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16 de septiembre 2005 - 00:00

Dostoievski inspira una obra cautivante

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Stella Gallazi, Luciano Suardi y Nahuel Pérez Biscayart son los exactos intérpretes de "Los mansos", la bella obra en la que Alejandro Tantanián une elementos literarios, biográficos y culturales.


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En su doble rol de dramaturgo y director, Tantanián decidió apropiarse de algunos procedimientos narrativos de Dostoievski para hablar de su propia historia y de su credo artístico. Finalmente se centró en «El idiota», una obra que se destaca de otras novelas decimonónicas por su gran abundancia de diálogos y por incluir episodios claramente autobiográficos. Los personajes de Dostoievski hablan incesantemente y el autor de «Los mansos» aprovechó este rasgo esencialmente dramático para extraer a tres personajes clave de esta novela (el príncipe Myshkin; Rogojin y Nastasia) e insertarlos en un nuevo escenario, el de su memoria.

Allí conviven dos historias personales: la del dramaturgo -que también puede ser leída como un homenaje sentido a sus ancestros armenios- y la del mismo Dostoievsi (Myshkin, por ejemplo, sufre los mismos ataques de epilepsia que padeció el escritor en vida) y ambas biografías están sutilmente ligadas en clave ficcional a las pasiones y demonios del trío protagónico. La obra transmite una intensa espiritualidad que recuerda al cine de Andrei Tarkovski. Su clima onírico y el ritmo pausado que la atraviesa generan un estado de calma que facilita la conexión del espectador con un material decididamente ambiguo. El espacio elegido para este montaje -un galpón rectangular con techo de vidrio- es de una gran belleza plástica, producto de la sutil intervención «pictórica» de Oria Puppo y del notable diseño de luces de Jorge Pastorino.

Más que apoyarse en la trágica historia de amor que une a Myshkin, Rogojin y Nastasia, «Los mansos» describe el inasible circuito de estas almas atormentadas que se interrogan acerca de la trascendencia, la muerte y el dolor. Stella Gallazi y Luciano Suardi se adueñan de la complejidad de sus personajes con una emocionante entrega, al igual que el joven actor Nahuel Pérez Biscayart, quien logra transmitir la fragilidad propia de un adolescente sin perder de vista a su personaje «adulto» (nada menos que el príncipe Myshkin). Una obra sensual, melancólica y sin un argumento preciso, para disfrutar con la mente abierta.

P.E.

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