4 de enero 2001 - 00:00

El film iraní "Gabbeh" cautiva por su pureza

El film iraní Gabbeh cautiva por su pureza
Parece una injusticia que, después de esperar tantos años, esta película se estrene casi de improviso y fuera de temporada. Pero vale la pena recordar que también en Mar del Plata '96 se apareció casi desvalida, cuando muy poca gente tenía siquiera alguna idea de su existencia (prácticamente era la primera película iraní que aparecía por estas playas), y, pese a todo, apenas empezaron a verla, en pocos días se convirtió en la más recomendada de los espectadores.

Pasa que esta obra tiene la gracia de un cuento oriental. O de una vieja película de otros tiempos, una de ésas que suelen llamarse «primitivas». Pasa también que su autor, el poeta naïf Moshen Makhmalbaf, es un poco como era Sergei Paradjanov, el de la georgiana «La sombra de nuestros antepasados olvidados», es decir, ese tipo de artistas llenos de pícara inocencia, nada intelectuales, nada oficialistas (ambos tuvieron problemas con sus respectivos gobiernos) y verdaderamente capaces de hacernos reencontrar la pureza del cine en sus comienzos. No hablamos de una imitación del viejo cine mudo, con sus letreros y sus actores gesticuladores, sino del maravillado placer de lanzarse a recoger historias y paisajes, colores y sobreentendidos, tal como se lanzaron por lugares exóticos, con equipos mínimos, los camarógrafos de la empresa Lumière, o tal como se lanzan a pintar ese mundo los niños y los viejos que vuelven a ser niños. Esa es la clave.

¿Pero de qué trata «Gabbeh»? Un gabbeh es una suerte de tapiz, cuyas figuras refieren una historia. Una viejita y un viejo de voz temblorosa lo están lavando. Mágicamente, una figura del mismo cobra cuerpo y empieza a relatar su versión de esa historia, que es romántica, de amores contrariados, entre un extranjero y la hija del jefe de una tribu nómade. Cada vez que los enamorados intentan unirse, algo -una condición, un duelo, un viaje-posterga el encuentro, hasta que la pasión los lleva a transgredir las reglas... Al mismo tiempo, un viejo tío, algo chiquilín, lleno de vida, establece un natural contacto entre el romance juvenil y las raras costumbres de los montañeses, celebrando una boda o cruzando un río con las gallinas a lomo de burro como si tal cosa, y, también como si tal cosa, un natural contacto con la magia propia de otro primitivo del cine, Georges Mélies.

No se acaban aquí las sorpresas ni los deleites, que conviene ver sin advertencia previa y, si es posible, con espíritu tan inocente como el del narrador. Esa es otra clave a tener en cuenta.

Dato al margen: la fotografía es de Mahmoud Kalari, el mismo que ganó en Mar del Plata '98 con su opera prima «Las nubes y el sol ardiente» y ahora hace dos años que trata de filmar en la Argentina, tal como establecía el premio que le dieron. Su mundo no es tan ingenuo, pero es igualmente bello. Ojalá se le cumpla.

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