas, que estrenamos en marzo. Parte de las biografías de la gimnasta rumano estadounidense Nadia Comaneci y de la poeta ucraniana Nika Turbina, que escribió “la poesía es un deporte extremo”, y a partir de ahí trabajamos nosotras. Aparte coordino el área Letras del Municipio de San Isidro. Un nuevo libro de cuentos ya está en la editorial y saldrá hacia fin de año.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario